Reglas para malcriar a tus hijos

Alberto Cormillot
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27 de septiembre de 2013  

Empezá desde su infancia a darle todo lo que quiera; así crecerá creyendo que el mundo está en deuda con él. Cuando diga malas palabras, festejalo; así piensa que es gracioso y se sentirá estimulado a decir frases cada vez más graciosas, que en el futuro dudosamente lo ayudarán a integrarse en la vida. Nunca le des orientación espiritual alguna; esperá a que sea mayor de edad, y entonces ya decidirá él por sí mismo. Nunca digas que algo que hace está mal, pues podrías crearle un complejo de culpa. Esto lo ayudará a creer, cuando lo pongan preso por haber robado, que la sociedad se ha vuelto contra él y que es un perseguido. Recogé todo lo que deje tirado: ropa, zapatos, libros, etc. Hay que hacer todas las cosas que debería hacer él para que vaya acostumbrándose a que cuando se muda el piano él lleva el banquito. Dale todo el dinero que desee y no le permitas que gane algo por sí mismo. ¿Por qué ha de luchar él tanto como lo hicieron sus padres? Satisfacé todas sus demandas. Negarle lo que pide puede crearle frustraciones. Conviene describirlo como el más inteligente, simpático y bueno de todos. Hay que ponerse de su parte contra los amigos, maestros y, eventualmente, la policía, pues todo el mundo tiene prejuicios contra él. Dale la razón siempre. Sólo será feliz si siempre es dueño de la verdad. Nunca lo retes ni le llames la atención cuando pegue a sus amigos porque, si lo hacés, corrés el riesgo de que te pegue en público. No le enseñes el buen uso ni controles su actividad en Internet; puede sentir afectada su privacidad. Comprá todo lo que rompa: recordar el daño que producen las frustraciones. No le pongas horarios; vivimos en democracia y eso es autoritarismo. Cuando te encuentres en serios problemas por su conducta, disculpate diciendo "no puedo con él y nunca he podido". Jamás le des una sanción. La vida está para ser gozada. Si dice "No tengo ganas", es que no tiene ganas y no se lo puede avasallar. Si camina por los sillones con los zapatos embarrados, felicitalo porque está haciendo actividad física. Si por cualquier razón hace un escándalo, pataleo o berrinche, miralo dulcemente, está aprendiendo a no tragarse sus emociones.

Y, en el colegio, recordá: el alumno siempre tiene la razón, pero nunca se la dan. El alumno no copia, contrasta resultados. El alumno no habla en clase, intercambia impresiones. El alumno no insulta al profesor, le saca defectos. El alumno no pinta en las mesas ni paredes; practica expresión artística. El alumno no llega nunca tarde a clase, los demás se adelantan. El alumno no tira tizas, estudia la ley de la gravedad. El alumno no escupe, descongestiona las fosas nasales. El alumno no destroza el colegio, le da un toque modernista. El alumno no quema elementos, sólo le da calor al ambiente. No es que el alumno no sepa responder la pregunta; es que el maestro ya sabe la respuesta. El alumno no agrede al profesor, le enseña defensa personal.

En fin, dijo Edmund Burke: "Hay, sin embargo, un límite en que la indulgencia deja de ser virtud".

Konrad Adenauer agregó: "Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería".

Y para finalizar: "Todo tiene límites. Sólo nuestra puerilidad es ilimitada; ¿y sabes por qué? Pues porque en realidad somos niños y todo tiene limitación, menos el niño". Esto lo dijo Rabindranah Tagore.

Mis respetos para los tres.

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