Ya los hemos aplaudido; ahora tenemos que imitarlos

Luciano Román
Luciano Román PARA LA NACION
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27 de abril de 2020  • 00:00

En medio de la incertidumbre y de la angustia, hay algo de lo que nos podemos sentirnos orgullosos. Es el compromiso, el coraje, la solidaridad y la dignidad de los que hacen algo simple y heroico al mismo tiempo: cumplir con su deber.

Sentimos orgullo por nuestros médicos y nuestros científicos. Reconforta esta valorización de las voces autorizadas, serenas y de buen calado, que contrastan con la estridencia de un bullicio insustancial al que casi nos habíamos acostumbrado en la televisión y en las redes. Pero sentimos orgullo, además, por un ejemplo que viene de abajo hacia arriba: el que dan los enfermeros, los cajeros y repositores de supermercados, los ambulancieros, transportistas, recolectores de residuos, policías, soldados y bomberos; los farmacéuticos, los voluntarios y los operadores telefónicos.

Entre las cosas positivas que podemos rescatar en medio de la pandemia (que las hay, a pesar de todo), figura esta valorización del servidor público, del que pone el cuerpo y se juega el pellejo para sostener esa red que nos contiene. Hubiera sido bueno (y esperable) que pudiéramos incluir en esta lista (como todas, incompleta) a los jueces, a los senadores y a los banqueros. No podemos.

Sí debemos decirle gracias a la escuela, que ha dado más la talla que los bancos y los tribunales. Con menos recursos, con salarios postergados, con herramientas más precarias y hasta con más excusas para el cansancio y la desmoralización, la escuela –que no es una abstracción, son sus docentes, sus directivos, sus alumnos– ha sido más responsable, más ágil y creativa que la Justicia. Los magistrados (al menos los federales y los bonaerenses) se han refugiado en una parálisis morosa e inexplicable, de la que solo se despabilan para disponer algunas arbitrariedades espasmódicas, más propias de un defensorismo militante que de una Justicia ecuánime. Las aulas se han vuelto virtuales para sostener la enseñanza, a diferencia de los bancos y las bancas, de los juzgados y las cortes, que se han declarado "servicios prescindibles" y han desertado sin medir los costos.

La del servicio público es una vocación bastardeada en la Argentina: mal paga, poco reconocida, agredida, "ninguneada". Hoy deberíamos disculparnos, sacarnos el sombrero y ejercer la gratitud con aquellos que ocupan la base de la pirámide.

Los héroes anónimos de la pandemia son el espejo en el que deberíamos mirarnos; son el modelo que nos debería inspirar. En ellos anida el capital que necesitamos para luchar contra los riesgos del presente pero también para enfrentar los desafíos del futuro. En ellos está la fuerza que necesitaremos para rearmarnos, para rescatarnos de esta especie de naufragio al que nos ha arrastrado el virus.

También debemos agradecer a los que nos ayudan a pensar, a los que defienden la información veraz, a los que mantienen una lupa inquisidora sobre el poder y a los que ejercen la crítica, aun en tiempos poco propicios para la disidencia y el debate.

Quizá todo esto contribuya a construir un nuevo modelo de heroicidad ciudadana. Ese valor ya no está en el coraje militar, ni en la audacia y el talento de los grandes exploradores, ni en el genio de los inventores o en la magnanimidad de los filántropos. Está en los hombres y mujeres que todos los días se levantan para cumplir con su deber. Y lo hacen con vocación, con compromiso y con humildad. A ellos se les debe un monumento. Pero además del mármol, se les debe una justa retribución y un adecuado equipamiento; se les debe respeto y valoración. ¿Cuáles serían los resultados si esos "héroes ciudadanos" se convirtieran en mayoría? ¿Cómo sería la Argentina si la mayoría estuviera dispuesta a hacer lo que le corresponde y a cumplir con su deber? ¿No sería ésa la verdadera revolución?

Ya los hemos aplaudido; ahora tenemos que imitarlos.

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