Padres conflictivos

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
Fuente: Archivo - Crédito: Shutterstock
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13 de febrero de 2020  • 04:13

1. Los padres hiperexigentes

Hay padres que están crónicamente insatisfechos y evalúan a sus hijos de manera negativa. Siempre les falta algo. El mandato aquí es: "No falles". Para ellos, el fracaso es terrible y hay que evitar el error a toda costa. A menudo estos padres son dominados por la imagen y los logros, factores que perciben como lo más importante. Pero una cosa es exigir y otra, hiperexigir. Este perfeccionismo los conduce a vivir el error como el fin del mundo y a quedar atados a la opinión de los demás. Lo único valioso es ser perfecto. "Si hacés las cosas sin errores, tendrás paz", piensan.

Como consecuencia, sus hijos, al crecer, solo verán sus errores y no serán capaces de disfrutar el proceso de aquello que estén haciendo. Los moverá la exigencia y la creencia de que presionando se logra más y, si no se logra, es porque se es un fracaso. Los hijos de este tipo de padres creen que, si son exigentes, serán excelentes.

2. Los padres ansiosos

La ansiedad es una emoción normal. Sin embargo, cuando esta es innecesaria, excesiva y desproporcionada en los padres, les transmite a los hijos el mensaje de que "todo es peligroso, de que hay que estar siempre hiperalerta porque algo malo va a suceder". La persona ansiosa vive un final catastrófico, anticipa, vive hipervigilando, controlando, previniendo. Dice frases tales como: "Tené cuidado"; "fijate por dónde vas"; "no confíes en nadie". Y refuerza dichos mensajes con experiencias negativas del pasado.

"Hay que prevenir y estar alerta porque el mundo es peligroso y vos no contás con los recursos necesarios para enfrentarlo". El hijo que crece con esta creencia tiene un radar encendido las veinticuatro horas para identificar las posibles señales de peligro. Esta ansiedad constante lo conduce a sufrir contracturas, comer rápido, tener ataques de pánico, padecer insomnio, etc.

3. Los padres agresivos

Un padre agresivo está enojado con su propia historia. Hay ciertas áreas de su vida en las que se siente frustrado pero no logra identificar cuáles son. Entonces, descarga esa furia en sus hijos, a veces incluso rotulándolos: "No servís para nada". Descalifica todo lo positivo tomando una experiencia agradable de su hijo y rebajándola por considerarla menos que nada. Maltrata verbalmente. Es un buscador de defectos que necesita agredir permanentemente con la palabra (muchas veces físicamente también) para mostrarse poderoso. "Desde que naciste, yo no pude estudiar por tu culpa; vos me arruinaste la vida; no vas a llegar a nada", dice. Sus propios traumas no resueltos son colocados en ese hijo que cree que le pertenece.

El poder de la resiliencia

Todos poseemos una capacidad extraordinaria y, aunque el pasado puede ser influyente y en ocasiones condicionante, de ninguna manera determina nuestra vida. Cada uno de nosotros es capaz de construir, a través de la libertad con la que nacemos, su propia historia. A alguien que expresa: "Mi papá me pegaba y mi mamá bebía", yo le preguntaría: "¿Y vos también bebés y maltratás?"."No". Esa actitud en el hijo es resiliencia: a pesar de un contexto muy difícil, atravesó esa situación y construyó una historia mejor. A veces la frase es: "Mis padres no me dieron lo que yo quería". Sin embargo, debido a esa carencia y esa frustración, ese hijo hoy desarrolló solidaridad, deseos de trabajar, proactividad, etc.

A nadie le agrada experimentar carencias pero, sin duda, podemos construir valores a partir de eso. "Me dejaron; me abandonaron". El dolor del abandono es intenso pero lo cierto es que esos padres se perdieron el privilegio de ser parte de la historia de su hijo. Todos podemos construir un nuevo camino. No somos responsables por los dichos que nos hicieron creer una y otra vez, pero sí somos responsables por lo que vamos a hacer a partir de ahora.

No se trata de negar el pasado ni lo que sentimos, sino más bien de ir al pasado para intentar comprenderlo, elaborarlo y construir un presente mejor y un futuro extraordinario. Todos poseemos la capacidad de hacerlo. Y todos conocemos a alguien que, a pesar de haber atravesado muchas dificultades en su historia, las ha transformado en crecimiento y en un don para ayudar a otros.

Nuestros hijos son nuestra mejor creación. Ellos necesitan tres regalos: ser mirados, ser oídos y ser acariciados. Jamás debemos "apuñalar" la relación. No importa las diferencias que tengamos como padres. Compartamos con ellos, abrámosles nuestro corazón y ayudémoslos a construir responsabilidad, libertad y capacidad de amar.

Concluyo con una anécdota del gran violinista Paganini:

Un día, Paganini estaba preparándose para presentarse frente a una gran multitud cuando de repente se dio cuenta de que el violín que tenía en sus manos no le resultaba familiar. Por una terrible confusión ese instrumento pertenecía a otra persona. Pensó que el concierto iba a ser desastroso y estaba aterrado pero la función debía continuar. Así que esa noche comenzó a tocar y terminó dando un concierto extraordinario. Más tarde en su camarín le compartió lo siguiente a otro músico: "Hoy aprendí la lección más importante de toda mi carrera: antes pensaba que la música estaba en mi instrumento pero hoy sé que la música está dentro de mí".

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