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Historias para conocer

"¿Por qué no a mí?" A 74 años del Holocausto, la pesadilla que aún desvela a un sobreviviente

Alejandro Horvat
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22 de enero de 2019  • 16:21

Era el 17 o 18 de enero de 1945 en Budapest, Hungría. Tomas Kertesz tenía 16 años y había pasado los últimos 20 días escondido en un túnel debajo de un local comercial, junto a Gabi Halbrohr, su amigo de la infancia. Esa tarde escucharon las voces de algunos soldados: recién se tranquilizaron al darse cuenta de que el griterío no era en alemán. Un soldado ruso golpeó con su arma la puerta del escondite que, como un cápsula de cuatro metros de largo por uno y medio de alto, los mantenía a salvo de los últimos nazis que quedaban en la ciudad.

"Cuando abrieron el escondite, para que los rusos entendieran que éramos judíos y no nos maten, dibujamos una Estrella de David y la hoz y el martillo comunista en la pared. Bajaron las armas y nos ordenaron subir los escalones. Yo estaba ansioso por buscar a mi familia", cuenta Tomas Kertesz, en su departamento del barrio de Belgrano, en Buenos Aires, ciudad en la que vive desde 1949. A 74 años de la liberación, por parte de las tropas soviéticas, del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau, justamente ayer se celebró el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto.

Kertesz rodeado de los cuadros que él pintó en su departamento en el barrio de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires
Kertesz rodeado de los cuadros que él pintó en su departamento en el barrio de Belgrano, Ciudad de Buenos Aires Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

De nuevo en la superficie, Kertesz fue a buscar a sus padres. Budapest había implosionado. Las casas, desnudas por las paredes rotas, revelaban la intimidad de las familias que ya no estaban. El Puente de las Cadenas que cruzaba el Danubio había sido dinamitado. Las calles se habían convertido en innumerables islas de asfalto separadas por grietas profundas que coleccionaban vainas de ametralladoras rusas y alemanas.

"Mientras caminaba, unos soldados rusos me agarraron y me llevaron a una universidad donde estaban juntando a toda la gente. Necesitaban un número mínimo de presos de guerra. Como yo tenía documentos suecos, ellos me dejaron ir. Esa fue la tercera vez que los documentos suecos me salvaron la vida", recuerda Kertesz. Tenía esos documentos gracias a Raoul Wallenberg, el sueco que salvó a miles de judíos de las deportaciones nazis y fue declarado Justo entre las Naciones.

Mientras deambulaba entre los restos de la ciudad, se enteró de que Wallenberg había fundado un hospital y que ahí estaban atendiendo a los judíos rescatados del Danubio. Al llegar preguntó por su padre. Un teniente judío húngaro que los conocía a ambos le dijo que los nazis habían lanzado a su padre a las aguas gélidas del Danubio y no sobrevivió. "Durante muchos años no pude llorar su muerte. Una vez, muchos años después, acá en Buenos Aires, me preguntaron si lloré cuando me enteré de su muerte. La verdad es que la primera vez que lo lloré fue después de que me hicieron esa pregunta, mientras volvía caminando a mi casa".

En aquel momento solo le quedaba encontrar a su madre y a su hermano, que estaba en un campo de trabajo. Caminó hasta el gueto donde él pensaba que habían ubicado a los judíos que aún estaban con vida. Todo era un caos, los rusos habían abierto todos los locales: "Me avergüenza decirlo pero entré a una bombonería y agarré una docena de barras de dulce". El frío partía la piel. En la Plaza Klausal, que estaba dentro del gueto, había cadáveres apilados como sacos de arena que llegaban a los dos metros de altura y se mantenían en buen estado por las temperaturas bajo cero.

Había cadáveres apilados como sacos de arena que llegaban a los dos metros de altura y se mantenían en buen estado por las temperaturas bajo cero

"En cada rostro que deambulaba yo buscaba a mi madre y repartí las barras de dulce con la gente que estaba hambrienta. Hasta que vi un rostro conocido: era la señora Szabo que había vivido con nosotros en la Casa Sueca, un refugio que nos dio Wallenberg".

Y continúa: "Muy acongojada me dijo que mi madre no había ido al gueto cuando tuvo la oportunidad y que se había quedado trabajando en la sede del Partido de la Cruz Flechada, un movimiento húngaro fascista y pro germano, que les habían prometido buen trato a los que trabajaran en la cocina".

Ese dato lo puso a correr. Corrió sin hambre. Con la ropa hecha pedazos, con la tierra, con el frío, con la muerte de su padre. Al llegar a la sede del movimiento un hombre lo frenó. Le dijo lo que La Cruz Flechada había hecho con los judíos que trabajaban ahí. "Me contó que los habían atado a todos con alambre de púas, como un ramo de flores, y les habían arrojado una granada".

Los primeros años

Kertesz nació el 27 de agosto de 1928 en Budapest, Hungría. "Nací con cinco kilos. Me quedé dos semanas más de la cuenta en la panza de mi madre y es hasta el día de hoy que llego tarde a todos lados", dice Kertesz, con una sonrisa.

Su hermano mayor, Feri, decía que la llegada al mundo de su hermano menor era un premio consuelo para sus padres. Cuando Feri tenía dos años tuvo un accidente doméstico que casi lo mata. "Según sus cálculos, yo fui concebido en ese período, por si acaso...". Así lo cuenta Kertesz en el libro Tomi, Budapest 1944, de la periodista de LA NACION Natalí Ini, donde relata su historia de vida.

La Gran Depresión de los años 30 dejó a su madre sin empleo. Su padre había luchado en la Primera Guerra Mundial y una herida le dejó la mano izquierda prácticamente inmovilizada. Recibió la Cruz de Hierro y una humilde pensión como herido de guerra. "El aserradero que tenía con su hermano se incendió y también quebraron. Fueron años difíciles para mi familia", cuenta Kertesz.

La Gran Depresión de los años 30 dejó a su madre sin empleo. Su padre había luchado en la Primera Guerra Mundial y una herida le dejó la mano izquierda prácticamente inmovilizada

De a poco, sus padres fueron repuntando. Alquilaron unas habitaciones en Balaton Almádi, un lugar de veraneo cerca de un lago. "Con mucho trabajo, la pensión funcionó, tuvimos muchos huéspedes y fue progresando. Tengo hermosos recuerdos de esos veraneos con mi hermano y mi amigo Gabi".

En 1935 se empezaron a hungarizar los apellidos por la persecución y el nacionalismo. Su apellido pasó de Kohn a Kertesz. Al año siguiente, le escribieron a su tío, Jancsi, que vivía en la Argentina hacía siete años para decirle que era un buen momento para regresar a Budapest.

Jancsi fue de visita, pero antes viajó a Alemania que ya se encontraba tapizada con esvásticas: "Nos contó eso y nos dijo que fuéramos a la Argentina porque los nazis iban a llegar a Hungría. Pero mis papás estaban bien económicamente y nos quedamos. Pero ya en 1937 empezaron a llegar personas que escapaban de los nazis o de otros regímenes, pero en ese momento, Hungría era como una isla de paz".

Tomas Kertesz en el living de su casa mientras relata su historia de supervivencia
Tomas Kertesz en el living de su casa mientras relata su historia de supervivencia Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

En mayo de 1944 empezaron los bombardeos. Los aviones soltaron las bombas sobre una refinería de petróleo y extinguieron la noche con un destello de aceite y fuego. Kertesz tenía 15 años y trabajaba en una fábrica de productos químicos que fue bombardeada. "No puedo entender cómo sobrevivimos a eso. Nosotros estábamos cerca de unos tachos de ácido ¿Es suerte? ¿Es el destino? A veces me desvelo tratando de encontrar una respuesta a ese azar". Al poco tiempo, se decretó que los judíos debían mudarse a un gueto en Budapest: "Nos mudamos a un edificio que tenía la Estrella de David en la puerta".

Raoul Wallenberg, su salvador

"Yo trabajaba en la Embajada Sueca. Entregaba los pasaportes judíos y en cada entrega veía la cara de felicidad de las personas al recibir sus documentos. Wallenberg fue el héroe que salvó mi vida, fue el diplomático sueco que lideró la operación para rescatar judíos en Budapest", afirma Kertesz.

Wallenberg sabía que las burocracias alemanas y húngaras tenían una debilidad por la simbología y recargaron el diseño de los documentos para los judíos con numerosos sellos, firmas y escudos. "Esos documentos no tenían ninguna validez según las leyes internacionales, pero sí dentro de los territorios ocupados e imponían respeto tanto a los nazis como a sus aliados".

Wallenberg fue el héroe que salvó mi vida, fue el diplomático sueco que lideró la operación para rescatar judíos en Budapest
Tomas Kertesz

Las leyes antijudías se intensificaron. Al frente del país estaba Ferenc Szálasi, líder de la Cruz Flechada, que impuso un régimen antijudío muy violento. Muchas personas fueron violadas, torturadas y asesinadas por el grupo que comandaba. "Un día convocaron a hombres judíos de entre 16 y 60 años a la plaza principal para ir a trabajos forzados. Un oficial preguntó quién era extranjero".

–Yo soy norteamericano –dijo un hombre, pensando que se salvaría.

–Fusílenlo a la primera bomba que lancen los enemigos –dijo el oficial, mirando a su tropa.

Al escuchar eso, Kertesz rompió sus documentos suecos. Ya no le servía ser extranjero en esas circunstancias. Esa noche durmieron en un aeropuerto en construcción y al día siguiente caminaron 30 kilómetros hasta un campo de trabajo. "No había agua, ni camas, ni baños. Todos hacíamos nuestras necesidades sentados sobre un tronco, igual que los pájaros cuando se ponen en fila".

Una noche 10 hombres se escaparon y a la mañana siguiente los trajeron al campamento para castigarlos. "Les hicieron cavar sus fosas y los fusilaron delante de todos. Ese episodio me lo contaron y cuando me imaginé la frialdad y la burla de esos soldados, se me cerró el pecho".

En noviembre de 1944 la lucha contra los rusos estaba en un punto crítico. "Cada bomba provocaba que nos encogiéramos, como si quisiéramos meternos bajo tierra". Esa noche los retiraron del campo. Caminaron otros 30 kilómetros bajo una lluvia intensa que diluía la poca energía que les quedaba. "A los que no resistían, los mataban. Yo no me sentaba porque luego no me iba a poder parar. Estaba cargando una pala. En un descanso la apoyé en el piso, puse mi cabeza sobre el mango de la pala y me quedé dormido parado".

Llegaron a una cervecería, ya cerca de Budapest, cuando apareció un delegado de la Embajada Sueca. Se le acercó a Kertesz y le preguntó si conocía a algún sueco dentro del grupo. "Le dije que sí, que nosotros teníamos documentos y en ese instante me acordé de que los había roto. De casualidad yo conservaba un negativo en miniatura, le mostré eso y mi padre y yo nos fuimos con el funcionario".

Pasaron unas semanas resguardados en la Casa Sueca, un lugar con inmunidad diplomática... hasta que la Cruz Flechada irrumpió. "Para demostrar su ferocidad le sacaron el bebé a una madre y lo reventaron contra la pared". Kertesz pudo esconderse. Sus padres se fueron con los nazis y esa fue la última vez que los vio.

Encuentro en Buenos Aires

Su migración empezó el 31 de diciembre de 1948, y el 3 de junio de 1949 pisó por primera vez suelo argentino. Acá lo recibieron sus tíos, en su casa de la calle Rodríguez Peña y Posadas. Cuando Kertesz relataba lo sucedido, su familia no podía creer que todo eso había pasado en Budapest. Su hermano mayor, Ferí, pudo sobrevivir a los campos de trabajo y llegó un año después.

"Por las noches me costaba dormir. Soñaba que había bomberos trabajando en el Danubio ya descongelado y que sacaban un cuerpo hinchado del agua. Pensé que podía ser mi padre y no toleraba la idea. Muchas veces soñé esa escena", recuerda Kertesz.

Kertesz con su diploma otorgado por el Senado de la Nación, donde destacaron su labor por la paz y la memoria
Kertesz con su diploma otorgado por el Senado de la Nación, donde destacaron su labor por la paz y la memoria Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

En Buenos Aires conoció a Kati, otra inmigrante húngara. Tuvieron dos hijos, Esteban (57) y Ana (55). Él se dedicó a su pasión: la arquitectura. Kertesz guarda un especial recuerdo por sus amigos húngaros, que a través del idioma, sabores y recuerdos pudieron rearmar, entre todos, un rompecabezas que había sido destrozado por la guerra. Las piezas que faltan hoy no son más que recuerdos de un mundo que se perdió entre los escombros y el odio.

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