Los Espartanos, de la cárcel al Vaticano gracias al empuje del rugby

Francisco recibirá mañana, en audiencia privada, a parte del equipo, conformado por ex presos de la Unidad Penitenciaria N°48 de San Martín; el deporte, clave en la resocialización
Lucila Rolón
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28 de octubre de 2015  • 00:38

Aunque es un penal de máxima seguridad, no son tan altos los muros grises de la Unidad Penitenciaria N°48 de San Martín. De fondo, los bosques del Ceamse perfuman el aire. El día anterior llovió y el barro brilla, fresco, en lo que debería ser el tupido césped de una cancha de fútbol. Son las 10 y dos grupos de presos se abrazan, agachados, y empujan hacia delante. Embarrados de pies a cabeza, parece que formaran un animal sagrado acunado por una danza de gemidos y de furia. Hasta que se desarma y despide la pelota ovalada. Son Los Espartanos, el equipo de rugby del penal, quienes viajarán al Vaticano, invitados por el papa Francisco, que los recibirá en una audiencia privada.

El árbitro marca falta, los jugadores se quejan. Hay uno que no se calma. "¡No reacciones! ¡Taclealo!", le grita el entrenador. "¡Taclealo!". Lleva la furia en la sangre. "Pobre –dice en voz alta «El Boli» a un costado de la cancha–, salió hace dos semanas y se enteró de que un vecino abusó de su esposa en su ausencia; está luchando contra él mismo, porque lo quiere matar."

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Hace seis años, Eduardo "Coco" Oderigo, un abogado y ex medio scrum del SIC, se preguntó qué pasaría si les enseñaba a jugar al rugby a los presos, y terminó entrenando a un equipo que transformó la dinámica del penal más peligroso del Servicio Penitenciario Bonaerense. Especialmente, del Pabellón N°8, donde vive el equipo completo, que pasó de ser el más violento al más relajado. Esta mañana están efervescentes: es el último entrenamiento antes de que un grupo de 30 Espartanos -10 de ellos, ex presos- viaje a Roma, donde el Papa los espera conocer mañana, en una audiencia privada a las 17. Les mandó la invitación personal y un saludo en un video casero, desde el Vaticano: "Lo que hacen ustedes es como el canto que dice ‘En el arte de ascender lo que importa no es no caer, si no, no permanecer caído’", les dijo.

El Servicio Penitenciario bonaerense administra la vida de 31.224 presos en 55 unidades. La provincia de Buenos Aires destina un presupuesto anual de casi 4000 millones de pesos. Según datos oficiales, el porcentaje de reincidencia de quienes recuperan la libertad supera el 65 por ciento. Hay 18 penales donde se juegan al rugby, el porcentaje de reincidencia delictiva entre quienes abrazaron ese deporte es del 1 por ciento. Más de 400 fueron Espartanos.

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Ezequiel se sumó al juego para ocupar más horas del día en la cárcel, y se terminó de enganchar cuando sintió que tenía amigos: "Empezamos a tratarnos bien entre todos, eso me cambió la vida". Cayó preso por robo cuando tenía 19 años y salió hace unos días, a los 28; es uno de los que viaja a Roma. No quiere decir su apellido porque teme que sus compañeros de trabajo lo vayan a discriminar: "Almuerzan conmigo, hacen chistes, y no tienen idea de dónde vengo yo", dice. "Perder la libertad es el peor castigo para un ser humano. Moralmente, te destruye. El preso hace como el hámster que gira en la ruedita, se acostumbra."

Robo calificado; robo agravado por el uso de arma; toma de rehén y privación ilegítima de la libertad, son algunos de los delitos que cometieron los 34 presos del pabellón 8, que tienen entre 19 y 40 años de edad. Las pastillas de antidepresivos circularon entre ellos durante años como el único salvavidas. Hasta que intervino el Negro Víctor, el preso con más poder de la cárcel. Su vida delictual arrancó a los 14 años, ya tiene 29 y el 1 de octubre salió en libertad. Cuando Oderigo lo vio por primera vez dice que se le heló la sangre: "Lo único que me salió fue invitarlo a taclear. Lo hizo y era muy bueno, todos lo felicitábamos por cómo tacleaba y se ganó el respeto del resto haciendo algo bien". El Negro Víctor empezó a estar más tranquilo, lo nombraron capitán del equipo, Al tiempo, cortó las pastillas para todos; no iba a dejar que nadie atentara contra el clima que habían logrado en el pabellón. Todo encierro confabula para crear sociedades en miniatura. "Ahora somos una familia, el que la complica se va", dice Piojo mientras trota hacia el centro del barro.

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Los viernes por la mañana, un grupo de voluntarios monta un desayuno y rezan el Rosario en el patio, alrededor de una larga mesa de medialunas, magdalenas, budines, gaseosas, mate y café. Algunas mujeres llevan sus guitarras y cantan canciones de La misa criolla. "Gracias Dios, porque alguien confía en nosotros", dice Diego, que tiene 28 años y en dos podría salir en libertad, después de cumplir ocho preso por homicidio en grado de tentativa en ocasión de robo. "Es mentira que no creemos en nadie. Vos ves a uno que te saca una faca grande y lo primero que pensás es ¡Ay Diosito!", dice Nicolás, de 22 años, preso hace seis. El Negro Víctor estuvo en las oraciones de todos durante los 70 días que pasó encerrado, en un calabozo más pequeño y oscuro que de costumbre, por tuberculosis. Se recuperó. El Negro Víctor es, para Los Espartanos, el ejemplo a seguir, el rey Leónidas de un ejército que entrena como si la libertad entrara en una pelota.

El año pasado, Los Espartanos fueron noticia cuando jugaron un partido de rugby contra un equipo de fiscales, jueces y abogados, entre los que estuvo el fiscal José María Campagnoli, y otros invitados, como el ex capitán de Los Pumas, Agustín Pichot. "Es el único momento en que no me acuerdo que estoy preso. Solo veo la pelota y corro atrás de ella", dice Wichi, de 26 años, seis preso, mientras se dobla hasta tocar el piso con las manos. "No hay rejas, no hay encargados, sólo siento… a mí", dice Camilo. En el encierro vale todo. Los presos tienen que pelear por conservar sus zapatillas, sus paquetes de arroz, una tele. Pero entre Los Espartanos no hay cuchillos. Siempre hay alguien dispuesto a consensuar, hasta que la cosa se complica. "De repente, un oficial se peleó con la esposa y descarga su furia contra nosotros. Te atan como a un chanchito, pies y manos, y te empiezan a dar entre varios hasta que se cansan". El 28 de enero de 2012, el Tribunal Oral en los Criminal 4 de San Martín condenó a cadena perpetua a cinco agentes penitenciarios de esta cárcel (y absolvió a uno) por el asesinato del joven Patricio Barros Cisneros, de 26 años, en lo que fue un fallo histórico. La autopsia del joven reveló 36 golpes, la mayoría en cabeza y cuello, y una muerte por asfixia tras una paliza que duró entre 5 y 15 minutos.

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Cuando el entrenamiento termine será el mediodía y Los Espartanos se turnarán para bañarse. Algunos, después, irán al curso de electricistas. Antes, todos juntos formarán un círculo en el medio de la cancha, de pie; las cicatrices del cuerpo cubiertas por el barro, la mirada achinada por el brillo del sol sobre los ojos, y un aplauso infinito que se darán a ellos mismos después de haber jugado un partido más.

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