Así nos volvimos adictos a WhatsApp

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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1 de diciembre de 2018  • 00:00

Les habrá pasado. Nos metemos en una reunión en la que está terminantemente prohibido echarle un vistazo al celular. O asistimos a una clase en un subsuelo de concreto al que no llegan ni 2, ni 3, ni 4G. Dos horas después, al salir, descubrimos el horror. No hay ni un mensaje de WhatsApp.

Sí, sí, esperen, es verdad. Normalmente ocurre lo contrario. Salimos de esa reunión o ese subsuelo y nos encontramos con 456 comunicaciones del mensajero más popular desde Filípides para acá. Entonces nos quejamos. Salimos de algunos grupos. A los cinco minutos nos suben de nuevo o nos incorporan a otros, y así. WhatsApp está, en apariencia, ajusticiando nuestra paz interior, exterior e intermedia. Procrea los debates más insólitos sobre las fake news más delirantes e incinera sociedades, barrios, organizaciones, gobiernos, clubes de fomento, reputaciones, amistades y matrimonios. Está, de cierto modo, destruyendo la civilización humana.

Bueno, eso fue tal vez un poquito exagerado. Pero el hecho es que cuando nos enteramos de la enormidad de mensajes que han brotado en la pantallita maldecimos en paleo-acadio e invertimos el resto de la mañana en leer, contestar, reenviar, capturar pantallas y todo eso a lo que WhatsApp nos tiene acostumbrados.

Pero no es menos cierto que, como ocurre de vez en cuando, porque se cae la conexión, se alinean los planetas o, más probablemente, nuestros interlocutores están teniendo una vida, de pronto pasan varias horas sin que llegue ningún mensaje. Cuando tal cosa ocurre, mi primera reacción –llámenme paranoico, tienen razón– es que mientras estaba en ese subsuelo ha acaecido el fin del mundo y que, cuando salga a la calle, me encontraré con un escenario tipo Vanilla Sky.

Tranquilos, esto ya nos ocurrió. Con el mail (¿Recuerdan la película Tienes un e-mail? ¡Un e-mail!). Con Usenet. Con los foros. Con el IRC. Y, obviamente, con Twitter, en esa época en la que por ahí pasaba una hora entre cada mensaje en tu línea de tiempo. O sea, cuando éramos cuatro gatos locos, hacíamos #FollowFriday y estábamos pendientes de los trending topics. Parece que fue ayer. Ah, perdón, fue ayer.

Decía que ya nos ocurrió. Por mucho que despotriquemos, nos hemos vuelto adictos a la mensajería instantánea. Cuando se hace un silencio demasiado incómodo, echamos de menos esa avalancha que tres horas antes condenábamos.

Dalo por hecho

Varios factores colaboran con este cuadro. El principal es, muy posiblemente, la sensación de que decir algo en WhatsApp equivale a ejecutar una acción real en el mundo. De modo que enviar y responder mensajes le hace creer a nuestra mente que estamos ocupados en algo productivo. Esto es por completo falso, porque para hacer algo en el mundo hay que ir y hacer algo en el mundo, no mandar un mensaje por WhatsApp, Facebook, Twitter o Instagram.

Cierto es que, en casos especiales, un mensaje causa una acción en el mundo. Por ejemplo, cuando le hago una consulta a una fuente y el resultado es una cita textual en un artículo. O cuando me avisan que están llegando y entonces voy a abrir (no me anda el timbre, pongamos). Etcétera.

Actuar en el mundo real es una de esas cosas que el cerebro privilegia, porque en muchos casos nuestra supervivencia depende de eso. Atacar o huir, por ejemplo. Pero no quedarse quieto frente a un depredador, sacar el teléfono y quejarse: "¡Qué vergüenza, esto está lleno de tigres!"

Actuar nos hace sentir bien, por lo tanto. Lamentablemente, la mayor parte de lo que producimos en las redes sociales, y en WhatsApp en particular, es en realidad un accionar fantasmagórico. Solo que el cerebro no lo sabe y, cuando se hace silencio, nos envía una Solicitud Urgente de Dopamina, mejor conocida por sus siglas, SUDO ;).

Hablando en serio, estas solicitudes tienen un nombre: síndrome de abstinencia.

Poné un poco de mensajería

Otra razón por la que esta adicción a los mensajes está tan instalada es que hemos creado un ambiente en el que siempre hay algo sonando; y, si no es así, siempre tenemos la mensajería.

La mensajería instantánea es una forma de música funcional. La pregunta es cómo se nos ocurrió degradar este arte magnífico hasta transformarlo en musiquita de fondo.

En mi opinión, el proceso podría haber sido así: originalmente, y durante unos 200.000 años, nos pasábamos el día oyendo la naturaleza. Sutilmente, en general con no más intensidad que la música funcional, los sonidos nos podían decir desde la hora del día hasta la inminencia de una tormenta. Escuchar algo durante todo el día y la noche es otra de esas actividades ligadas a la supervivencia. Todavía hoy hay mucho por escuchar en el silencio.

El paso siguiente fue erradicar casi por completo la naturaleza de nuestro entorno. Esto nos llevó muchos siglos. Pero finalmente nos salimos con la nuestra. No más viento, grillos, gallos, ranas o cigarras. El silencio urbano es tan opresivo como espantoso. Así que inventamos la música funcional, y no pocas personas ponen la radio o la tele a un volumen que hace imposible entender lo que se dice, pero lo bastante para calmar la sed de silencio verdadero que sufre el cerebro. Lo mismo ocurre con las incesantes notificaciones de WhatsApp y demás.

Socializar versus comunicar

En tercer lugar, y de la misma forma que ocurre con Facebook y Twitter, WhatsApp puede darnos la sensación de que estamos socializando. Pero también esto es ilusorio.

Se trata de una forma de socializar sustituta, porque, de nuevo, evolucionamos para estar físicamente juntos. Esto se debió a muchos motivos, pero, resumiendo, era casi imposible que un ser humano subsistiera apartado del grupo.

Esto en gran medida sigue siendo así, pero hemos conseguido comunicarnos a distancia, gracias a varias tecnologías, algunas de las cuales no tienen nada de nuevo, como la telefonía o el correo postal.

Pero cuidado, hay una sutil diferencia entre comunicarse y socializar. No oirán de mi una crítica a las relaciones virtuales, porque le permiten a muchas personas que de otro modo estarían muy solas, sentirse conectadas con sus seres queridos. Uno de los mejores amigos que me ha dado esta vida fue Eduardo Suárez, y nos veíamos en persona solo dos veces al año. Pero cuando nos encontrábamos lo primero que hacíamos era darnos un larguísimo abrazo, uno que venía a suplir la larga ausencia. Extraño cada día esos abrazos.

Porque el cuerpo sabe que una cosa es comunicar y otra, estar presente, y nos lo hace saber. Así, necesitamos decenas de miles de mensajes por año para reemplazar un simple asado con amigos. Si esos mensajes de pronto se cortan, el cerebro entra en pánico. Y eso no se siente bien.

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