La vida de Lola Mora, artista discutida, atrevida y genial

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28 de septiembre de 1997  

Dos tucumanos, coterráneos de la célebre Lola Mora, abogado y periodista el uno, especialista en artes plásticas, la otra, unieron recuerdos y esfuerzos para escribir una biografía de la escultora, que acaba de publicar Editorial Planeta.

La imagen de Lola Mora marcó la infancia y el interés de Carlos Páez de la Torre (h.) y Celia Terán, quienes supieron siempre de su misterio alimentado por una vida transgresora y audaz.

El libro recoge numerosos documentos y testimonios sobre una artista que fue, sobre todo, una mujer de energía arrolladora.

-¿Por qué Lola Mora?

Terán: -Como yo hago historia de las artes plásticas en la Universidad de Tucumán, Lola fue siempre un personaje muy presente, sobre quien investigué durante 20 años. Hubo, además, otros datos familiares: mi bisabuelo fue testigo del casamiento de Lola Mora. Sobre ella se han escrito cosas francamente inexactas.

Páez: -Mi bisabuelo materno, Alberto de Soldati, quería mucho a Lola Mora y ella también a él. A tal punto que le regaló el busto que hizo de sí misma, y que adornaba mi casa. De chico pensaba que Lola era un personaje sólo de mi casa.

-¿Cuáles son las anécdotas sobre su vida que más los conmovieron?

Páez: -A mí me impresionó cuando Lola trató de afiliarse a la masonería, a la Logia Estrella de Tucumán, una organización masculina por excelencia, donde la rechazaron por ser mujer. Su vida fue una peripecia, no hay que olvidarse de que ella se fue a estudiar pintura a Roma, con una beca oficial, como una pobre chica, y cuatro años más tarde regresó a Buenos Aires con la Fuente de las Nereidas (ubicada sobre la avenida Costanera).

Terán: -Me llamó la atención su audacia y su estilo personal para vestirse. Las crónicas de la época decían que usaba babuchas turcas, pero era el típico traje salteño, con bombachas como las de Los Chalchaleros. Era una mujer con una idea clarísima sobre cómo vender su imagen. Quería ser la escultora de gran nivel y tenía una enorme seducción. Rompía absolutamente con las convenciones sociales de su tiempo.

-¿Por qué la ignoran los críticos y los artistas?

Páez: -Lola Mora jamás vivió como se suponía que debía vivir un artista. En Roma, donde sus colegas habitaban en buhardillas, comían en bodegones y carecían de dinero, ella se codeaba con la nobleza y comía en los mejores lugares. Jamás le importaron los críticos argentinos de arte, no tenía amigos artistas y se rodeaba sólo de la gente que encargaba y pagaba sus esculturas, que era el gobierno.

Terán: -El edificio donde tuvo su primer taller en Roma era soberbio. También lo era la casa que construyó, bajo su propia dirección, a dos cuadras de Via Veneto, la cual llamó la atención de la reina Elena, que pidió conocer a Lola.

Cuando el poder conservador se eclipsó, la vida artística de la escultora tucumana cayó en desgracia. Lejos de amilanarse, vendió todo y orientó su arrolladora energía hacia mejores empresas: el cine, la urbanización, la exploración de petróleo en Salta.

Una mujer singular para la rígida moral de principios de siglo, quien -según Páez de la Torre y Terán- "rechazó de plano el destino que le aguardaba en Tucumán, de juiciosa docente pintora de naturalezas muertas, y se dispuso a hacer una carrera, con una voluntad indomable y dispuesta a cualquier sacrificio".

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