Los inundados debieron dejar sus viviendas

Cynthia Palacios
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9 de mayo de 2003  

SANTA FE.- Bastó que circulara el rumor para activar la alarma. La novedad de que los barrios que están bajo las aguas serían evacuados despertó una ola de desesperación. Si no se podría volver había que llevarse lo poco que quedara. Por eso, desde las primeras horas de la mañana, los barrios anegados fueron como hormigueros, en los que la gente entraba y salía para rescatar lo que pudiera.

El rumor luego se convirtió en realidad. Si bien no existió una evacuación compulsiva por parte de las autoridades, los efectivos de Prefectura llevaron adelante un operativo de "persuasión" para convencer a las familias que permanecen en los techos de que se retiraran del lugar. Fue un éxito: unas trescientas familias ya habían abandonado, a media tarde, los vecindarios inundados.

Pero eso no fue todo: las tareas se intensificarán esta tarde, porque el riesgo sanitario crece cada día por la contaminación de las aguas.

LA NACION recorrió ayer los barrios Alfonso y Santa Rosa de Lima, donde hay zonas que el agua supera el metro y medio de altura. Enterados del posible desalojo masivo, los alojados en centros de evacuados o refugiados en casas de familiares porque no pueden regresar a las suyas, iban y venían en botes, canoas, lanchas o a pie. Algunos valientes caminaban.

Voceros del Comité de Crisis negaron una evacuación compulsiva, aunque aceptaron que aconsejaban buscar un lugar más seguro a los que permanecen en los techos.

En andas

La intención de los vecinos era rescatar lo que se pudiera. Así fuera cualquier cosa. Estaban quienes cargaban heladeras, televisores completamente mojados, muebles deformados por la humedad. Estaban quienes transportaban motos y artefactos eléctricos que permanecieron todos estos días en el agua. Nadie sabía qué de todo iba a servir, pero por las dudas lo llevaban a un lugar seco.

En la esquina donde la calle Mendoza se cruza con las vías, en el barrio Santa Rosa, las camionetas que esperaban cargar los bártulos formaban fila. Las canoas llegaban, se descargaban y volvían al agua. No había tiempo para perder. Después de las 19 está prohibida la circulación de particulares por las aguas, como prevención por los robos.

También formaban fila los vecinos que no disponían de embarcación propia y esperaban que la buena voluntad de otros los alcanzara hasta sus casas sumergidas.

Entre ellos estaba José. Buscando desesperado que llegara "Macha", un vecino de la zona. José está evacuado con su familia en el Predio Ferial Municipal, donde comparte el techo con 1100 personas. Estaba desesperado por llegar a su casa. Triste coincidencia: su casa, donde el agua llega al techo, está en la calle Aguado.

"Quiero ver si la heladera flota... Si flota, me la llevo", aseguró. Le costó 1100 pesos y le faltaba una cuota para que fuera suya. José sobrevivía con una panadería que funcionaba en su casa, pero todas las maquinarias están sumergidas. Ya se resignó a perderlas. La llegada de "Macha" puso fin a la charla. José no podía perder ese favor. Se descalzó y caminó hacia el bote. Necesitaba volver a su casa. Aunque fuera la última vez.

A un lugar seco

Gabriel Ledesma, Jorge y Tito cargaban a duras penas una canoa verde, frente a la puerta 4290 de la calle Moreno. Un modular, dos cajoneras, una silla, bolsas con comida, alguna ropa. Todo lo que entrara. Miguel Alvarez, el tío de Gabriel, estuvo en el techo desde el martes último. Pero ya no lo soportó más y ayer pidió que lo llevaran.

"Llevamos todo a Colonia Leiva, a la casa de un primo -contó Gabriel sin detener la descarga-. Acá no se puede respirar. Ahora que lo encontramos, lo vinimos a buscar." Es que Miguel se desencontró con su familia durante las primeras horas del desastre. Su mujer fue llevada a un centro de evacuados y él se quedó sobre el techo. "Creo que nos queda un viaje más y listo. Ya veremos cuándo podemos volver", dijo Gabriel.

Los Leuchuch ya habían perdido la cuenta de la cantidad de viajes que hicieron tratando de salvar lo insalvable. Sergio y su esposa Silvia llevaban una cocina, una moto y algunos trastos de cocina. Antonio López, el cuñado de Sergio, oficiaba de remero. A ambas familias el agua les había llegado al techo de la casa. Llevaban todo a lo de la mamá de Sergio, Sarita, un alma noble que abrió las puertas de su casa sin preguntar nombres ni averiguar domicilios.

Algunos moradores se resistían a la idea de abandonar sus casas. Aunque tienen poco para defender, no lo quieren dejar a merced de los rateros acuáticos que se meten en las casas.

Cuando veían pasar la lancha de la Prefectura donde iba LA NACION, los vecinos se asomaban desde los techos para preguntar a gritos si era cierto que debían irse. Todo está anegado, pero hay noticias que corren rápido.

Roberto, con el agua al pecho, intentaba cargar una moto azul a la canoa de Pablo. La llevarían a tierra firme, pero después volverían. "Yo me hundo con el barrio porque de acá no me voy", aseguró Pablo.

Brecha cerrada

  • SANTA FE.- El gobierno de la provincia de Santa Fe anunció anoche, poco antes de la medianoche, que a las 22.30 se había logrado cerrar la última brecha que permitía el ingreso del agua del río Salado en el casco urbano. Las fuentes dijeron también que comenzarían de inmediato los trabajos de bombeo para evacuar el agua que inunda los barrios periféricos de la ciudad.
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