Historias que inspiran

Mahani Teave

la pianista que cambió la fama mundial por la Isla de Pascua

Teave nació en Hawái y de niña se trasladó junto a su madre a vivir a Rapa Nui, donde se encontraba su padre, quien era músico. 

También conocida como Isla de Pascua, es una de las más remotas del mundo, un pequeño territorio de 164 kilómetros cuadrados en el Pacífico Sur que pertenece a Chile y donde sus habitantes dependen del turismo.

“Nunca me sentí aislada. Cuando te crías en un lugar como ese, se vuelve tu mundo y se siente tan grande. Todavía hay lugares en la isla que no conozco”, contó. A los seis años, tomó clases de ballet y, cautivada por las partituras clásicas comenzó a aprender piano.

A los 9 años, se mudó a Valdivia, Chile: “Abandonar la isla fue una experiencia amarga y la extrañé mucho. No podía entender por qué alguien tenía que abandonar su hogar y su gente para hacer algo tan natural como tocar música”.

Tras un tiempo, Teave se fue a Estados Unidos a estudiar piano. En su carrera tocó en algunas de las salas de concierto más famosas del mundo pero en 2012, la vulnerabilidad de su cultura y el compromiso con su tierra fue lo que la hizo regresar a Rapa Nui.

“Mientras estaba en el extranjero pensaba mucho sobre los problemas sociales y la falta de oportunidades en la Isla y en mi mente pertenecía a una cultura que estaba en vías de extinción, por eso sentí que debía haber una escuela de música”.

En 2016, integró la Fundación Toki, una ONG que mezcla la educación clásica, tradicional y ecológica para ofrecer oportunidades a la juventud isleña. Niños y mayores toman clases de instrumentos musicales, re’o riu -un canto ancestral- y takona -pintura corporal-, así como ori y hoko, dos bailes tradicionales.

En 2018, David Fulton, un coleccionista de instrumentos raros, le ofreció financiar una grabación para sacar su propio disco. “Odisea Rapa Nui” se lanzó, tuvo un gran reconocimiento y todos los ingresos de las ventas van a la Fundación Toki.

De vuelta en la isla, Teava emprendió el proyecto de la escuela. Voluntarios de todas partes del mundo la construyeron en un año y medio, con materiales reciclados: cartón, latas, botellas y llantas. Es autosuficiente con sus propios paneles solares y colectores de agua de lluvia.