Una práctica prisionera de la moda

Manuel Sarrabayrouse
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8 de agosto de 2014  

Cuando entendemos la belleza como algo que agrada a nuestros sentidos sin esfuerzo alguno, tenemos que reconocer que ante ella el observador se emociona sin poder dejar de mirarla. El siglo de la esbeltez empezó en 1908, cuando Paul Poiret introdujo en Francia su estilo tubular y rechazó las figuras voluptuosas con caderas y pechos exagerados que marcaron la época victoriana. Así apareció la mujer elegante, de miembros alargados, figura delgada y piernas descubiertas.

En el siglo XX, incluso durante la Gran Depresión, el ideal de la delgadez se acentuó y continuó eliminando las curvas lujuriosas y la moda de épocas anteriores. La ropa y los cuerpos masculinizados y atléticos encajaban con la igualdad y la libertad sexual que ya empezaba a surgir.

El concepto burgués del cuerpo dejaba de ser señal de solidez y respetabilidad para pasar a ser signo de exceso y falta de disciplina personal. La delgadez pasó a ser marca de las elites sociales y la gordura, de las clases bajas. El nuevo paradigma de esta caprichosa moda surgió en los años 60 con la figura de Twiggy, modelo inglesa que con 1,71 m de altura y 44 kg de peso, sería considerada hoy esquelética.

En los 80, con la llegada de los ejercicios aeróbicos, Jane Fonda y otras consiguieron influenciar a la mujer resaltando la forma del cuerpo con músculos que hasta entonces nunca habían definido esa figura. Además, la desnudez que traslucía la vestimenta adherida daba a la mujer un aspecto de mayor atractivo y sensualidad.

La cirugía estética que requieren hoy millones de mujeres consigue a través de un bisturí cincelar el cuerpo como lo hicieron antes artistas y escultores destacados. La idiosincrasia actual es la de una mujer liberada, llena de energía, fuerte e independiente. Todo cirujano plástico debería perseguir el ideal de alcanzar la belleza destacando la naturalidad.

La sobreactuación es en esta especialidad un factor de reflexión y respeto al ser humano. Todos contemplamos nuestros rostros y cuerpos con algo de narcisismo. Es saludable. Si se logra crecer junto a los cambios que se producen con el paso de los años el ego queda satisfecho y recurrir al cirujano no será necesario.

El autor es jefe honorario del servicio de Cirugía Plástica y Estética del Hospital Italiano de Buenos Aires.

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