Más que de infraestructura, una cuestión de vínculos

Adriana Amado Suárez
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6 de septiembre de 2012  

A tres años del proyecto de Televisión Digital Abierta (TDA), vemos gran inversión en la emisión pero escasa audiencia; poca televisión y mucha política enredada en jurisdicciones y burocracia. La televisión pública, según el canal, depende de la Jefatura de Gabinete, del Ministerio de Educación o del de Planificación. El consejo asesor de la TDA incluye diez ministerios y en los contenidos participa el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). Una explosión de logotipos en la Web anuncia políticas públicas de ejecución incierta. Hay datos celebrando antenas instaladas, conversores entregados, horas producidas, pero nada que dé cuenta del consumo televisivo. A la fecha, no sabemos si la oferta de tecnología digital federalizada se tradujo en una demanda federal de televidentes.

La televisión argentina hace años que está tercerizada en productoras que generan contenidos para todos los canales, privados o estatales. Hoy se suman a la televisión digital. Difícilmente habrá la pluralidad de voces si el financiamiento del sistema termina en el único bolsillo del Estado. Que en la historia de la TV argentina nunca supo hablar el lenguaje de la televisión y que hoy, con los mismos actores y productores, consigue menos impacto, como muestra la baja repercusión de los nuevos contenidos, con temáticas y narrativas que reniegan de lo televisivo y lo popular.

La discusión es si el Estado debe subsidiar la competencia de una industria con autonomía comercial o debería desarrollar, de una vez, un ente independiente de los vaivenes políticos, con rendición de cuentas y auténtica vocación televisiva. Si la estrategia es multiplicar señales y horas de trasmisión repartiendo presupuestos en porciones discrecionales, será cada vez más difícil dar continuidad a una programación de calidad que pueda transformarse en masiva. El televidente argentino hace décadas que paga por la televisión que quiere ver, con lo que la gratuidad no es razón suficiente para que cambie a un sistema que no incluye los canales que hoy elige.

La TV, más que de infraestructura, es una cuestión de vínculo. La televisión pública podría complementar la comercial desde contenidos que respeten nuestros intereses y entiendan que la narrativa televisiva nada tiene que ver con las bajadas de línea, las temáticas elitistas o los lenguajes cinematográficos. Los televidentes somos los mismos que los votantes, aunque a veces parezca que nuestra elección es más soberana cuando elegimos gobernantes que programas de televisión.

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