Verdades y mentiras del Metrobús

Pablo Tomino
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6 de junio de 2011  • 20:01

El estreno del Metrobús porteño es, a todas luces, una valiosa iniciativa, pero por más beneficios que haya traído en la reducción de los tiempos de viaje en colectivo para unir Palermo con Liniers, no deja de ser un sistema todavía en etapa experimental.

El Metrobús funciona en más de 150 ciudades del mundo como aceitado engranaje. Es conocido como Bus Rapid Transit (BRT) y se caracteriza por un colectivo público troncal que se moviliza en vías exclusivas, y con boletos que pueden comprarse en cada una de sus estaciones. Este único ticket, incluso, hasta puede utilizarse para combinar con otros colectivos para llegar a destino, como ocurre en Curitiba, Brasil.

Característica que, por ahora, es ajena al sistema estrenado en la Capital. Y que para lograrlo en Buenos Aires, como parte de una política de transporte, deberían ponerse de acuerdo el gobierno nacional, que tiene control sobre el servicio y el recorrido de todas las líneas de colectivos, trenes y subte, y el porteño, con jurisdicción sobre la infraestructura vial. Casi una utopía en tiempos eleccionarios… y no eleccionarios.

Pues bien, el Metrobús porteño hoy se sintetiza en una oportuna y bien recibida obra urbana: se repavimentó la avenida Juan B. Justo; se dispuso allí de dos carriles centrales para uso exclusivo de dos líneas de colectivos -entre otras que lo utilizan en algunos sectores del recorrido-, y se construyeron 21 estaciones cada cuatro cuadras, que son utilizadas por unos 100.000 pasajeros por día. Si hasta creció un 10% su uso desde su puesta en funcionamiento, según las propias empresas de colectivos.

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Esta sola modificación, pese a sus limitaciones que todavía tiene, vaya si le trajo beneficios al habitual pasajero de las líneas 166 y 34: acortaron su tiempo de viaje de 50 minutos a poco más de 30. No es poca cosa frente a un tránsito porteño con merecido título de caótico. Hay más puntos a favor: el sistema también es beneficioso para el medio ambiente, ya que se logra una menor contaminación porque los colectivos arrancan y frenan en menos ocasiones.

Como carencias del Metrobús porteño se apuntará que los boletos para abordarlo pueden adquirirse sólo en las cabeceras o bien en el mismo colectivo. Cuestión que demora más el ingreso de los pasajeros al ómnibus, pero que se concretaría en un futuro. Y en menor grado de importancia, se dirá que las unidades no están identificadas con un único color, como se pensó en un principio, pero luego se desestimó por el apuro de estrenarlo. Además, funciona con muy pocos ómnibus articulados con mayor capacidad para transportar gente.

Tal vez el Metrobús porteño no represente hoy una mejora sustancial en el transporte público de toda la ciudad. Es cierto. Sin embargo, los 100 millones de pesos invertidos en repavimentación, construcción de estaciones, carteles y semáforos, trajo muchos beneficios para los 100.000 usuarios que transitan por el corredor de la avenida Juan B. Justo. Y muy probablemente se replique en otras arterias de la Capital.

Claro, todavía requiere de algo importante para que este tipo de iniciativas cobren mayor sentido y sean funcionales a la hora de pensar en un transporte público integral para una gran urbe como Buenos Aires: el gobierno nacional no da señales de pensar en políticas efectivas que beneficien a los usuarios de trenes, subtes y colectivos.. Hasta ahora, es la gran deuda que tiene con la sociedad, condenada a viajar mal desde hace mucho tiempo.

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