Un trasplante que aún no se concretó

Adolfo Rodríguez, de ocho años, necesita un pulmón y un corazón; se quedó sin hogar
Evangelina Himitian
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15 de mayo de 2003  

SANTA FE.- El miércoles 30 del mes último, Adolfo Rodríguez, de ocho años, tendría que haber viajado a Buenos Aires para atenderse en la Fundación Favaloro. Desde hace un año está en la lista de espera del Incucai aguardando un trasplante cardiopulmonar para seguir viviendo. Pero no pudo llegar. El día anterior, la casa en la que vivía quedó sepultada bajo el agua y el fango. Apenas le dio tiempo a su mamá para sacarlos a él y a sus cuatro hermanitos y subirlos al dúplex de un vecino. El agua se llevó su tubo de oxígeno, su mochila auxiliar que le permite ir de un lugar a otro, sus medicamentos, su ropa, el saturómetro. Y lo dejó sin hogar.

Ahora vive en el centro de evacuados que funciona en la escuela Almirante Brown, que aloja a unas 400 personas que perdieron su casa.

Los médicos de Adolfo aseguran que allí corre riesgos sanitarios. "Un simple resfrío podría complicar su situación e impedir que se lo pueda trasplantar. Aunque en el centro está muy bien atendido, allí hay casos de hepatitis. Necesita trasladarse lo antes posible a una casa y correr menos riesgos que el resto de la población", asegura el médico del chico, Fernando Redondo.

Adolfo tiene una cardiopatía congénita severa, cianótica, por la cual se pone azul y necesita constantemente oxígeno. Para dormir, depende de la conexión a un respirador.

El día después de la inundación se descompensó, entre otras cosas, por el shock que le produjo lo que había vivido. Y tuvieron que internarlo en el Sanatorio Mayo. Pero cuando fue dado de alta, fue a vivir a un aula del centro de evacuados. Está aislado del resto para evitar una recaída. Según explica Sandra, la mamá, la disposición de un corazón y un pulmón no es muy frecuente, y él tiene que estar siempre preparado para viajar.

Sin salida

Hace cinco días, Sandra regresó a su casa. Con alguna esperanza de poder volver a vivir allí. El agua había bajado, es verdad, pero el olor a humedad era insoportable. Y las paredes estaban cubiertas de verdín. No podrá instalarse ahí en por lo menos cinco meses. Principalmente, porque la humedad podría ser muy dañina para Adolfo. "Nos gustaría que alguien nos preste una casa, o que nos faciliten las cosas para alquilar una, porque podríamos pagar algo accesible, ya que mi marido tiene trabajo. Pero el problema es que perdimos todo. No tenemos garantías", asegura Sandra.

Voceros del Incucai, consultados por LA NACION, dijeron que es indispensable que el chico esté en un ámbito seguro para su salud. También iniciaron gestiones con la sede de esa entidad en Santa Fe para que se asista en todo lo necesario a la familia.

Adolfo es una figura popular en el centro de evacuados. A la tarde, le gusta participar del taller de costura y tejido que hay en el colegio para que quienes perdieron el techo puedan abocarse a una actividad productiva.

Ayer luchaba con una madeja de lana para forrar un círculo de cartón y convertirlo en un adorno para su casa. "Yo estuve en el escenario con León", dice Adolfo, y sus grandes ojos negros brillan con picardía. Anteayer, Víctor Heredia y León Gieco los visitaron en el centro y dieron un recital.

Se lo ve de buen ánimo. Tiene todos los medicamentos que le provee la obra social del papá, que trabaja en la Municipalidad local. Pero necesita una casa. Y un trasplante.

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