Celulares a la argentina

Entrevista con el jefe de diseño de Nokia Design, el porteño Axel Meyer
Ricardo Sametband
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19 de abril de 2004  

Acodado en la mesa de un clásico bar porteño, Axel Meyer prueba su cortado y sonríe. "Podés estar mucho tiempo afuera, pero seguís perteneciendo al lugar en el que creciste. Hace doce años que me fui y viví en lugares geniales, pero venir a un bar así y tomar un café sigue siendo impagable. Y eso que Finlandia me gusta. Hace cuatro años que estoy allá y sigo fascinado con el lugar. Aunque no sé cuánto me quedaré; nunca pude estar mucho tiempo en un mismo lugar", dice, riendo.

Meyer está de paso por su Buenos Aires natal. A los 35 años es el gerente de diseño para la División de Diseño de Nokia --el fabricante de teléfonos celulares más grande del mundo-- y vino, entre otras cosas, a acompañar la presentación en nuestro país de nuevos modelos de la compañía.

Estos se desarrollan en el centro que Meyer dirige en Oulu, una ciudad del norte de Finlandia. También coordina a otros cien diseñadores que la empresa tiene en siete ciudades del mundo.

Meyer, además, participó directamente en varios de los desarrollos más radicales de la compañía, como la consola de juegos N-Gage, el teléfono de tercera generación 7600 o la terminal móvil 7700 (ya no es un simple celular, sino que tiene un navegador Web convencional y un receptor de TV digital, entre otras cosas).

"Pero no es que yo me siento un día a la mañana frente a la computadora e invento un modelo. Es mucho más complicado", advierte.

--¿Cómo es el proceso?

--Puede tomar un año de desarrollo, pero en realidad lo que siempre estamos haciendo es aplicar ideas y conceptos de los equipos anteriores, cosas que por ahí teníamos hace años, pero no pudimos aplicar porque no contábamos con la tecnología necesaria, etcétera.

Y lo más importante es que es un trabajo muy grupal y transdisciplinario. No somos sólo diseñadores, sino que también trabajan con nosotrossociólogos, antropólogos, diseñadores industriales y gráficos, de multimedia, de moda, de packaging, hay de todo. También tenemos lo que llamamos cool hunters, gente que es capaz de percibir tendencias sutiles, formas nuevas en las que se usan los celulares que todavía no se ven masivamente.

Entonces, me llevo a todo ese equipo a una cabaña en el medio del bosque, en Laponia, y nos quedamos tres días tirando ideas.

Todo vale, porque la inspiración puede venir de cualquier lado. Es como un juego de pensar el futuro, intentamos descubrir qué va a estar necesitando la gente dentro de tres o cinco años, conseguir lo que llamo un souvenir del futuro, ese momento en que uno tiene la idea de un producto innovador, con el encanto de lo nuevo, pero que a la vez le da una sensación de familiaridad al usuario, como si fuera una extensión natural. Después bajamos esos conceptos a modelos más reales, vemos qué nos dicen las otras divisiones de la compañía, analizamos la tecnología disponible, lo que se puede hacer hoy y lo que tiene que esperar, y vamos probando.

--Y ver qué funciona y qué no.

--Exacto, porque ya no se puede pensar en un mismo celular para todo el mundo, así que lo que hacemos es segmentar los mercados, buscar patrones culturales con los que la gente se pueda identificar.

Pero no pensamos en las culturas de la manera tradicional, como perteneciendo a una nación, sino en el ámbito en que uno se mueve, la comunidad propia, que puede tener rasgos comunes con gente de otro país. Buenos Aires puede ser sinónimo de tango para algunos, pero no para otros, que pueden tener más afinidad con otro tipo de gente.

Los finlandeses, por ejemplo, aman el tango, pero no son iguales a los argentinos. Son mucho más tímidos, aunque muy honestos y directos. Tienen cosas en común y cosas diferentes. Tratamos de pensar un teléfono sobre la base de esas cosas comunes de la historia de cada uno. Porque un celular también es una declaración, una postura: la forma, el color, cómo lo usás, dónde lo llevás. Eso es lo que tratamos de captar, no si la gente piensa en tal o cual tecnología.

--¿Cree que la tecnología no debe ser importante?

--No para la mayoría de la gente. Todo eso tiene que ser invisible, un vehículo para que la gente se comunique. Nada más. Si yo mando un mensaje con una foto, no me interesa si va por satélite o paloma mensajera. Lo que vale ahí es que lo puedo mandar a China o Chivilcoy en un instante. Al que le interesa lo técnico, fenomenal, que se fije en eso. Pero para la mayoría de la gente lo que importa es lo que se puede hacer con el equipo, no qué tecnología se necesita para lograrlo. El celular tiene que ser intuitivo, transparente, su uso se tiene que naturalizar. Pero no me parece que tenga que ser fácil de usar, como piden todos, sino fácil de aprender, que es mucho más libre. Es un desafío, y es bueno que existan.

--¿Influye en su trabajo el hecho de ser argentino?

--Por supuesto. Trabajo en un entorno multicultural, y lo que aporta cada uno es muy importante. Lo bueno y lo malo que uno pasó influye muchísimo. Yo viví una dictadura y la llegada de la democracia. Para un europeo occidental no es fácil de comprender. A la vez, trabajo con búlgaros, indios, gente que pasó por cosas muy diferentes, y que también tiene puntos de vista distintos y lenguajes diferentes (aunque todos hablamos en inglés). Ayuda, porque uno ve cosas que otros no, aporta ideas y costumbres singulares. Todo sirve, todo inspira para diseñar, lo cotidiano y la historia. Inicié un proyecto internacional el año pasado que se llama Only Planet que investiga eso.

--¿Cómo llegó a Nokia?

--Siempre quise viajar y conocer el mundo. Después de recibirme en la Universidad de Buenos Aires me fui a Europa. Quería ver si podía explotar esa cosa multicultural que uno tiene por ser argentino. Estuve trabajando para una compañía holandesa, diseñando muebles, accesorios de bicicletas, muchas cosas. Después estuve en Philips Design varios años, hasta que en 1998 me llamaron de Nokia. En ese entonces tenía una novia finlandesa, así que aproveché para conocer el país, aunque acepté la oferta sólo en 2000, y fui a crear el centro de diseño de la compañía en Oulu. Para alguien que creció en una ciudad como Buenos Aires, estar en Finlandia, poder ir al bosque y ver renos y alces, juntar hongos, estar en los saunas y demás es genial, porque también estás al lado de Europa, y tenés, en el país, una infraestructura muy buena. Ahora me mudo con mi novia a Helsinki, porque estaba trabajando la mayor parte de la semana ahí, y no tenía sentido seguir en Oulu. Además, estoy viajando mucho por todo el mundo. A veces somos como nuestros propios conejillos de Indias, ¿no? Porque terminamos probando si se puede trabajar desde cualquier lugar con un celular, si es posible mantenerse en contacto. Que es algo que varía según la cultura: hoy en Europa mucha gente no dice más "llamame", sino "mandame un mensaje". Pero no es igual en todos lados. En América latina la gente es de hablar más.

--¿Cómo se acercó al diseño industrial?

--Cuando era chico quería ser arqueólogo, estudiar las civilizaciones antiguas, esas cosas. En la época en que terminé el secundario, el padre de Ximena, mi novia de entonces (que también es la de ahora), me mostró la maqueta de un auto que había diseñado sobre la base de un Citroën 3CV. Cuando la vi quedé maravillado, y me di cuenta de que eso era lo que quería hacer, que el diseño industrial era lo mío.

Tiene cierta relación con la arqueología, porque como diseñador, analizo elementos del pasado y su relación con el presente. La diferencia es que también genero objetos del futuro.

En busca del diseño multicultural

El año último, Meyer organizó junto a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires la primera edición de Only Planet ( www.onlyplanet.com.ar ).

--¿Cuál fue el motivo?

--La idea es ver cómo la cultura de un lugar afecta la creatividad de su gente, qué cosas son comunes a otras, cuáles no, la influencia visible y la invisible. La experiencia fue muy buena, y este año lo vamos a hacer en Francia y China. La idea es hacerlo después en todo el mundo.

Como compañía, apoyamos los proyectos de alumnos que se estaban graduando ese año como diseñadores industriales. Hubo ideas muy buenas, de muy buen nivel.

Entre otras cosas, queremos recuperar elementos culturales, ver si se puede detectar signos de influencia de cosas que están pasando en todo el mundo, y que a la vez se mantengan rasgos distintivos nacionales, desde la óptica del diseño.

En total participaron ocho equipos, con seis alumnos cada uno. Los proyectos presentados fueron, entre otros, para un detector de amigos, un piropeador electrónico, un codificador de aromas, un decodificador de gestos y varios dispositivos para registrar la vida cotidiana y expresar emociones ocultas.

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