Nos habita la urgencia de miles de familias

Federico Wohlfeiler
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31 de agosto de 2014  

En noviembre de 2011 fui invitado a una construcción de la ONG Techo para acompañar a los alumnos del colegio en el que soy profesor. Fuimos a la ciudad de La Plata, a un barrio llamado Puente de Fierro. El barrio era más bien un basural en el que miles de personas buscaban acercarse a algo parecido a lo que llamamos "vivir".

El único juego de una de las niñas de la familia con quienes construí aquella vez era permanecer sentadas en un bolsón de arena contemplando el horizonte, perdidas en no sé qué pensamientos. Los niños andaban descalzos bajo el sol fulminante, buscando ser niños, buscando un amparo que no conocen. Sí, ése era el paisaje en La Plata, Argentina.

Tres años después de aquella experiencia pude participar en 10 instancias más de construcción. Intento contagiar a mis alumnos para que puedan conocer y tender una mano porque siento que ellos anhelan cambiar el presente y sólo necesitan encontrar el espacio donde hacerlo.

Participar en las construcciones es para mí una obligación moral, humana, una responsabilidad frente a mis hijos y la vida. El haber "visto" me impide poder volver la vista hacia otro lugar. La desigualdad, la falta de oportunidades, las asimetrías sociales, el abandono y el olvido habitan la Argentina. Habitan la carne de miles de niños con nombre y apellido, con rostro, con esperanzas y sueños suspendidos. Techo transmite desde la juventud de sus voluntarios la pequeña, pero poderosa inquietud de que no todo está dicho y de que las cosas se pueden transformar.

Cada día me despierto pensando que la urgencia nos habita. La urgencia de Mabel y su hijo Kevin, con quienes construí su vivienda en Moreno; la de Mariana, de Pilar, con sus dos hijitos. La de Rodri, de sólo seis años, quien en la inauguración de su vivienda de emergencia lloró de la emoción abrazado a su padre.

¿Sigue existiendo tu inocencia Rodri? Ni una gota más va a sorprenderte en la madrugada de tu cama. Pero sé que la urgencia es reponer tu dignidad como ser humano, que tengas una escuela, que no te preguntes si hoy te toca comer o no, que puedas caminar tus calles, que no temas, que no llores, ni dejes de hacerlo por costumbre, que te sientas querido y cobijado.

Los ciudadanos somos el Estado, y también la fuerza. Quiero ser consciente de que la urgencia nos habita. Tener el coraje de creer que cada uno de nuestros actos puede transformar y torcer el falso inevitable destino en el que sólo vemos al "otro" condenado, para vivir la inclusión de un todos real. Y es urgente.

El autor es profesor del colegio St. Andrew's y coordinador de Techo en esa institución

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