Un hombre deprimido que pasa su tiempo escribiendo cartas

Carrascosa comió poco y durmió mal; ya sospechaba que no saldría en libertad Está en una celda solo No sale a los recreos y prefiere escribir Tiene poca ropa, recibe diariamente una vianda de comida y una esquela de una sobrina
Alejandra Rey
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17 de mayo de 2003  

Carlos Carrascosa sabía, anteanoche, que la posibilidad de recuperar la libertad se le escurría. Cuando a las 22.30 cerraron las rejas de las celdas y apagaron las luces faltaban 15 horas para que le notificaran la prisión preventiva y el hombre, acusado de haber matado a su mujer, María Marta García Belsunce, no ocultó su angustia en el cuadrado que habita solo en la DDI de San Isidro, donde está detenido.

Así informaron a LA NACION fuentes vinculadas con la causa. Los mismos voceros dijeron que el hombre durmió mal y poco, que ayer, como todas las mañanas, se despertó a las 7.30 y que sólo fue notificado sobre su sombrío futuro al mediodía por sus abogados, José Licinio Scelzi y Marcelo Nardi. A los letrados les llevó pocos minutos la entrevista con su cliente. Quizá porque todos sabían que la libertad había quedado muy lejos.

¿Cómo vive Carlos Carrascosa hoy? Como cualquiera de los 42 presos alojados en la DDI, donde la capacidad, en rigor, es sólo para 22 detenidos. ¿Por qué entonces está en una celda solo, aunque pequeña, húmeda y fría? Una fuente con acceso al expediente lo explicó sin rodeos: "Los presos de acá no son carmelitas descalzas".

Y agregó: "Es un hombre grande, los demás son más jóvenes, entonces no hay demasiado para compartir. Hay otro preso mayor, pero no se dan bolilla".

Esa misma fuente dijo ayer a LA NACION que anteanoche Carrascosa confesó a uno de los imaginarias de la DDI que el juez Diego Barroetaveña iba a ser duro con él. O, como diría más tarde el guardiacárcel a otro compañero: "Sabían que le iban a dar la pepa", preventiva, en el argot carcelario.

Carlos Carrascosa está deprimido. Quienes lo ven a diario dicen que es notable el deterioro del viudo desde que ingresó en la cárcel y que, aunque cumple con todo lo que se le pide, toma una distancia enorme de los demás presos.

Por ejemplo: las puertas de las celdas se abren a las 7.30 y todos salen a un patio interior a fumar, caminar, hacer gimnasia, conversar o tomar mates. Todos menos el viudo. El prefiere la poca intimidad que le da su celda –que está separada de la de al lado por rejas–, donde escribe y escribe.

Ayer, luego de escuchar de boca de Scelzi el fallo del juez, se quedó solo, no lloró y siguió con la afición que despuntó estando preso: escribir.

También ayer, como todos los días, recibió la vianda de comida –generalmente sandwiches o empanadas– de manos –en sentido figurado porque se dejan en la mesa de entrada del penal– de un amigo alto y muy flaco que nunca dejó de ir, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuál es su nombre.

Se cuida en las comidas

Pero anteanoche no probó bocado. "Come poco, parece que se cuida. A los otros presos que les traen comida se la acercan a la mañana y a la tarde. Pero él sólo recibe la del mediodía. La ración que no come se la reparten entre los presos", dijo una alta fuente con acceso al expediente.

Ayer, Carlos Carrascosa no se bañó. Lo que es frecuente en este hombre pulcro que prefiere evitar las duchas colectivas. Sí recibió, como siempre, una esquela de su sobrina que, igual, no fue contestada.

Porque el intercambio epistolar es uno de los pilares de la salud mental de Carrascosa: en el estudio de Scelzi hay dos biblioratos con las 400 cartas que el viudo escribió desde que está preso, especialmente a su suegro, Horacio García Belsunce padre.

Según los testimonios familiares y de los parientes de los detenidos, Carrascosa es un hombre reservado, que tiene poca ropa en su celda. Y aprovechan para comparar. "Es distinto de Horacio Conzi, que cuando estaba acá pedía el traje de seda negra cuando lo llevan a hacer una pericia psiquiátrica o el de alpaca cuando lo visitaba tal o cual persona."

Carrascosa, dicen, no tiene los hábitos de otros presos, que imploran pastillas para dormir. El viudo no toma ni analgésicos y sólo cambia el rictus los días jueves, cuando lo visitan, cristal de por medio y a través de un teléfono, Horacio García Belsunce (h.), Irene Hurtig, su hermana y su sobrina.

Silencio absoluto

Esos mismos familiares, que según todas las fuentes apostaban a la libertad de Carrascosa y se preparaban para defenderlo públicamente, ayer no atendieron las llamadas y los mensajes que les dejó LA NACION.

Estuvieron juntos, pero recluidos discutiendo el futuro del preso, que en breve será trasladado a un penal común, donde su vida de escribiente podría sufrir alteraciones.

"No te digo que acá sea un rey, pero nadie lo molesta. Y cuando se ponen pesados los separamos porque se ve que es un hombre que ha vivido bien y no entiende nada de la vida carcelaria", dijo una fuente policial.

Otro cantar fue la noticia de la prisión preventiva de Carrascosa en el country Carmel. Varias fuentes consultadas juraron a LA NACION que el vecindario esperaba no sólo la libertad de Carrascosa, sino también la simultánea preventiva de Nicolás Pachelo, el favorito para las familias del country.

Pero el juez, citando a William Shakespeare, bajó el pulgar en contra del viudo.

Hamlet y los espectros

El juez de garantías de San Isidro Diego Barroetaveña es afecto a la literatura. El magistrado ya había glosado al personaje Sherlock Holmes de sir Arthur Conan Doyle en el escrito donde avalaba el pedido de detención de Carlos Carrascosa realizado por el fiscal de Pilar Diego Molina Pico.

Ahora dedicó una carilla y media de las 21 de la prisión preventiva a una cita de "Hamlet", de William Shakespeare, donde el espectro del padre del protagonista le revela que no murió accidentalmente, sino asesinado por su tío para quedarse con el trono de Dinamarca y el amor de su madre.

"María Marta García Belsunce de Carrascosa no tuvo un hijo a quien pudiera confiarle el misterioso suceso", dijo el juez, y continuó: "Tampoco confió, por lo menos hasta ahora, a algún otro familiar lo que ahí ocurrió". El juez escribió: "No tenemos un Hamlet, tal como lo pensó Shakespeare, que nos revele lo sucedido, pero no se piense tampoco que será en este estadio procesal en el que obtendremos la verdad apodíctica".

Ayer, José Licinio Scelzi, abogado de Carrascosa, retrucó con otra figura literaria: "Tal vez la Justicia es como la luz del amanecer, hay que darle tiempo para que vaya dibujando los colores y las formas".

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