"Lo que viví será una cicatriz imborrable"

El crudo testimonio de un evacuado
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2 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Nadie puede contar mejor un hecho que su protagonista. Les aseguro que es difícil desprenderme de la angustia que vivo desde el martes último -a veces lo disimulo ante Alicia, Carolina y Pablo, mi familia-, a pesar de ver que los problemas se superan día tras día.

Vivo a dos cuadras de la avenida Freyre, el cierre oeste del macrocentro de esta capital. Es decir, a diez del centro, en una cuadra con una cota de 8,50 metros. Esto significa que si el río Salado, como dijeron, el 29 por la noche hubiera tenido una altura máxima de 8 metros, nada hubiese sucedido.

Confieso que al ver las imágenes de esa mañana, y después de haber recorrido barrios del Oeste ya afectados por el ingreso del agua, experimenté una rara sensación.

Fue quizás el final anunciado al que todos nos resistimos. Cuando a media tarde observé el agua a tres cuadras de mi casa alerté sobre un colapso. Pero creo que ni los vecinos que me consultaron, y mucho menos yo, por supuesto, teníamos una referencia indicativa de cuanto estaba sucediendo e ignorábamos que lo peor estaba por venir.

Y lo peor no tardó en llegar. Lo hizo ya comenzada la noche, cuando en la zona de los ocho metros el agua crecía a razón de diez centímetros por hora.

Intentamos la "jugada heroica". Primero, colocar bolsas con arena y con tierra; después, entre acelerados movimientos, a sobreelevar lo que se podía. A medianoche, cuando ya veía a las decenas de lanchas, botes y piraguas llegar desde el bajo, comenzaba a tomar dimensión de lo que podría suceder.

Como es natural resistirnos, no quería abandonar mi vivienda. Miré a mi familia: igual. Así, balde y trapos en manos nos dispusimos a intentar que el agua se replegara.

Nos alentaba un coraje innato, el mismo que se desmoronó cuando el agua se nos vino encima, derrotándonos y, mucho más, cuando alguien de un organismo oficial golpeó la puerta y nos aconsejó que nos fuésemos antes de que llegara el diluvio.

Sin electricidad, alumbrados con velas y con lo poco que tenía a mano, ganado ya no por el miedo sino por la desesperación que veía en el rostro de mi familia, me fui.

Me dolió no salir por la puerta, aunque comprendí que sería peor si derrumbaba la defensa, nuestra defensa, a la que nos aferramos durante horas de esfuerzo.

Lamenté lo mío, pero mucho más lamenté la caravana incesante que venía desde el bajo con gente que decía cosas que yo creí apocalípticas, como cuando afirmba: "Allá tienen dos metros de agua".

Vaya si tenían razón. Había eso y mucho más.

Sentí que me hincaban cada vez que nos obligaban a corrernos hacia otra altura porque el agua avanzaba.

Temblando de miedo

Miraba a los pibes temblando de frío y de miedo, ni siquiera me detuve a preguntarles el nombre a las dos chicas que solidariamente repartían café. Mi mente estaba puesta en lo que vendría. Me resignaba a creer lo peor.

Volví a las pocas horas; era lo que uno puede imaginarse del infierno. Como el que vi reflejado en los rostros de los evacuados, con ese ir y venir, bolsas en mano, sin saber a dónde, ni cómo, ni por qué.

Sí entendí para qué: para no ver el horror, el mismo que llevaré como cicatriz de la noche del 29 de abril. Eso será imborrable, se los juro.

En el regreso a mi casa, todo parecía haber cambiado. En medio de tanta desazón, pensando qué era lo que había quedado en pie, qué cosas se habían salvado, percibí sensaciones impensadas.

Era el momento justo de las explosiones que se detonaban, una tras otra, para derribar el terraplén Yrigoyen.

En cada una de las explosiones sentí el alivio, es cierto, y, aunque no lo recuerdo bien ahora, en ese momento grité, junto a un muchacho que pasaba a mi lado, también con el agua al pecho: "Vamos, vamos que nos salvamos".

Creo que ese grito se multiplicó entre los canoeros y hasta entre los bomberos voluntarios que seguían sacando gente.

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