Talentos en un país que no hace apuestas a la ciencia

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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23 de diciembre de 2018  

Una vez, en una reunión informal, el director de un instituto de la sociedad Max Planck, de Alemania (un conglomerado de 80 centros en los que investigan 4300 científicos y 11.000 becarios), observó: "Los doctorandos argentinos son todo lo que uno puede desear: llegás temprano al laboratorio y ya están allí; te vas a la noche y todavía siguen allí; ¡tienen hambre de hacer cosas! No como otros, que vienen con una pila de mapas pensando adónde se van a ir el fin de semana...".

Hace unos días, un ejecutivo argentino que gestiona proyectos de colaboración de una compañía internacional con grupos de investigación en América Latina comentó al pasar que, aunque le habían indicado que tenía que otorgar el 66% de su presupuesto a Brasil y el 33%, a la Argentina, finalmente está distribuyendo 50 y 50. Y no por favoritismo, sino por la notable competitividad de los científicos argentinos.

Son apenas dos notas de color, pero que podrían sumarse a decenas que sugieren lo mismo: por alguna razón difícil de desentrañar, ya que la mayor parte de su historia tuvo viento en contra, este país produce buenos científicos. Se distinguen en todo el mundo. Siete de ellos (el inmunólogo del Ibyme Gabriel Rabinovich; el bioquímico del Instituto Leloir Armando Parodi; Francisco de la Cruz, del Centro Atómico Bariloche; Alberto Frasch, biólogo de la Universidad de San Martín; Sandra Díaz, de la Universidad Nacional de Córdoba; el geólogo Víctor Ramos, de la UBA y el biólogo molecular Alberto Kornblihtt, de la UBA) integran la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, uno de los más altos honores a los que pueden aspirar.

De los seis profesores de la Escuela de Ciencias Naturales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde trabajó Einstein, dos son argentinos: Juan Martín Maldacena y Matías Zaldarriaga. El ranking SCImago, una evaluación que mide parámetros como la cantidad de investigaciones, la colaboración internacional y la tasa de publicación de 5000 organizaciones, considera al Conicet como el organismo gubernamental de ciencia más importante de la región.

Teniendo en cuenta los presupuestos inexistentes en términos internacionales y la burocracia kafkiana con la que deben lidiar, que algunos puedan encarar desde aquí proyectos experimentales en robótica e inteligencia artificial (dos de las áreas de punta que más interés despiertan en este momento entre las grandes potencias del mundo por su utilidad práctica, su potencialidad económica, su impacto social y la ventaja estratégica que otorgarán a los que dominen esas tecnologías), es verdaderamente un misterio insondable.

Esas neuronas "Fórmula 1", capaces tanto de diseñar una máquina que puede tomar decisiones autónomas, como de dilucidar los procesos que dan lugar a enfermedades, dominar la tecnología nuclear, desarrollar fármacos de última generación y otros productos patentables, de estudiar los impactos del cambio climático para que podamos prevenirlos o mitigarlos, de aprovechar las energías alternativas y crear nuevos puestos de trabajo son sin duda una de las más fantásticas riquezas con que contamos. Ya lo dijo Einstein en los años 40: "Los imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento, y solamente serán exitosos los pueblos que entiendan cómo generar conocimientos y cómo protegerlos; cómo buscar a los jóvenes que tengan la capacidad para hacerlo y asegurarse que se queden en el país. Los otros países se quedarán con litorales hermosos, con iglesias, minas, con una historia fantástica; pero probablemente no se queden ni con las mismas banderas, ni con las mismas fronteras, ni mucho menos con un éxito económico".

Por: Nora Bär
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