El fantasma en la máquina, y viceversa

Ariel Torres
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24 de diciembre de 2009  

Tenía 14 o 15 años cuando presencié este fenómeno por primera vez. Era algo nuevo para mí y por entonces no sabía que se repetiría muchas veces en el futuro.

Bueno, era cosa del futuro.

Hace unos 35 años las calculadoras electrónicas de bolsillo empezaron a llegar a las manos de los alumnos. Hubo bastante resistencia al principio, pero luego nos permitieron usarlas en los exámenes. Para mí fue una bendición porque la aritmética siempre me resultó una tarea extenuante. Mi mente no funciona bien con números. Mientras los ejercicios de análisis matemático, más adelante en el colegio, me salían con facilidad, las sumas, restas, divisiones y otras cabriolas numéricas eran un padecimiento atroz y el resultado, casi siempre malo.

Poco después llegaron las calculadoras programables. Y ahí empezó de nuevo la caza de brujas. Una cosa era que esas máquinas endemoniadas ayudaran a los mentecatos (mi caso) a sobrellevar los rigores de la aritmética y otra muy diferente que se usaran cerebros electrónicos para resolver ejercicios de física.

Otra vez sopa. Si me ponía a pensar en el asunto, puesto que había captado los conceptos, podía deducir las fórmulas, pero no en el escaso tiempo que duraba el examen. Así que tenía que estudiarlas de memoria, lo que no sólo me parecía inútil, porque una semana después ya se me había olvidado todo, sino también porque, al menos en mi opinión, nos desviaba del espíritu de la asignatura, que era comprender las leyes que rigen el universo.

Sin embargo, la idea de que las herramientas manuales son nobles mientras que las intelectuales son una forma de hacer trampa estaba (y está) grabada a fuego en la conciencia humana. Por eso, cuando los profesores se enteraron de que existían las calculadoras programables, inventaron una forma de contrarrestar el Mal: nos hacían apagar las máquinas antes de cada examen y exhibir en alto el display vacío. Sabían que de esa manera los programas que pudiéramos haber guardado en el dispositivo se borraban. Muy frustrante.

Los numéricamente negados y de memoria frágil teníamos la solución al alcance de las manos y se nos escapaba con sólo poner el switch en OFF . Recuerdo la imagen: 25 o 30 alumnos alzando calculadoras apagadas ante la mirada vigilante del docente; era un ritual salvaje, primitivo, arcaico y algo siniestro, y sentía que algo estaba profundamente equivocado en esa medida, aunque tuviera la mejor de las intenciones.

Diskette rectangular

Durante varios meses debí someterme a ese calvario de memorizar algo que otros hombres habían deducido (con tiempo y esfuerzo), lo que me hacía sentir un enano mental frente a los Newton, Galileo y Huygens. ¿Por qué tenía que memorizar algo que ellos habían razonado? Peor todavía: recordar las fórmulas no demostraba que uno hubiera entendido; de hecho, se podía aprobar sin haber comprendido nada, siempre y cuando nos acordáramos de las recetas. Eso era igualar para abajo, porque todos tenemos una memoria aceptable, sobre todo a esa edad, mientras que el estudiar para comprender (en lugar de para sacarse una nota) es en general algo bastante poco usual.

Esta situación absurda duró hasta que mi padre, siempre atento a las novedades técnicas, trajo a casa una HP-65. Esta calculadora permitía grabar programas en una pequeña cinta magnética que parecía una cruza de apósito con diskette. Fue mi salvación. Cada programa podía contener hasta 100 pasos, lo que alcanzaba para computar fórmulas y, lo más importante, uno los recuperaba después de haber apagado la máquina insertando la cinta magnética en el lector integrado.

Curioso y paradójico como suena, hacer trampa con la HP-65 me enseñó los rudimentos de la programación, algo que me sería de enorme utilidad en el futuro. No tengo nada en contra de aprender cosas de memoria. Estudiábamos latín y francés en el colegio, y en los idiomas no hay nada que deducir; todo es arbitrario. ¡Pero memorizar fórmulas!

Mi secundaria terminó antes de que dispositivos como la HP-65 se popularizaran entre el alumnado, y todavía faltaban un par de años para que la PC de IBM iniciara la revolución de la informática personal. Elegí un camino que me mantuvo lejos de la aritmética y me quedó la sensación de que había ganado una batalla. La tecnología me había permitido aprender conceptos en lugar de memorizar como un psitácido.

Muchos años después, cuando me puse a estudiar programación, mi rebeldía dio sus frutos. Como había experimentado la implacable y honesta lógica de las computadoras siendo adolescente, los lenguajes de alto nivel (Pascal, C, Visual Basic, Java) no ofrecieron mayores misterios. De hecho, como para entonces ya hacíamos programación estructurada, me resultaron más amigables que el procedimiento obtuso y lineal de aquella vieja pero cómplice calculadora.

Naturalmente, cuando me propuse aprender a programar computadoras, hace unos 16 años, era obvio que los chicos tenían que aprender computación, y no ya en la secundaria, sino desde la primaria. ¿Programación también? ¡Pero claro! Mis maestros se hubieran quedado pasmados.

Miraba hacia atrás, me venían a la mente mis compañeros de división alzando las calculadoras apagadas y se me erizaba la piel. Pese a la excelencia de la mayoría de los profesores del colegio, prácticamente ninguno pudo escapar del prejuicio contra las herramientas que emulan funciones intelectuales. Mientras el mundo corría en una dirección los métodos educativos, arrastrados por ese prejuicio, iban en la contraria.

Si hace 35 años los profesores hubieran fomentado la programación de esas calculadoras, en lugar de resistirlas, premiando tanto al memorioso como al que se atrevía a apostar el resultado de su examen a sus habilidades para codificar, el alumnado hubiera estado mejor preparado para el futuro.

Mi memoria, además, no ha hecho sino empeorar debido a la sobrecarga de trabajo, las responsabilidades y, tal vez, la edad. La razón, en cambio, no se desgasta. Se la puede perder por un rato o para siempre, pero no se desgasta.

Sucesivamente, la PC, el e-mail, el celular y el chat, entre muchas otras tecnologías, han sufrido idéntica persecución. Luego se las integró a las actividades académicas y empresariales y dejaron de ser peligrosas ; es más, nuestra capacidad de usar estas tecnologías es esencial para desempeñarnos en el ambiente laboral. ¡Hasta se dictan cursos!

Pero cuidado, en el momento los argumentos antitecnológicos sonaban perfectamente convincentes. Vistos a la distancia, son un perfecto dislate, pero las mentes enmohecidas que prefieren que nada más cambie siguen inventando nuevas justificaciones para resistir el progreso. Y en estos tiempos resultan un poco hilarantes, me parece. Así que pongámosle un poco de humor, ya que estamos en días festivos.

Me he tomado el trabajo de clasificar algunos de los argumentos más populares, no sólo para divertirme (lo confieso, ésta era la intención original), sino para ver qué poco tienen, en rigor, de ciertos.

Principio de imposibilidad respiratoria (PIRE)

Por ejemplo, una justificación muy común de que algo no sirve o, peor, es malo es el Principio de la imposibilidad respiratoria . Su expresión más típica es el "No lo entiendo", combinado con un mohín de desprecio. Dicho de forma simple, este argumento sostiene que algo que no entendemos o no es bueno o no sirve para nada, o ambas cosas. Ahora bien, puesto que las personas se enteran de qué es el trifosfato de adenosina sólo en la escuela secundaria, si este principio fuera valedero el ser humano no necesitaría respirar hasta los 14 o 15 años. Más aún: puesto que no fue sino hasta el siglo XX que se descubrió este nucleótido fundamental, ¡la humanidad no respiró durante más de 200.000 años! Como ley universal, el PIRE demuestra su total desatino: dado que ningún animal entiende nada de bioquímica, ¡los seres vivientes no respiran!

Principio de atrofia cerebral manifiesta (PACMan)

En mi adolescencia, las razones para prohibir las calculadoras (programables o no) era que se nos iba a atrofiar el cerebro al no usarlo para sacar cuentas o recordar fórmulas (sic). Esto, que llamo Principio de la atrofia cerebral manifiesta , se sostenía como una verdad no sólo irrefutable, sino también evidente . Nadie pensaba que la humanidad se había pasado prácticamente toda su historia sin hacer cuentas, que ningún homínido se dedicaba a la trigonometría y que, por lo tanto, deberíamos haber llegado a los transistores con el cerebro completamente atrofiado. Lo que nos hubiera impedido llegar a los transistores, claro. Ad absurdum , el Principio de atrofia cerebral manifiesta , quizás el más tenaz de todos estos argumentos, se demuestra inválido.

Pero se lo enunciaba con una solemnidad ministerial, inmune a todo intento de refutación. El hecho de que estábamos poniendo a la misma altura el trabajo de nuestras neuronas y el de los músculos no causaba ningún sonrojo.

Ley de revaloración troglodita retroactiva (Retro)

No han sido menos esperpénticas las acusaciones contra la PC, Internet en general y el correo electrónico, el chat, las redes sociales, los blogs y los microblogs en particular (la lista sigue). Se decía, por ejemplo, que nuestra dependencia de las computadoras nos volvía cada vez más vulnerables frente a una situación de emergencia en la que tuviéramos que arreglárnosla sin ellas. Es una variante del Principio de la atrofia cerebral , como puede verse.

Se me ocurre algo, entonces: dado que en una emergencia podríamos quedar expuestos a los elementos y sin la debida protección de nuestros pies, propongo que dejemos de guarecernos bajo un techo y vestir zapatos. La calefacción nos debilita frente al frío. ¡Hagámonos fuertes, de vuelta a las cavernas, basta de estufas y alimentos cocidos! ¡Erradiquemos los medicamentos! ¡Basta de luz eléctrica! Pese a su fácilmente demostrable sinsentido, la Ley de revaloración troglodita retroactiva ha estigmatizado generaciones enteras de pioneros.

Desde luego existen muchos otros argumentos de esta suerte, como que las tecnologías informáticas son frías (el pedernal, en cambio, es muy cálido) o que las máquinas de antes duraban más (lógico, porque el progreso iba a paso de tortuga y casi no existía la producción en serie), pero ya hemos tenido suficiente por hoy. En nuestro futuro, en este momento, está la Nochebuena, así que...

¡Feliz Navidad para todos!

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