Murió al ser arrollado el auto en el que lo secuestraron

Tenía 49 años y lo habían raptado al salir de un velatorio
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28 de agosto de 2002  

El Jagüel, localidad que en el último mes estuvo en boca de todos a partir del secuestro, desaparición y muerte del colegial Diego Peralta, fue escenario de un nuevo episodio en el que la tragedia, el desatino y las coincidencias se entrelazaron.

El comerciante Omar Gandolfo, de 49 años, seguidor del culto de los Testigos de Jehová, fue secuestrado cuando salió de un velatorio en busca de una Biblia para rezar. Pero minutos después, ese hombre que sólo quería dedicar un responso a un amigo muerto encontraría su propio fin: el auto en el que era llevado cautivo fue arrollado por un tren cerca de la estación de aquella localidad del partido de Esteban Echeverría. Paradójicamente, sus dos captores -uno de ellos, de sólo 15 años- se salvaron.

La tragedia, un capítulo más de la ola de inseguridad que asuela al conurbano, tuvo un último giro rayano con el absurdo. La nueva víctima de la violencia fue velada en la casa mortuoria a la que había llegado, horas antes, para despedir a un allegado; la misma en la que, hace sólo dos semanas, fueron velados los restos del chico Peralta.

Aún no se sabe si la tragedia fue producto de la imprudencia de los jóvenes delincuentes o si éstos realizaron una maniobra riesgosa para eludir a algunos allegados de la víctima que, advertidos del rapto, perseguían el automóvil en el que se movilizaban, según relataron a LA NACION tuvieron una actuación que, al cabo, resultó gravitante en el infortunio.

Según fuentes policiales, Omar Gandolfo, de 49 años y propietario de un comercio de hierro en Monte Grande, salió de la casa velatoria Ianiro, situada en Dardo Rocha al 500, de esa misma ciudad, para buscar una Biblia y unos apuntes para su discurso de despedida a un amigo.

Pero cuando se aprestaba a abrir su automóvil, un Renault Laguna que había estacionado en un garaje lindero, dos sujetos jóvenes lo obligaron ingresar en el asiento trasero. Uno de los delincuentes se sentó al volante y el otro se instaló en el asiento de atrás, con un revólver calibre 38 apoyado en el cuello de su víctima.

Versiones contrapuestas

Según el titular de la seccional 5a. de Esteban Echeverría, comisario Rubén Salas, al escapar por la ruta 205, paralela a las vías del ex ferrocarril General Roca, los ladrones llegaron al paso a nivel de la calle Jorge Newbery, a metros de la estación El Jagüel, y cruzaron con las barreras bajas sin advertir la llegada del tren que acabó por arrollarlos.

En cambio, según dijeron a LA NACION Juan Carlos Grappa, dueño de la estación de servicio situada frente al lugar del accidente, y otros testigos, al menos dos amigos de la víctima que habían advertido el rapto, persiguieron al Renault Laguna conducido por los secuestradores en una camioneta Mercedes-Benz y, al llegar al paso a nivel, habrían golpeado por atrás el auto en el que iban los captores y el cautivo.

Ante esa situación, y en un último intento por evitar una captura, el delincuente al volante cruzó en zig zag las vías del ferrocarril con las barreras bajas y en contramano; el convoy de la empresa Metropolitano, que corría hacia El Jagüel, lo embistió de lleno, del lado en el que iba el rehén.

Gandolfo murió instantáneamente; el ladrón que manejaba, de unos 23 años, sufrió graves heridas y está en coma, según los partes médicos. El otro, de 15 años, que viajaba en la parte trasera del auto con la víctima, sólo sufrió golpes leves y heridas superficiales.

Según los testigos, el menor, sin grandes lastimaduras, salió del vehículo caminando; pero antes de que pudiera huir, unos vecinos lo detuvieron y lo entregaron a los policías que se acercaron al lugar del accidente. El otro quedó apresado en la carrocería del automóvil chocado por el tren.

Cuando era trasladado al hospital, los habitantes de la zona y los amigos de Gandolfo que habían llegado a los pocos minutos desde la casa de sepelios intentaron lincharlo, lo que fue evitado por los policías.

Según fuentes de la causa, los delincuentes fueron asistidos en un hospital de Ezeiza y, ayer al mediodía, el ladrón que conducía el vehículo fue sometido a una intervención quirúrgica y estaba en grave estado.

Uno de los amigos de la familia de Gandolfo, que ayer estaba en su casa, confió a LA NACION que la mujer que iba en la camioneta Mercedes- Benz en persecución de los delincuentes, Andrea Delfino, habría tomado la decisión de seguir al vehículo de Gandolfo porque su marido habría sido secuestrado en El Jagüel hace tres años.

Omar Gandolfo, dijeron sus allegados, era dueño de un comercio de herrería artística en Santamarina y Pedro Dreyer, en Monte Grande; montó ese negocio dos años atrás, luego de vender una empresa metalúrgica de su propiedad.

Como antiguo integrante de la congregación de Testigos de Jehová de El Jagüel, anteanoche fue llamado para ser el vocero en la ceremonia religiosa de despedida de uno de sus compañeros de credo; no pudo hacerlo, víctima de la delincuencia y de una absurda tragedia.

Ayer, en su casa -situada en Fernando de Toro al 1200, en Monte Grande- sus hijos Sebastián y Gustavo, y su mujer, Noemí, se negaron a atender a la prensa. Según sus amigos, aún no lograban encontrar explicación al trágico desenlace.

La misma cochería en la que él debió decir las palabras de despedida a un amigo fallecido, la misma en la que una multitud despidió al chico Peralta, que estuvo desaparecido 39 días antes de aparecer muerto en una tosquera de Ezpeleta, fue ayer el lugar en el que fueron velados los restos de Gandolfo.

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