Un votante cada vez más sofisticado que reparte el poder

Jorge Liotti
Jorge Liotti LA NACION
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8 de diciembre de 2019  

La radiografía del votante argentino al terminar las primeras dos décadas del segundo milenio exhibe una profunda tensión entre variables estructurales de carácter local y variables dinámicas de carácter global. Las primeras parecen predictivas y permiten en ocasiones acercarse bastante al comportamiento electoral del ciudadano. Las segundas, en cambio, parecen reactivas y lo dotan de un grado de imprevisibilidad. La resolución de esa tensión entre aspectos estructurales y factores eventuales es la que explica las oscilaciones en los resultados de los comicios desde 2011 hasta la actualidad, pese a que la situación económica no tuvo en todo ese período ningún repunte significativo.

Las variables estructurales locales han ido sedimentando a lo largo de los años y han determinado una polarización muy marcada, que hoy encarnan el kirchnerismo peronizado, por un lado, y el macrismo envasado en Cambiemos, por el otro, aunque en otros tiempos tuvieron representaciones diferentes, como PJ versus UCR.

En la actualidad existe un eje troncal de diferenciación que se corresponde con tres vectores principales: edad, situación económica y ubicación geográfica. Un trabajo de la Universidad de San Andrés realizado poco antes de las últimas elecciones remarcó que el 59% de los que tienen más de 70 años aprueban el gobierno de Cambiemos, pero solo lo hacen el 22% de los millennials. Así se entiende el énfasis puesto por el oficialismo saliente entre las PASO y las elecciones generales para que fueran a las urnas los adultos mayores, que son sus votantes más fieles.

Horacio Rodríguez Larreta incluso montó un operativo especial para ayudarlos a concurrir a las escuelas el 27 de octubre. Anida en este sector etario una valoración más alta de los aspectos institucionales que Macri encarna, así como un cierto cansancio de un peronismo que acompañó, con distintos ropajes, diferentes momentos de sus vidas.

El electorado argentino se ha vuelto más sofisticado de lo que parece. Ya no está tan dispuesto a conceder atribuciones totales. Reparte el poder. Al ganador lo votó el 48%, pero el perdedor cosechó el 40%

Este factor opera en sintonía con el segundo, que es la situación socioeconómica. Según el trabajo de San Andrés, en el segmento ABC1, la gestión de Macri tiene el apoyo del 57%, aunque en la clase baja es solo del 25%. Más allá del esfuerzo del gobierno de Cambiemos por mantener políticas sociales activas, en el imaginario colectivo nunca pudo romper el concepto de que se trató de una gestión que favoreció a los más ricos, mientras que el peronismo se quedó con el favoritismo de los sectores más humildes, en muchos casos más por inercia histórica y cultural que por razones objetivas.

Un Big Bang social

La reciente elección se definió en el pobre conurbano bonaerense, donde Alberto Fernández le sacó 1,6 de los 2 millones de votos totales por los que se impuso a Macri. Según el jesuita Rodrigo Zarazaga, "los segmentos de votantes se pueden identificar claramente entre quienes viven en las villas y quienes están en otras zonas; entre quienes trabajan en la formalidad y quienes son trabajadores informales, y entre quienes reciben planes sociales y quienes deben solventarlos. Sufrimos un Big Bang social y vivimos en galaxias que se van separando".

El tercer vector estructural lo aporta la localización geográfica: Macri es apoyado esencialmente en la franja central del país vinculada a la producción agropecuaria y una mirada aperturista de la economía, mientras que en el norte más pobre, en el sur estancado y en las zonas suburbanas cosecha altos grados de rechazo, en especial en el cordón que rodea a la Capital Federal. El resultado de las últimas elecciones lo graficó claramente: una franja amarilla recorrió transversalmente el mapa, desde Mendoza hasta el interior de Buenos Aires y la Capital Federal, pasando por San Luis, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, mientras que el resto del país apoyó a Fernández.

Alejandro Katz entiende que el cruce de estas variables estructurales muestra "dos países cada vez más distanciados, no solo por lo que representan hoy, sino como proyectos de sociedad, como formas de imaginar el futuro, como estructura de producción simbólica".

Estas variables locales permiten identificar con bastante nitidez a dos tercios de los votantes, que se definen en gran medida por estos lineamientos: un tercio anclado en el kirchnerismo peronista y otro tercio, en el rechazo a esa visión.

Sobre estos factores estructurales locales actúan variables dinámicas menos previsibles, que tienen relación con fenómenos globales. Las sociedades digitales del presente se han vuelto más autónomas, interconectadas y demandantes. Esto las torna muchas veces impredecibles y volátiles; un verdadero dolor de cabeza para encuestadores y analistas, que se han quedado con instrumentales de medición arcaicos. El humor social puede variar de forma imprevista por factores sutiles, activarse con efecto retroactivo por una decisión inoportuna. En Chile, una suba del pasaje del subte terminó con las protestas más importantes en la historia del país, un cuestionamiento a 30 años de ordenamiento pospinochetista y una reforma constitucional. En El Líbano, la creación de un impuesto a los mensajes por WhatsApp dejó al primer ministro Saad al Hariri fuera del poder. Hay una tendencia cada vez más recurrente, a nivel mundial, a responder a un clima circunstancial que puede detonar demandas acumuladas o malestares pasajeros.

En la Argentina, estas variables operan esencialmente en el tercio restante de los votantes, los que definen las elecciones y los que oscilan de acuerdo con movimientos más coyunturales. Son los sensibilizados que le dieron el histórico 54% a Cristina Kirchner en 2011, y que dos años después le cortaron el camino a la re-reelección con Sergio Massa; son los agotados que castigaron al peronismo en 2015 y que en 2017 revalidaron su respaldo a Macri, pero que en octubre ratificaron su desencanto con Juntos por el Cambio. Son los mismos que se preparan para observar con atención los pasos de Fernández y están dispuestos a sancionarlo si no cumple sus promesas.

El electorado argentino se ha vuelto más sofisticado de lo que parece. Ya no está tan dispuesto a conceder atribuciones totales. Reparte el poder. Al ganador lo votó el 48%, pero el perdedor cosechó el 40%. El Congreso se quedó sin hegemonías y en algunas provincias hubo resultados disímiles cuando se eligió al gobernador y cuando se eligió presidente. Operan allí las tensiones de un votante que está en una encrucijada irresuelta. Como la Argentina.

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