La penosa destrucción de la escuela

Horacio Sanguinetti
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30 de junio de 2012  

El Consejo Federal de Educación acordó que los alumnos de primer grado no repitan el año, cualquiera sea su capacidad, resultado y aprendizaje. Desde luego, la penosa repitencia no debe enfrentarse con parches. Esta medida suscita graves objeciones, primero por su condición furtiva: cambios de tal envergadura debieran ser precedidos por debates amplios y consultas a personas e instituciones apropiadas.

La decisión encuadra en una política de facilidades y retrocesos que se ejerce desde hace tiempo: las calificaciones "de 0 a 10", que permitían evaluar con sutileza y exactitud, fueron remplazadas por "conceptos" precarios. Desaparecieron las sanciones, como si cualquier grupo humano no las precisase para convivir, agotadas las participaciones y acuerdos. En algunas provincias, grupos enteros fueron promovidos por decreto. Familias desertan de su función educativa, enfrentan a la escuela para que no regale títulos y ciertos padres exigen que sus hijos fracasen para seguir cobrando el subsidio.

Se pretende, incluso por pedagogos, que enseñar es una actitud autoritaria. Se niega la sagrada relación maestro-discípulo, porque se los presume simétricos; el joven ya lo sabe todo y debe plantearlo por sí. La escuela es para divertirse, comer, socializarse, resguardarse, casi nunca para aprender. La vocación docente cae, es una profesión peligrosa.

Estas políticas catastróficas llevan al estado de postración y desigualdad que campea e impulsan a la urgencia de huir de la escuela pública para hallar módico refugio en la privada, a la que se cree libre de males.

El rigor, la exigencia, el esfuerzo, la dignidad de no esperarlo todo de regalo se esfuman, en la escuela y en la sociedad, porque aquélla no puede corregir lo que nadie corrige. Después de colaborar decisivamente en la formación de nuestra patria y de haber merecido estima universal, resulta penoso observar cómo se destruye el instrumento educativo, democrático y republicano, que los poderosos no salvarán.

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