Relatos de custodios de la noche

Son una fuerza laboral que, en su mayoría, trabaja en negro y con sueldos bajos
Marina Gambier
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13 de mayo de 2003  

Los brazos de Christian Larroca le hacen justicia a su apellido: de tanto ir al gimnasio y practicar taekwon-do le han quedado duros como piedras.

De un solo puñetazo podría aplastar una nariz o derribar una dentadura completa. Sin embargo, se reconoce como alguien incapaz de hacer algo semejante. Larocca -que tiene 31 años y está casado desde hace dos- es consciente de que su extraordinario volumen corporal es, más que una herramienta de trabajo, un arma de doble filo. Y ya lleva 13 años en ese oficio.

"Yo, a lo sumo, los cazo de la ropa y los pongo en la vereda", dice, tímido. Actualmente es guardia de seguridad en un boliche de Adrogué donde caben 1000 personas, aunque cada sábado los dueños del lugar permiten el ingreso de 1200. Cree que ese hacinamiento es un caldo de cultivo para las grescas: los chicos se empujan y pierden el freno si están sensibilizados por el alcohol.

En su caso, son sólo seis los encargados de contener a esa masa formada, en su mayoría, por menores de edad de los cuales, sostiene, antes de entrar en el salón algunos toman vino o cerveza en los quioscos de los alrededores. En ese contexto, los patovicas deben procurar que la fiesta transcurra en paz. Que nadie salga lastimado, que no circulen drogas y que no molesten a las chicas.

Pero también les toca actuar cuando los adolescentes se exceden con la bebida. Los sacan en andas, les dan agua y tratan de sonsacarles la dirección para poder introducirlos en un taxi y devolverlos a la familia. Cristhian sostiene que el trabajo de patovica es "muy ingrato".

"Nadie se imagina lo que es estar de este lado -afirma-. A mí ya me conocen en este ambiente, me llaman porque saben que soy un tipo tranquilo. Pero reconozco que no todos son así. En este aspecto hay que separar las aguas. Una cosa es el tipo que toma anabólicos y que está histérico, porque esos productos alteran el sistema nervioso. Esos son los violentos que se descargan apenas se cruzan con alguien. Los que conocemos este oficio sabemos que se trata de aplicar algo de psicología, usar palabras para calmar a los chicos."

Durante la semana Larroca trabaja en el sector mantenimiento de una clínica privada y dice que al principio se le aflojaban las piernas cuando le tocaba entrar en la morgue para limpiar o arreglar un desperfecto. Pero el sueldo no alcanza y su esposa está desempleada. La empresa de seguridad que lo contrata ofrece servicios en cinco boliches de la zona sur y a cada patovica le paga 30 pesos por jornada. Eso no incluye viáticos ni obra social ni aportes jubilatorios.

"Los padres no imaginan lo que pasa de noche. A veces sacás de los baños a pibitos de 15 años hechos trapo, inconscientes. Muchas chicas terminan desmayadas de tanto tomar alcohol. Eso nadie te lo agradece. Nadie comprende que vos estás para que la gente que fue a una fiesta y pagó la entrada pueda pasarla bien. Ahora, con estos episodios de violencia, de nuevo la ligamos los que trabajamos bien. El sábado pasado, en el boliche nos dijeron, por favor, ojo con tocar a alguien."

El derecho de admisión

Darío Corbalán, de 33 años, lleva diez como patovica. Pasó por boliches como Gallery, un pub en Anchorena y Las Heras, cerca de la Facultad de Ingeniería. Cuenta que durante una fiesta organizada por jugadores de rugby, donde los deportistas parecen haber olvidado la camaradería del tercer tiempo, recibió una trompada que le dejó la boca como una flor. Con los labios partidos, los dientes colgando de la encía ensangrentada, corrió hasta la guardia del hospital Rivadavia, donde el médico de turno le reubicó la dentadura, jura que sin anestesia.

Dice que nunca le pegó a nadie. Y que la peor experiencia de su vida fue trabajar en La Embajada, una discoteca en Scalabrini Ortiz y Warnes clausurada años atrás por numerosas denuncias de violencia contra menores.

Darío conservó aquel puesto por poco tiempo: el jefe de seguridad lo despidió, recuerda, porque se negaba a golpear a los clientes conflictivos. Asegura que los propietarios le daban una remera blanca para poder distinguirlo entre 3000 chicos apiñados en un salón con cupo para 2000. Por la noche, volvía a su casa con la remera ensangrentada. Les inició juicio por daño moral.

"Pegale, pegale"

"Muchas veces los dueños bajan línea y te dicen: "Los que traen puestas zapatillas que no entren". Y uno, ¿qué hace?, ¡si todos los pibes andan con zapatillas, y a veces más caras que los zapatos! La consigna en este lugar era ésa: tenías que darles palizas para que no volvieran. Eso era una carnicería. Me decían, pegale, pegale. pero... si basta con sacarlo y negarle la entrada.

"Cuando me di vuelta, mis colegas habían agarrado al chico y prácticamente lo reventaron. El pibe ni se movía, estaba inconsciente. Esa noche, me dijeron que yo no servía porque no era violento. Es un círculo vicioso: drogas, alcohol, falta de controles, y así se abusan de quienes sólo necesitan trabajar."

Qué dice la ley 118

  • La ley 118, promulgada a fines de 1998 y reglamentada en 2002, establece requisitos para que los patovicas se inscriban como personas físicas en la Dirección General de Servicios de Seguridad Privada del gobierno local. Deben tener estudios primarios completos (prevé una prórroga de 10 meses para quienes brindaban seguridad antes de la sanción de la ley), deben ser mayores de 21 años, no tener antecedentes penales y presentar un certificado de aptitud psicofísico, con validez anual. Además, deben presentar un seguro de responsabilidad civil de 50.000 pesos.
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