Unidos por el afecto, no por el espanto

Miguel Espeche
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21 de agosto de 2014  

Mientras que el amor gravita, atrae y se despliega por sí mismo con sutiles reglas que tienen a la confianza como instrumento eficaz, el espanto pretende ser solucionado con control y dominación.

Ese afán de control que viven muchas parejas, en particular, jóvenes, surge de la creencia de que, si no se lo amarra a la fuerza, todo vínculo desaparece por causa de una inescrutable tiranía de las emociones, que vienen y van como el viento, pero sin ancla.

Ante este tipo de creencias ligadas al ya conocido "amor líquido", se entiende por qué son varios los autores que hablan del miedo como el enemigo del amor, ya que ese mismo miedo es el que, en las parejas, se transforma en ideas fijas de celos, afán de control del otro, sobreactuación amorosa a través de violencia que se pretende pasión (cuando no lo es) y un solapado temor a que todo afecto desaparezca una mañana, así como vino, en clave de angustioso capricho o desgarradora traición.

Tanta volatilidad permite entender por qué tantos apuestan a evitar la pena, controlando, celando, para que algo de lo permanente exista, aunque sea, a la fuerza.

No existe una didáctica de la confianza, pero sí hay una recurrente pedagogía respecto de la desconfianza como remedio para evitar toda pena de amor. "La confianza mata al hombre", se dice desde hace mucho, a la vez que se machaca en las traiciones y abandonos, generando una noción desangelada de la realidad amorosa, presa de los vaivenes del estado de ánimo.

A la vez, a la hora de hablar de sexualidad se habla de "protección", dejando entrever que el "otro" es peligroso, favoreciendo con este concepto, que se cuela sin filtro en el discurso, la aparente liviandad "protegida" de las relaciones, más allá de que esa liviandad, a la larga, termine pesando en clave de soledad.

Mejor es agregarle inteligencia y madurez a la confianza que los afectos requieren que pasarse al bando de los desconfiados controladores, que no se dan cuenta de que si una pareja sobrevive como tal a fuerza de detectives, persecuciones o encierros ya no es una pareja, porque se torna territorio de batalla y no tierra fecunda para el despliegue de una relación.

Los jóvenes deberán entender que la violencia del control y del dominio no es pasión sino que es signo de su ausencia. Esto es así porque la pasión tiene la posibilidad de ir madurando hacia una mayor intimidad, y no se derrocha en golpes o escenas que suelen ser ceremonias posesivas en las que el egoísmo se disfraza de amor.

Apuntar entonces a una pedagogía del encuentro que permita querer más y mejor mejora los amores, mientras que generar barreras o cárceles de celos y control asfixia los mejores sueños de juventud, transformándolos en pesadillas.

El autor es psicólogo especialista en vínculos y salud mental comunitaria

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