De cómo los robots van a cambiar el mundo

Ariel Torres
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28 de junio de 2014  

Después de tantas páginas, después de miles de kilómetros de película cinematográfica dedicada al tema, es por lo menos decepcionante que los robots empiecen a entrar en nuestra vida cotidiana de formas tan inofensivas. Sobre todo porque constituyen la próxima gran revolución tecnológica.

Sí, como leíste. Todos los dispositivos que se presentan en estos días –en el Consumer Electronics Show, en el Google I/O, en la Computex de Taipei, en la IFA de Berlín– son extensiones de la computadora personal, reencarnaciones de una idea que fascinó al mundo y lo cambió hace casi 33 años. Tablets, smartphones, anteojos y pulseras inteligentes, etcétera. Como la PC en su momento, están causando y seguirán causando cambios radicales en la forma en que nos comunicamos, compramos, nos entretenemos y trabajamos. Siguen siendo disruptivos, pero no revolucionarios.

La PC produjo un giro copernicano en la historia de la civilización al proveernos poder de cómputo, antes reservado a gobiernos y grandes compañías. A esto se sumó Internet, que nos brindó la capacidad de broadcasting, antes en manos de los medios de comunicación y los gobiernos. Ese cambio de paradigma, al que se suman los smartphones y tablets (etcétera), está en marcha en este momento. Pero no será el último.

La próxima revolución vendrá de la mano de los robots.

En rigor, hay varios frentes que van a alcanzar masa crítica durante las décadas por venir. Todos nos enfrentarán a graves decisiones. La genética, por ejemplo, va a cambiar nuestras vidas de maneras tan profundas que la única bibliografía válida está por ahora en el anaquel de la ciencia ficción. Falta, pero ocurrirá. Basta pensar cómo continuaría la civilización si pudiéramos extender la expectativa de vida a 500 años.

Podrían también ocurrir revoluciones inesperadas. Tema frecuente de la literatura de anticipación, aunque los ejemplos brillantes son escasos, ¿qué pasaría si mañana nos visitara una civilización extraterrestre?

Así que volvamos al tema del que esta columna viene ocupándose desde hace más de dos décadas: la electrónica de consumo.

El recolector

Hace mucho que las máquinas autónomas están con nosotros. Pero no entre nosotros. Su actividad se ha mantenido circunscripta a las líneas de montaje. El reemplazo de mano de obra humana por máquinas no estuvo libre de costos. Se perdieron puestos de trabajo, pero se crearon otros, en gran medida relacionados con los servicios que los nuevos niveles de productividad requerían. Salvo para los que vivieron en primera persona aquella angustiosa transición, los robots han seguido siendo personajes del cine y la literatura.

Eso está empezando a cambiar. Sólo que, al final, el protagonista no es el implacable Terminator, el longevo y casi humano Hombre Bicentenario ni el engañoso Ash de la película Alien. Los primeros robots que, sin mucha pompa, se empiezan a incorporar a nuestra vida cotidiana se parecen más bien al esforzado y enamoradizo Wall-e. Y eso es serio.

En masa

Wall-e sea el más humilde y querible de los robots de la ciencia ficción. Pero hay algo mucho más importante. Es también el único robot que trabaja. Quiero decir: Wall-e es un trabajador.

Terminator parece más peligroso, pero Wall-e representa un riesgoso cambio global que se ha venido gestando desde el día en que una máquina reemplazó a un ser humano en una línea de producción.

Si el libro masificó el acceso a la información, si la PC (y sus descendientes) nos dieron los medios para procesar esa información, si Internet quebró con las fronteras y derrumbó el costo de compartir y comunicar, los robots van a revolucionar el trabajo. Se calcula que para 2025, la mitad de la fuerza laboral en Estados Unidos estará constituida por autómatas (http://www.smartplanet.com/blog/thinking-tech/our-rising-robot-overlords-what-is-driving-the-coming-upheaval/).

Empezaron como modestas aspiradoras y limpiadores de piscinas. Pero Google ya tiene un auto robot. Y se propone fabricarlo en serie. Las titulares hablan de cómo esto afectará la industria del automóvil. Se olvidan de que hay millones de personas que viven de conducir vehículos.

Es una de las falacias en torno a la robótica. En general, se imagina a los autómatas como rarezas, entidades individuales, como KITT o Robby The Robot. En el mundo real las cosas van a ser muy diferentes. Con su Google Car, la compañía fundada por Page y Brin se propone establecer un estándar. No busca estrellato. Busca número. Prevén que, entre 2017 y 2020, sus autos alcanzarán el nivel 4 de autonomía. Es decir, que no hará falta conducirlos del todo. No es el único con proyectos de esta clase, por otro lado.

Hace mucho que hablamos de autos que se manejan solos. ¿Qué cambió para que ahora estén a menos de 10 años de distancia? La respuesta está en dos tecnologías: los sensores y el poder de cómputo (y software, desde luego).

Hace 30 años habríamos necesitado varias toneladas de hardware para alcanzar la capacidad de cómputo que tiene un smartphone actual. En 1985 el costo por Megaflops era de 32.000 dólares. Hoy es de entre 10 y 40 centavos de dólar. (Un Megaflops equivale a 1 millón de operaciones de coma flotante por segundo.)

La supercomputadora Cray-2, de 1985, pesaba 2 toneladas y media y operaba a 1000 Megaflops (es decir, 1 Gigaflops). La PlayStation 4 usa un chip que cabe en la palma de la mano y trabaja 1800 veces más rápido. Ah, me olvidaba, la Cray-2 necesitaba, además, 1000 litros de fluorocarburos para refrigerar su electrónica (http://www.craysupercomputers.com/downloads/Cray2/Cray2_Brochure001.pdf).

Estas limitaciones hacían inviable un auto robot porque no había capacidad de cálculo suficiente para que tomara las decisiones correctas en tiempo real.

Luego, los sensores. Mi smartphone tiene 9. Casi sin que nos diéramos cuenta las máquinas han dejado de ser rutinarias repetidoras de guiones, casi ciegas, por completo sordas, insensibles como un martillo. Ahora ven y oyen mejor que nosotros. Sienten si se mueven o no, y en qué dirección. Conocen su ubicación con precisión satelital. Miden la temperatura, la humedad, la presión ambiental, los campos electromagnéticos y la intensidad de la luz. Ahora nosotros somos los miopes.

Sumado el otro factor, el poder de cómputo, pueden integrar toda esa información a una velocidad tan enorme que, con lápiz y papel, vos necesitarías unos 700 años para realizar la misma cantidad de aritmética que tu smartphone completa en un segundo.

El procesamiento en la Nube es otro factor crucial, que pesará cada vez más a medida que las conexiones de alta velocidad inalámbricas con Internet se vuelvan universales. De hecho, ya hay call centers en los que el agente que te atiende es, en realidad, un software.

Piloto automático

Kyle Vogt, que antes había fundado Justin.tv, Twitch y Socialcam, acaba de lanzar un producto muy innovador que está a medio camino entre el Google Car y el control de crucero presente en los vehículos de alta gama. Es un accesorio, por ahora disponible para los Audi A4 y S3, que conduce el vehículo cuando vas por una autopista o una ruta. Se llama Cruise (http://www.getcruise.com) y se venderá por 10.000 dólares a partir del año que viene, de momento sólo en el estado de California, Estados Unidos. La clave del piloto automático para autopistas, como Vogt explica en esta entrevista que concedió a Tech Crunch (https://www.youtube.com/watch?v=kx_kfY1uDSY), está en que usa sensores de bajo costo. Ambos, su bajo costo y la fenomenal reducción de tamaño son fruto de más de 30 años de investigación y desarrollo. Cruise posee 2 cámaras estéreo, un radar, una unidad de medición inercial de 10 ejes de libertad, GPS y conectividad 4 G.

No asombra que el primer trabajo de Vogt, que estudió en el Massachusetts Institute of Technology, haya sido como pasante en iRobot, la empresa que fabrica la aspiradora autónoma Roomba (http://www.irobot.com). En rigor, la compañía va más allá de los asistentes domésticos. Tiene robots de defensa, por ejemplo, y de presencia remota.

Sí, ya hemos visto estas cosas en la ciencia ficción. Pero ahora están aquí. Aquí, digo, a 200 metros de donde me encuentro sentado. Hace poco más de un mes publiqué en Instagram el video de un Dolphin, el robot para piscinas de Maytronics, expuesto en el complejo comercial que está al lado del diario. El aparato (¿son aparatos o son algo más?) iba y venía, como un Sísifo mecánico, dentro de una pecera. Le puse un epígrafe humorístico: "La venganza será terrible". Con buena cintura, el gerente de marketing de Maytronics para América latina, Joan Cwaik, me agradeció en Facebook por compartir el video. Un colega del diario defendió a su Arturito (así lo llama) con uñas y dientes.

Falta sólo un componente para que los autómatas se multipliquen y alcancen una escala nunca antes vista. Es el mismo talón de Aquiles de la computación de vestir: la autonomía. Pero tarde o temprano alguien en alguna parte va a descubrir un método revolucionario para acumular energía. Ese será el comienzo de la era de los robots.

Las cuatro leyes

Entonces descubriremos que hay que poner al día toda la legislación laboral, y que las tres leyes de Asimov pecaron de ingenuas al olvidar el aspecto gremial. Descubriremos también, como ya ocurre en los países más avanzados, que mientras aumenta el desempleo las posiciones más calificadas siguen vacantes. Una paradoja que fuimos sembrando durante décadas y que se origina en la desigualdad.

Mucho antes de lo que imaginamos, quizás antes de mediados de siglo, deberemos plantearnos que todo trabajador humano sea altamente calificado. De otro modo, su posición estará ocupada por un autómata.

Es más. Podría llegar el día en que trabajar sea opcional. No un lujo ni un privilegio, sino una elección entre las muchas actividades que un ser humano puede ejercer en su vida. Los empleos creativos, que son además los más vocacionales, serán la opción de algunos. Otros escogerán invertir sus horas en viajar, leer, ir al cine, estudiar o cualquier otra cosa. Eso, si tomamos las decisiones correctas. Porque habrá que componer una economía en la que el trabajo humano se habrá convertido en una rareza. Tal cosa hoy causaría una calamidad. Creo, pues, que habría que ponerse a meditar ya mismo en estas cuestiones.

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