Cuando Julia Hill trepó los 60 metros que la separaban del suelo, pudo contemplar una postal inigualable del bosque, logró captar el aroma fresco de la flora, oír por unos instantes los sonidos tan particulares de la naturaleza y sentir la humedad propia de esa zona de California. Cuando miró hacia abajo, se paralizó por el vértigo y la única manera de esquivar ese miedo fue concentrarse en un punto fijo del árbol al que se había subido con una finalidad superadora y novedosa.