Ya hay doce muertos y más de 150.000 damnificados

Al desborde furioso del río Salado se sumó ayer la amenaza de la crecida del Paraná
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2 de mayo de 2003  

SANTA FE.- El agua comienza a bajar poco a poco, pero la tragedia alcanza su punto más alto. Ya son doce las personas encontradas muertas. Hipotermia, asfixia, shock seguido de infarto. Víctimas de la furia del río Salado. Ese que no le dio tiempo a un matrimonio de gente mayor. Los atrapó en su casa.

Tampoco a un hombre que quiso huir, saltó de un techo al otro y cayó al agua. Menos a una chiquita de un año y medio que, empapada, murió de frío.

Desesperados. Ahogados. No todos saben nadar. No tendrían por qué. Viven en una ciudad que no conocía embate semejante. Más de 150.000 afectados, 29.000 evacuados y 90.000 autoevacuados, y pérdidas que, según estimaciones del Comité de Crisis del gobierno provincial, superan los 200 millones de dólares.

Y se suma la amenaza del río Paraná, que en las últimas horas aumentó su caudal. El jefe de la Prefectura de Santa Fe, prefecto principal Raúl Lezana, ya dio el alerta. Las lluvias en Corrientes y en Paraná hicieron que el río creciera a 5,29 metros y, de seguir subiendo, pondría nuevamente en jaque a esta ciudad.

Aquí todo es confusión. Tristeza, nervios, peleas, reclamos. Peligro de epidemia. Centros de evacuados que no dan abasto. Ayuda que llega de a poco. Barrios enteros inundados. Con dos y hasta tres metros de agua. Gente que camina zambullida hasta la cintura; otros que se quedan en sus casas. Sin luz. Sin agua. Botes y lanchas que van y vienen. Rescatan gente.

Carteles que asoman de las ventanas. Piden comida, que se la alcancen. No quieren irse. Tienen miedo de que les roben lo poco que el agua pudo no haber arruinado. E insisten. No hay forma de convencerlos de que es peligroso. Saben que no pocos esperan que se vayan para salir a saquear. También saben quiénes son. Los conocen. Ricardo Piglia, voluntario, apunta a una precaria canoa con dos jóvenes que reman y reman en busca de Dios sabe qué.

"Son unos malandras -dice-. Uno hace todo para ayudarlos y ellos hacen todo para arruinarlos." Los efectivos de la Gendarmería asienten con la cabeza: "Es un problema muy difícil de manejar". La policía, atenta a esa situación, prohibió la navegación de noche.

El agua ya se retiró del casco histórico de la ciudad, donde había llegado anteayer. Los especialistas del Instituto Provincial del Agua estiman que en algunas zonas ya bajó alrededor de un metro. "La situación sigue siendo muy complicada para los pobladores. Pero hace 24 horas que no llueve y el nivel descendió tras la voladura de tres terraplenes. Tenemos 115 centros oficiales de evacuados y muchísimas personas se han ido a casas de amigos o familiares", dijo Carlos López Cortés, vocero del Ministerio de Gobierno de Santa Fe.

La policía no descarta que a medida que el río comience a escurrir aumente la lista de personas muertas, porque cada vez hay más reportes de desaparecidos. Fuentes de esa dependencia informaron que las víctimas mortales son, hasta ahora, Carlos Carpes (59), Angel Gramajo (92), Julia Peirano (72), Amalia Oliva (63), Dora Benítez (85), María Chamorro de Turín, Priscila Andino (1), Leticia de Lula (68) y tres hombres y un bebe de 21 días, que aún no fueron identificados.

Bronca y más bronca

En los centros de evacuados hay bronca y más bronca. La gente no admite las explicaciones del gobernador de la provincia, Carlos Reutemann, que habla de un registro que superó los 500 milímetros, de una catástrofe.

Saben que están mandando alimentos y abrigo, pero ellos aún no los ven. De hecho, las Fuerzas Armadas trajeron ayer ayuda desde Buenos Aires. "No tenemos comida, esto es un desorden fenomenal. Tuve que dejar mi casa y no tengo nada. Estoy desesperado", dijo Alberto González, padre de dos chicos de 4 y 10 años.

Es la falta de previsión lo que llevó a esta situación caótica, según Rubén Farías, especialista en emergentología del Hospital Italiano de esta ciudad: "Esto es calamitoso. Están desbordados. Hay que prever que una cosa así pueda pasar, aunque nunca haya pasado. No es excusa. Es increíble que se haya esperado hasta que el agua entró en el Hospital de Niños para desalojarlo".

Pero Santa Fe no es la única ciudad devastada. Recreo, a sólo 20 kilómetros de aquí, desapareció, y Candioti, Nelson, Llambi Campbell, Iriondo, Manucho, Esperanza, Progreso y Santo Domingo, todas situadas cerca del río Salado, están muy complicadas. Se perdieron cultivos de soja y maíz y la actividad lechera está parada.

Caudal y velocidad. Dos factores que la correntada supo explotar para arrasar con todo y en pocos minutos. Para encontrar gente desprevenida. No hubo defensas que valiesen. No contra la furia de un río desbordado que recorría calles en busca de una salida que no pudo encontrar. Todo fue en vano. Nada pudo con él. A la vera del río Salado, la ciudad se comportó como una palangana, explican en la Prefectura. Santa Fe está rodeada de murallones de ocho metros de altura. Es su arma contra las crecidas, dijeron, pero esta vez les jugó en contra.

El agua saltó las defensas y quedó estancada. Es por eso que el Ejército dinamitó tres terraplenes de 2,5 metros de alto en la circunvalación, a metros del puente carretero que lleva a Santo Tomé. La idea fue que el agua escurriera desde allí hacia el río Paraná. Y dio resultado.

Pero los barrios Centenario y Fonavi siguen bajo el agua. Sólo se puede acceder a ellos en bote. Los que entran y salen están entregados. Con el agua hasta la cintura. Dicen que llega un momento en que los pies ya no se sienten. Más adentro es imposible seguir si no es con una embarcación. Y lo que se ve es impresionante. Azoteas, techos de chapa, copas de árboles, antenas de televisión, cables de postes de luz. Todo al ras del agua.

Las bocacalles devuelven una imagen casi surrealista. Como la de Juan José Paso y Gobernador Freyre. El bulevar no se acaba y sólo sabe de agua. Sólo el techo de las casas devuelve a la realidad. Dice que en este cuadro hay algo fuera de lugar.

Y ahí está la gente que resiste. Son los que viven en pisos a los que el agua no alcanzó. Están apostados en ventanas, terrazas o balcones. "No quiero ni puedo bajar. Estoy en el tercer piso y no voy a saltar dos metros para tirarme al agua. Necesito que me alcancen comida y algo para tomar", gritaba Mariela Alonso desde una ventana de un monoblock. El olor a gas se apoderaba del aire mientras un grupo de buzos de la Prefectura intentaba tapar un caño roto en la planta baja del edificio.

El recuerdo de El Saladero

Enfrente está la cancha del Club Atlético Colón. Vuelve el recuerdo de aquella inundación que le dio el nombre de El Sabalero. Allá por el año treinta y pico, dijo Juan Pedranzoni, un hombre que perdió todo, salvo un bote que usa para rescatar gente. En aquella oportunidad, contó, el estadio se llenó de agua de una laguna y los vecinos iban a pescar sábalos. Hoy no es diferente. Apenas se ven los arcos y las gradas sólo contienen agua.

La imagen es desoladora. Guillermo Carlos Villa no quiere ni acordarse. Ahora está en un centro de evacuados de Santo Tomé, a 20 kilómetros de Santa Fe. Quiso salvar sus cosas y apenas si pudo salvar a su familia. Intenta repasar cómo ocurrió... el agua empezó a colarse por la puerta y él subió sus cosas a la cama. Después vio que no alcanzaba y lo puso a la mesa, de ahí pasó a un mueble más alto y luego al placard. Finalmente las llevó a lo de su cuñado, en el segundo piso. Y tampoco alcanzó. Llegó a sacar a sus hijos y su mujer: "Perdí todo, todo. Y ni siquiera tengo trabajo. No sé qué voy a hacer".

Guillermo no piensa en la reconstrucción, como tantos otros. No por ahora. Dice que no puede. Está shockeado. Sólo mira para atrás. Y no ve nada.

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