Trabajó en la Italia fascista, llegó a la Argentina como polizón y fundó Lumilagro

Historias Nacionales

Poco antes de que la primera Gran Guerra terminara, una bala enemiga devolvió a Herman Schlifka del frente alemán a su patria, Hungría. Herido y frustrado, regresó con su mujer, Teresa Bilfeld, y con sus dos hijos, Royi y Tibor. Fundaron su hogar en un barrio judío dentro de la zona baja de Budapest. 

Allí nació Eugenio Schlifka Suranyi, el benjamín de la familia. Fue un acontecimiento de lo menos esperado. Una sorpresa que, después de una alegría momentánea, se convirtió en la antesala de una tragedia.

Eugenio nació en septiembre y su madre murió en octubre. El cuerpo de Teresa solo resistió la gripe española por el embarazo. Después del parto, la fiebre la consumió a las pocas semanas.

Eugenio desarrolló una gran creatividad. La mecánica lo hipnotizaba. Para él era fascinante que algo sin vida se moviera impulsado sólo a vapor.

Cursó la secundaria en un colegio técnico-industrial de Budapest. Allí encontró la materia prima que usaría luego para construir el imperio de termos llamado Lumilagro, pero antes pasaron muchas cosas.

Eugenio conoció al profesor que marcó su vida. Lo recordaría luego como ‘el señor Kumaroni’, fue quien le enseñó a hacer artesanías con vidrio. Aprendió a fundir arena, a soplar con dedicación, a crear figuras.

Después viajó a Italia, allí trabajó durante seis meses en una fábrica de luces de neón. Cuando se venció el programa, escapó hacia Murano, una ciudad vecina a Venecia famosa por sus artesanías con vidrio. Parecía que todo el esfuerzo había valido la pena. Sin embargo, su suerte cambió de un día a otro.

El 18 de septiembre de 1938, Mussolini subió al balcón del ayuntamiento de Trieste y leyó “las leyes para la defensa de la raza”. Un decreto que fue específicamente diseñado en contra del pueblo judío.

Eugenio intentó por todos los medios ocultar su identidad: no salía mucho de casa, dejó de usar su primer apellido e inventó el “Suranyi”. Pero pronto comprendió que en esa vida clandestina siempre estaría en peligro y jamás lograría progresar.

Consiguió que un amigo suyo hiciera los arreglos para que Eugenio abordase el Neptunia, un transatlántico que frecuentemente iba a Buenos Aires. Sin embargo, su condición de judío también dificultó su entraba en la Argentina.

Eugenio entró al país sin hacer el trámite de Migraciones y se instaló en un conventillo de Constitución. Después de unos días en Buenos Aires llegó a dos conclusiones. Primero, que todo el mundo necesitaba a alguien con ganas de trabajar. Segundo, que la comida era increíble.

Al llegar armó su propio taller de vidrio soplado. En su monoambiente (la habitación de la pensión) instaló un pequeño horno donde moldeaba el vidrio. Todo se hacía de forma manual.

En 1941 se fundó Lumilagro. Era una pequeña empresa de vasos térmicos que funcionaba, también, en un cuarto en el barrio de Constitución. Pero no tenía ninguna relación con Eugenio: la fundaron cuatro socios cuyos apellidos eran Lubitsch, Mitelbach, Lapaco y Grossman.

“Un buen día, un hombre se acercó al taller de mi padre para hacer un pedido. Quería fabricar termos. Como mi padre no sabía de qué le hablaba, no conocía los termos, el señor le dio uno de muestra. Lo primero que preguntó mi padre fue ‘¿lo puedo romper?’... Él siempre tenía que romper las cosas para comprender cómo funcionaban”, cuenta su hijo, , Eduardo.

Aprendió a fabricar termos y creó la Industria Argentina de Vidrios y Afines (IAVA). Durante un tiempo, Lumilagro y IAVA compitieron por el mercado. Sin embargo, el destino dio un giro especial a la historia.

“Por suerte para nosotros, los socios de Lumilagro se pelearon y los encargados de la producción de termos dejaron la empresa. Solo quedaron los dos referentes comerciales. Estos señores se juntaron con mi padre y con Ladislao, que ya eran expertos en la producción, y decidieron fusionar las dos compañías”.

Desde los 50 en adelante, Lumilagro se convirtió en la principal productora de termos de vidrio del país.

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MATÍAS AVRAMOW

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