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Pérez-Reverte: "Los estúpidos causan más daño que los malvados"

Ante una sala colmada y en diálogo con Jorge Fernández Díaz, lamentó que se lea cada vez menos y afirmó que la tendencia es a la “chatura conceptual”
Laura Reina
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27 de abril de 2014  

Las armas de las que se valen sus personajes para dejar huella han cambiado. De la espada del valiente Capitán Alatriste al aerosol del grafitero Sniper han pasado muchos años y sucesos en la vida del escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte. Sin embargo, el reconocido autor español dejó en claro ayer que hay un arma que no está dispuesto a deponer jamás: la palabra.

De la mano del también escritor, y periodista de LA NACION Jorge Fernández Díaz, Pérez-Reverte presentó ayer su última novela, El francotirador paciente (Alfaguara), en una sala colmada de público que reafirmó el romance literario que mantiene con él. Y que seguirá, como el propio escritor de 62 años confirmó, por muchos años más porque no le pasa ni cerca la idea de dejar de escribir.

"Intento con desesperación aferrarme a la vida real -dijo-. Cada nuevo libro que escribo, irme con los grafiteros, enamorarme o jugar a enamorarme, tropezar en la calle con la gente, oír sus logros o miserias, observar, es como ser joven otra vez. Con cada novela que emprendo espero retrasar al máximo el momento en que sea viejo de verdad. Confío mantener esa decadencia, que llegará, lo más lejana posible".

Y también hay, en el acto de seguir escribiendo, algo de resistencia. Curtido cronista de guerra, agudo observador y crítico de la realidad, Pérez-Reverte es poco optimista a la hora de ver la actualidad. "Vivimos en el crepúsculo del mundo. El mundo en el que hemos sido educados, con libros y bibliotecas, se acabó. La gente ya no lee ni un libro electrónico, va en el metro matando marcianos o mandando WhatsApp -se lamentó-. La tendencia hoy es a la chatura conceptual, que es un síntoma de este final del mundo. Mi obligación es procurar retrasar al máximo este final inevitable, mantener a los bárbaros a raya, aunque la gente está fascinada con estos bárbaros."

Por eso, para Pérez-Reverte lo más peligroso que ha dado la humanidad no son los villanos, sino los estúpidos. "Lo peor del ser humano es la estupidez. Es el peor enemigo, los estúpidos causan más daño que los malvados. ¿Por qué? Porque la estupidez nos deja indefensos ante la realidad. Poco a poco nos vamos suicidando, no escuchamos las señales que nos da el mundo. Es con esta visión que escribo mis libros", dijo y enseguida, ante la súplica de Fernández Díaz de dar un mensaje un poco más optimista, aclaró: "Pero los estúpidos mueren primero, la vida es justa, después de todo".

En este ida y vuelta planteado entre Pérez-Reverte y Fernández Díaz, que además son grandes amigos, surgió lo más jugoso de una tarde donde hubo actividades y charlas para todos los gustos. Pero claro, la inmensa figura del escritor español fue la que acaparó ayer toda la atención y desde muy temprano la gente pugnó por entrar y escuchar al creador del inolvidable Capitán Alatriste, personaje que, según adelantó, podría volver con nuevas aventuras.

"Hay dos historias de él que quiero contar -aseguró el escritor-. Pero también hay otras tantas que quiero contar. ¿Cuáles escribir? ¿Cuáles matar? Ese es el verdadero drama de un escritor, no la hoja en blanco. Hay quienes me piden un libro más de Alatriste y otros que me dicen que lo acabe ya. Y la verdad es que todavía no sé a quién complaceré."

A lo largo de los 90 minutos que duró la charla, donde no hubo tiempo para preguntas del público, aunque muchos tuvieron su revancha en el stand de Alfaguara, donde Pérez-Reverte firmó ejemplares, el autor de El francotirador paciente se despachó contra el mercado del arte moderno, uno de los temas, junto con la venganza personal, que atraviesa su última y celebrada novela.

La nobleza del arte

"El arte está en mis novelas desde hace mucho tiempo. Hoy, frente este mercado que está en manos de gente que no es el artista, que es manejado por galeristas y es esencialmente corrupto, el único que ofrece garantía de nobleza es el arte callejero. Es más potente y está más vivo que el de las galerías. Para mí, la calle es el lugar del arte moderno", dijo, y recordó que mientras escribía la novela se acercó a grafiteros y los convenció, entre copas y largas trasnoches, de acompañarlos en sus incursiones callejeras, muchas de ellas al filo de la ilegalidad. Con muchos de estos artistas, contó, sigue saliendo a cenar.

"Me fui vestido de negro por las estaciones de tren -contó el escritor-. Mientras iba con ellos, pensaba el festín que se harían lo medios en cuanto me pillasen en esa situación. Para mí fue como volver a tener un romance. Era una actividad casi paramilitar. Sus códigos de compañerismo también eran propios de grupos marginales."

Sobre el final, el flamante miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, habla marginal que escuchó y aprendió de su padre amante y bailarín de tango, Pérez-Reverte aseguró que uno de sus grandes miedos es a repetirse.

"Soy consciente de mis limitaciones, por eso intento mantenerme lejos de los territorios en los que puedo patinar -concluyó-. Hay temas que he agotado. Cuando un escritor ha tenido cierto éxito con sus novelas, corre el riesgo de quedarse encerrado en su biblioteca. Por eso intento aferrarme a la vida. Llega un momento en que hay que moverse, salir de la habitación para no morir como escritor."

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