Ni siquiera se salvó el museo Güiraldes

En cuestión de minutos, el agua se metió en casas y comercios; relatos de familias que perdieron todo
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28 de diciembre de 2009  

SAN ANTONIO DE ARECO.-"Agua sobre calzada", advertía un letrero sobre el zanjón de la ruta, dos kilómetros antes de llegar a San Antonio de Areco. Grandes anegaciones sobre el terreno eran el preámbulo de la inusitada catástrofe, de la que ni siquiera se salvó el Museo Ricardo Güiraldes, el más importante de la ciudad, sinónimo de la tradición gauchesca.

Resignadas por haber perdido todo, poco a poco fueron llegando cientos de familias al gimnasio municipal Santiago Luján Saigós, dispuesto por la intendencia para cubrir la emergencia.

"Con la lluvia, el río creció rápidamente y no dio oportunidad a estas familias de salvar nada, por lo que ya se empiezan a evaluar cuestiones humanitarias; muchos se autoevacuaron y otros vinieron al gimnasio municipal", explicó Julio César Minutti, coordinador de Medio Ambiente de San Antonio de Areco, mientras asistía a las familias damnificadas en el centro de evacuados.

"En menos de diez minutos, el agua subió de golpe. Desesperados, con mi marido tratamos de salvar la heladera; cuando nos dimos cuenta, el agua nos llegaba a la cintura. En cuestión de minutos tuvimos que agarrar dos bolsas con la ropa de los chicos y salir; ya no había nada que hacer", contó Esther Albornoz, con el rostro preocupado y entristecido. "Perdimos los colchones, la heladera, el televisor, incluso la caja con las zapatillas que les había regalado a mis hijos, y los regalos de Navidad; volví con la ilusión de salvar algo, pero fue en vano, hay un olor a podrido terrible y el agua no se decide a bajar", detalló José Luis Quiroz, esposo de Esther. Ellos vivían a tres cuadras del río Areco.

A las 16, ya había más de 200 personas en el gimnasio municipal, al que llegaban constantemente donaciones de comida, frazadas y hasta juguetes para los chicos damnificados. Bajo el agua habían quedado 300 casas, varios negocios, decenas de restaurantes y la oficina de Turismo.

Juan, que vive en el barrio Canuglio, se despertó cuando los vecinos le dijeron que el agua le entraba en el auto. Lo llevó al centro de la ciudad, a lo de su madre, y cuando volvió, media hora después, el agua ya le llegaba a la rodilla; y eso que su casa está elevada 80 centímetros del piso. "El agua seguía subiendo. Dije: «Vámonos, porque no vamos a poder salir». En la calle, el agua me llegaba al pecho, y yo mido 1,83. Fue de terror". Salió con su esposa, Marina; su hermana, y su cuñado, y caminaron hasta la ruta, a pesar de que la correntada era cada vez más fuerte, hasta que los bomberos los llevaron a un lugar seguro.

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