Un domingo sin ballottage y hasta sin fútbol

Por Mariano Wullich De la Redacción de LA NACION
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19 de mayo de 2003  

La mañana no pudo comenzar con el match Menem v. Kirchner y, en su reemplazo, la televisión puso en pantalla la competencia entre otros dos argentinos: Guillermo Coria v. Agustín Calleri. Fue la final de tenis de Hamburgo, en la que ganó el primero después de tres sets corridos y dejando a su adversario sin ballottage.

Por otro canal, Michael Schumacher escapaba a 310 kilómetros por hora en Austria y se cortaba hacia la meta, igual que Néstor Kirchner en las encuestas de la semana pasada.

Como en todo el país, Buenos Aires no tuvo la segunda vuelta electoral y la gente volvió a su rutina. Muchos estuvieron en los shoppings o frente a la televisión, y a poco de hurgar se podía encontrar cierta frustración. "Sin boca de urna, no queda otra cosa que ver tenis", comentaba un parroquiano de un bar frente al Obelisco. "Y como si fuera poco... °nos dejaron sin fútbol!", se ofuscó.

Ocurre que no fue el domingo que se esperaba, porque no hubo urnas que recibieran votos. Las cajas quedaron guardadas, la segunda vuelta en la nada y la gente desanimada. La determinación tomada días atrás por el doctor Carlos Menem acabó con el día que debió ser. Entonces, al no haber elecciones, se frustró el principal programa del domingo y muchos quedaron sin reacción para encarar otras actividades, pero, principalmente, desanimados y frustrados por el día que no fue.

Los primeros fríos de este invierno se notaron aún más ayer, sin el amparo del calor que suelen traer las urnas, y la ciudad vivió en sus parques, pero pereció en el centro, sin el movimiento habitual que en los días de comicios muestran las calles.

Las puertas de los colegios quedaron cerradas y por las veredas de esos establecimientos sólo pasaba algún transeúnte errante, sin más programa que desandar esas arterias vacías y frías.

Para colmo, no hubo espacio para la pasión dominguera y casi ningún espectáculo deportivo tuvo tiempo para reponer la función, dejando a los persistentes hinchas con otra frustración.

Fueron dos Buenos Aires: la desolada y la que se reponía en bares, plazas y shoppings; la de las personas desanimadas y que discutían y la de las desentendidas.

La tarde ayudó con algo de sol y en la Recoleta se poblaron las mesas de las confiterías. En la barra de La Biela se encontró un puñado de esos hombres que se quedaron con las ganas y un par que los desafiaban. Alguien, con prosapia de abogado, intentaba explicar su posición y las cosas de la Constitución. Afirmaba que Néstor Kirchner debió haber cotejado con el tercero (Ricardo López Murphy) tras la renuncia de Menem.

Hablaba de la gobernabilidad, de las instituciones y de todo lo que se discutió esta semana, mientras a uno de sus interlocutores no le importaba nada, pedía otro Martini y le guiñaba un ojo al mozo para repetir a cada rato: "°Déjense de hablar pavadas, el Turco la hizo fenómeno. Mirá -decía a carcajadas-, gracias a él estamos "escabiando", si no, hoy era domingo de veda y vos ya estarías desesperado".

En la plaza Francia, los malabaristas juntaban monedas mientras un sujeto se llenaba la boca de alcohol para escupir fuego ante sus espectadores. Más allá, la gente alargaba la sobremesa en Lola, los cines funcionaban normalmente y por los monitores de la agencia hípica (Hipopotamus) se veían las carreras de Palermo.

Es que en el hipódromo estuvo concentrada la mayor actividad de Buenos Aires, porque en un domingo sin fútbol, los dirigentes tuvieron la velocidad para organizar una reunión de 13 carreras. Acertaron, porque en el circo de la Avenida del Libertador se reunieron unas 5000 personas.

"¿En que lugar vas a estar mejor que acá?", le preguntó un aficionado a otro a sabiendas de que la respuesta iba a ser del todo afirmativa, mejor dicho, cómplice.

El centro, desolado

Contrapuesta al colorido que se veía sobre la arena de Palermo estaba la avenida 9 de Julio. Cerca del Obelisco no había casi nadie y, entonces, el ancho de la gran calle mostraba como nunca los vestigios de una campaña electoral, en donde carteles sobre carteles se siguen tapando con leyendas ya sin sentido:

"Menem almeja. Se entierra con su propia lengua", decían unos afiches de color negro, mientras que aumentó la cantidad de obleas coloradas que le dedican un "fuiste".

En el hotel Presidente sólo quedaba una consigna policial y la gran bandera, pero el renunciante hace días que dejó su habitación. Triste era la imagen de una escultura tapizada de leyendas partidarias frente al gran Teatro Colón y de la que ya no se puede leer ni siquiera el nombre del autor.

La calle Corrientes, en el centro de Buenos Aires, quedaba desolada en la noche de un domingo que debió haber sido para la historia y que solo quedará en el recuerdo por un día frío al que le faltó ese calor que siempre traen las urnas.

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