Temen en Santa Fe una nueva inundación

Se esperan lluvias, según el pronóstico
Evangelina Himitian
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12 de mayo de 2003  

A medida que avanzaba la tarde de ayer y el aire empezaba a ponerse eléctrico, como en el preludio de una gran tormenta, los santafecinos comenzaron a mirar el cielo con la desconfianza de quien acaba de despertarse de una pesadilla y no quiere volver a dormir para no soñar nuevamente lo mismo.

El agua bajó bastante en los barrios más afectados. Ayer ya casi no se veían embarcaciones circulando por las calles porque el calado no lo permitía. En los zanjones más profundos apenas superaba el metro y medio. Los vecinos aprovecharon que por fin el agua les quedó a la altura de las rodillas para separar lo poco que les servía.

Pero el pronóstico del Servicio Meteorológico Nacional vaticina que la lluvia regresará en las próximas horas: "El ingreso de una masa de aire húmedo en la región y el desplazamiento de perturbaciones en niveles medios de la atmósfera provocarían precipitaciones", no hoy ni mañana, pero sí durante esta semana.

Para los santafecinos es lo mismo que decirles que el agua no alcanzó a irse de sus casas y ya amenaza con volver. Ante un intimidante cielo gris muchos volvieron a poner las bolsas de arena en las puertas. Otros, directamente se resignaron. Sacaron lo que todavía les servía. Y a otra cosa.

No les importan las explicaciones oficiales. Que se cerraron las brechas, que se tomaron las medidas. Ellos no les creen. Porque la otra vez llegó el agua y nadie les avisó.

A Adriana Romero se le llenan los ojos de lágrimas cuando piensa que en cualquier momento puede empezar a llover. "¿Qué podemos hacer? ¿Poner bolsas? Si ya no nos quedó nada dentro de la casa", se lamenta.

No puede esconder el sentimiento de zozobra. "No quiero ni pensar en que tengamos que volver a pasar por lo mismo. Ahora estamos en la casa de mi cuñado, pero... ¿y si ahí también se inunda? Ver otra vez entrar el agua, tener que irnos... Si vuelve a llover, nos vamos a volver a inundar, porque quién les cree que hicieron bien los trabajos que dicen", pregunta desde la vereda de Primera Junta al 1200, a dos cuadras del hospital de niños que se inundó y todavía permanece cerrado y con gendarmes armados en el techo. Como la mayoría de los evacuados, Clorinda Strevich aprovechó para ir a elegir y tirar aquello de lo que la inundación la había despojado. "Hay que aprovechar antes de que caiga el sol o de que caiga otro aguacero", dice.

Los vecinos no acaban de depositar las parvas con despojos en las veredas, cuando una multitud de cartoneros se zambulle en los desechos en busca de aluminio, metales o quién sabe qué. Es una escena que se repite en toda la ciudad: chicos y grandes que aprovechan antes de que los camiones de las empresas recolectoras o las 50 unidades de la Dirección de Medio Ambiente o de la Prefectura alcancen a llevárselo. Ese es el panorama que luce la ciudad a medida que las aguas bajan. Incluso la Secretaría de Obras y Servicios Públicos convocó a los vecinos para que alquilaran sus camiones para limpiarla.

Confiar en la equivocación

Felipe Santoval se persigna cuando alguien menciona los pronósticos meteorológicos por venir. Y mira al cielo con resquemor. Un cielo gris que se ve más oscuro en el reflejo del agua ennegrecida que envuelve su casa. Cada tanto, sobre la superficie, emergen pequeñas burbujas. "Dicen que eso significa que va a llover... Esperemos que estén equivocados", aseguró en la puerta de su vivienda, en el barrio Santa Rosa, uno de los más afectados y por donde ayer ya no podía transitar una canoa sin encallarse. Amabelia Aguirre se saca los guantes de látex y el barbijo, y asegura que no va a regresar a su casa, en el barrio de Barranquitas, en por lo menos seis meses. "Vine para sacar toda la basura y llevarme lo poquísimo que pude rescatar. Algún juguete de plástico de los chicos y otras pavadas", asegura.

En el barrio Roma, María Angélica Santoro y Ricardo Nerer se apuran para subir una heladera y un lavarropas al segundo piso de la casa donde viven los padres de ella. "No sabemos si van a funcionar, pero tenemos miedo de que con las lluvias se venga otra crecida. Así que subimos todo y cuando alguna vez deje de llover y dejemos de inundarnos, podamos enterarnos de si se salvó el motor", dice María Angélica.

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