Tompkins, el mecenas de la naturaleza

Tras un pasado como exitoso empresario, decidió dedicar sus ahorros a conservar el medio ambiente
(0)
19 de abril de 2001  

Alguien podría pensar que este hombre, llamado Douglas, está loco. O que esconde sus verdaderas intenciones y, en realidad, se trae algo entre manos.

Pero no.

Basta hilar un poco más fino en los antecedentes del norteamericano Douglas Tompkins y entonces su extravagancia pasa a ser vista como algo que encaja en forma muy coherente con el personaje.

Porque este hombre, un célebre montañista y aventurero, en la cima de su fanatismo por la conservación del medioambiente, invierte millones en la compra de tierras vírgenes en la Argentina y Chile, para luego donarlas y convertirlas en parques nacionales.

Douglas Tompkins, casado con la ejecutiva Kristin McDivitt, ha hecho su fortuna como fundador de la firma de ropa e implementos de montañismo North Face (una reconocida multinacional) y de la marca de ropa deportiva Esprit, muy popular en los Estados Unidos.

"Pero un día, hacia 1990, me harté. Así que empecé a vender todo y compré tierras en el sur de Chile, donde fui a vivir con Kris", dice en una curiosa mezcla de dificultoso español con acento trasandino.

Claro que el cambio de vida de Tompkins no se trataba de un retiro para terminar la vida rodeado de montañas y lagos. No. El hombre quería convertir esas tierras en un parque nacional. Creó dos fundaciones conservacionistas -la Conservation Land Trust y la Foundation for Deep Ecology- y se lanzó al ruedo.

Para cuando los chilenos descubrieron al personaje, Tompkins ya era dueño de más de 200.000 hectáreas (que hoy ascienden a 310.000). Así, la angosta geografía del país vecino quedaba literalmente partida al medio por la franja adquirida por Douglas. Y empezó el escándalo.

"Nos acusaron de cosas tan delirantes como de que queríamos poner un basurero nuclear o formar un Estado judío. Nadie creía en lo que estaba haciendo -recuerda Tompkins-. Sin embargo, hubo algo positivo. Y fue que todo este problema generó un gran debate sobre la importancia de la conservación. La gente empezó a hablar de esto y eso es lo más importante.

-¿Cómo terminó la historia?

-Finalmente, en 1997 firmamos un protocolo con el gobierno chileno sobre los deberes del gobierno a propósito del proyecto y nuestros deberes también.Siempre tuvimos la idea de armar un parque público bajo iniciativa privada, algo totalmente nuevo.

-¿La idea es que, aunque aún sea privado, la gente puede visitarlo?

-Claro. De hecho la gente ya lo visita. Este verano, por ejemplo, pasaron por el parque casi 8000 visitantes que acamparon, caminaron por los senderos..., porque tenemos la infraestructura típica de cualquier parque nacional. De hecho, hay visitas que piensan que se trata de un parque nacional. Y en eso se convertirá en 15 o 20 años.

-Ustedes ya han comprado tierras en la Argentina, ¿también las convertirán en parques?

-Sí. Por empezar, tenemos un proyecto bastante grande en los Esteros del Iberá, en Corrientes. Allí compramos 110.000 hectáreas con la idea de hacer un parque nacional. También compramos una estancia de 15.000 hectáreas vecina al Parque Nacional Perito Moreno, en Santa Cruz, con la intención de ampliarlo. Este es un proyecto que, creo, podremos completar este año. Sucede que antes de donar las tierras nosotros ponemos ciertos condicionamientos que tienen que ver con la conservación. Y esto es lo que resulta más difícil de cumplir para Parques.

-¿Qué exigen?

-Nada raro. Queremos que, una vez donado, el terreno sea tratado por lo menos bajo las mismas condiciones que las del parque. En este caso, por ejemplo, no queremos que le construyan otro camino. Nuestro predio está en la parte más bonita y silvestre y no es necesario poner otro camino vehicular. Es, justamente, un lugar ideal para caminar y acampar. No queremos baqueanos a caballo sin control. No queremos perros salvajes que, junto con los estancieros, alguna vez ahuyentaron a los huemules del lugar. Nuestro deseo es reintroducir allí a los huemules, hoy en peligro de extinción. Que vuelvan.

-¿Qué otros proyectos tienen en la Argentina?

-Estamos trabajando con la Fundación Vida Silvestre. Compramos la Estancia Monte León, de 62.000 hectáreas, en las costas de Santa Cruz, con la idea de donarla en el transcurso del próximo año a Parques Nacionales y así crear el primer parque nacional costero en la Patagonia. Es muy excitante pensar en crear un parque nacional en 2001.

-¿Hay buena respuesta de Parques Nacionales?

-Sí, están muy entusiasmados.

-¿No teme que prometan cosas que después no puedan cumplir?

-Como muchas cosas en la vida, sé que las garantías son limitadas.

-¿Qué pasaría si, al tiempo de donar algún terreno, descubren que están mal cuidados.

-Bueno, en ese caso entraría en escena la Fundación Vida Silvestre. En realidad, nosotros les hacemos a ellos las donaciones. Y ellos son los que, luego, las donan a Parques Nacionales. Vida Silvestre está en mejor posición para controlar todo.

-¿Solamente tienen proyectos en la Patagonia y en Chile?

-Sí.

-¿Por qué eligió la Patagonia?

-Porque vine en 1961 y me enamoré al tiro..., a primera vista. Y la estoy recorriendo desde hace 40 años.

-¿Cuál es el límite? ¿Va a seguir comprando tierras?

-No sé... Hay una gran crisis de biodiversidad. Estamos perdiendo especies cada día, cada hora. Entonces, tenemos que tratar de elegir lugares estratégicos que nos permitan proteger una especie, un hábitat, un complejo de especies. Y ése es nuestro pequeño aporte, nuestro granito de arena. Luego, espero que haya algún cambio de mentalidad, de conciencia. Y un equilibrio entre la economía humana y el mundo natural.

-¿Es optimista en ese sentido?

-No muy optimista.

-¿Por qué?

-Tengo que ser realista: los esfuerzos de conservación en general están perdiendo terreno ante un progreso implacable de la economía global. Y encuentro poco inteligente el desarrollo en este sentido; este tipo de progreso, entre comillas.

-¿Qué políticas preferiría?

-Soy partidario de un localismo extremo..., radical. Producir algo localmente y venderlo localmente. Tratar de abastecer a la comunidad local el máximo posible. Una solución global, pero a partir de miles de soluciones locales. Pero hoy hay una manía, una obsesión de globalización, como si fuera el único modo de desarrollar la economía. Y esto va a crear y profundizar más la crisis ambiental y social.

Las multinacionales, además, están desplazando el poder de los gobiernos, y eso empeora el control del medioambiente. No estoy en contra del desarrollo. Pero quiero un desarrollo inteligente. Algo que, en este momento, tengo la sensación de que no está ocurriendo.

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.