Los bares porteños dan su última pelea

Descendientes de las pulperías, los almacenes con despacho de bebidas son raros, pero los hay
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23 de abril de 1997  

Para ellos el tiempo se detuvo. No quisieron irse con los años ni adaptarse a los cambios. Se quedaron para decir a los más jóvenes que antes no todos los bares eran "pizza - café", pubs o drugstores.

Llamarlos confitería es modernizarlos, bar es incompleto. Para los de más edad son los estaños, ya que alguna vez las barras para apoyar los pies eran de ese material.

Los que todavía se mantienen en pie, trabajosamente, tienen mostradores, mesas y estanterías de madera.

Los carteles reglamentarios, de chapa esmaltada blanca con letras en azul, se proclaman como "Despacho de comestibles y bebidas alcohólicas".

En Buenos Aires hay sólo un puñado de bares que conservan el perfil del siglo joven, y mucho de lo que el resto fue perdiendo: el encuentro con amigos, un vaso de vino marca vino y una discusión acalorada que nunca resolverá lo que se propuso.

Encontrarlos no es fácil. Tranquilamente uno puede pasar por la puerta y no darse cuenta de que adentro hay un bar, también un almacén.

Los añosos locales, húmedos y oscuros, despistan aún a quien camina en su búsqueda. No tienen luces estridentes ni colores brillantes que atraigan nuevos clientes. Se diría que no los quieren.

La clientela es fija, y quien no sea integrante de esa cofradía no se sentirá tentado a conocer estos reductos, y menos aún si es mujer.

"Son grupos muy cerrados y solamente vienen ellos, los que son parte de la barra de amigos del barrio. Son bastante especiales: si entra alguien que no es del grupo lo miran con cara rara", comenta Esteban Pérez ,de 20 años.

Por su edad, y con el cabello que le llega a la cintura desentona con el bar que maneja junto con su padre, en Bulnes casi esquina Perón, en Almagro. El boliche funciona allí desde 1890.

De Asturias a Almagro

Su abuelo compró el fondo de comercio en 1930, cuando hacía muy poco que había llegado desde Asturias. Cuando el anciano murió, sus hijos se repartieron la herencia: Roberto, el padre de Esteban recibió el bar, y su hermano la despensa. Hoy el almacén bajó la persiana.

"A mí me gustaría cambiar algunas cosas, pero seguir manteniendo la onda, porque sino fuista" confiesa el joven. Sus giros modernosos, sumados la música que sale de un equipo de música de última generación, al igual el televisor color, nos recuerdan que estamos en 1997, y no en una pulpería de fines del siglo XIX.

Botellas de ginebra de cerámica, otras con formas raras y hasta las de las primeras gaseosas adornan las paredes junto con las telarañas, que Esteban tiene totalmente prohibido limpiar,porque su papá quiere que en "El bar de Roberto" todo quede como estuvo siempre.

" El horario de atención varía porque a veces llega alguno con la guitarra y se quedan hasta la madrugada cantando tangos", agrega el joven.

El bar tiene historia tanguera, y como para certificarlo, en una de las paredes, junto con el escudo de San Lorenzo, cuelgan unas líneas que Gardel escribió cuando visitó el lugar. Y otra de las presencias famosas que tuvo el local fue la de la poetisa Alfonsina Storni, quien "vivía a la vuelta, sobre la calle Potosí"

"Ahora ya no se quejan"

Esteban atiende el negocio por la mañana. Entonces a esa hora no hay tangos:Led Zeppelin o Metálica. "Los fui acostumbrando y ahora ya no se quejan", comenta victorioso.

El que tampoco cambió la fachada de su bar es Eduardo Llaría, aunque no sabe si seguirá manteniendo el almacén anexo, debido a que "ahora entra muy poca gente a comprar. Es que no hay plata, y los que pueden van a los supermercados" señala el dueño del bar y despensa Atalaya, situado en Humahuaca y Acuña de Figueroa.

Las horas corren y las copas van y vienen. Tal vez este sea el motivo por el que Llaría quiere refaccionar su negocio y hacerlo todo bar, para que de esta manera entren más clientes.

"Antes eran 30, 40 personas todos los días. Hacíamos asados, en la vereda o en el patio, cuando celebrábamos un acontecimiento" recuerda con nostalgia este inmigrante español llegado al país en 1950.

"El bar tiene ya 80 años", comenta con orgullo Llaría, " cuatro o cinco parroquianos vienen desde mucho antes de que yo lo comprara. El resto se murió de viejo", enfatiza.

Su trabajo no es solamente el de llenar vasos vacíos y vender fiambres cortados al peso.

También escucha y aconseja, una especie de psicólogo improvisado, tal como se autodefine: "Para quien no los conoce, es difícil entenderlos. Acá hay de todo. Desde el que no hace nada y se la pasa todo el día en el boliche, porque es mantenido por su mujer; hasta el que sólo viene cuando está de vacaciones". Y continúa: "Venir al boliche es para muchos un sentimiento, una verdadera pasión".

Tiempos idos

En cambio Don Francisco no tiene la misma suerte: le cerraron de golpe el bar de Pampa y Lugones, al que fue toda su vida. Muy pronto también lo van a demoler. "Es un monumento histórico", dice mientras golpea con sus puños las paredes del boliche.

Don Francisco se entusiasma y agrega:"Por acá pasaban los bueyes que venían de la estancia Saavedra, y los peones bajaban a tomar alguna copa aquí, para acortar un poco el camino hasta el centro".

Este boliche, nacido en 1917, era conocido en el barrio como "La pata sucia". Cuestiones, como se ve, pasadas de época.

Chamuyos y personajes entre barras y mesas

Cafetín: los viejos bares tienen una breve historia cada día; sus rincones esconden las grandezas y miserias de anónimos parroquianos que comparten su lealtad por la bohemia y el copetín.

En los viejos bares porteños se pueden encontrar toda clase desingulares personajes.

"Este bar tiene murmullo", define Armando Oscar Momeño Acosta Seguro y Zubiría, uno de los asiduos clientes de Atalaya.

El parroquiano tiene un anecdotario tan extenso como su largo nombre.

Confiesa sus preferencias, que caracterizan un estilo: "Los bares modernos son más confortables, pero no tienen murmullo".

"Llego a las 12,30 y me quedo hasta las 10 de la noche", dice Armando y revela haber trabajado como periodista en El Mundo y ser amigo del presidente de Cuba, Fidel Castro. "Lo conocí cuando estuve en la isla, en una se las cinco veces en la que estuve exiliado", enfatiza el hombre, mientras se peina las canas y termina su copa de vino.

Condorito

No es el único personaje que se acoda en las mesas y barras de estos centros de la bohemia en declinación.

"Condorito" es otro de los inefables clientes de Atalaya. En verdad se llama José Acosta, pero su apodo lo describe mejor que cualquier relato.

Vive en una piecita de atrás del bar, donde le dieron un lugar solidariamente, porque dormía en los autos abandonados.

Los dueños del boliche lo acogen también con sus palabras: "Es muy bueno. Nos juntamos con los que vienen al boliche para darle la comida y la ropa, para que pueda vivir", comenta Eduardo Llaría, propietario de Atalaya.

Aunque no sólo de fútbol, política o mujeres discurren las horas en estos descascarados ámbitos.

En El Bar de Roberto la barra de amigos juega una mano más al truco. Cinco minutos antes habían discutido sobre literatura. Sartre, Mallarmé, Baudelaire fueron algunos de los escritores citados por quienes se declaran como "miembros del ambiente tanguero".

Lealtades

Los habitués de los bares son, por sobre todas las cosas, leales.

Es el caso de Romeo, que desde 1957 concurre al bar Esperanza, situado desde 1905 en Mario Bravo y Tucumán.

Todos los días, después de comer, va al boliche y se queda hasta las 7."Vengo a pasar el rato.Es lo único que nos queda", comentó, con tristeza.

El que apaga la luz

O el caso de Pando. Que tiene el mérito de siempre ser el último en irse de Atalaya.

Llega al bar todos los días después de las 18, cuando sale del trabajo, y, si por él fuera, se quedaría hasta las 4 de la mañana, pero el boliche cierra a medianoche.

Ante la pregunta, su respuesta es concluyente y sugiere toda una cultura que habita mesas y barras en silencio: "A mí cuesta hablar, no sé qué agregar", dice Pando.

"Qué más voy a decir. Ya está todo dicho", asegura.

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