¿El siglo de oro de los inventores?

Gracias a Internet, los inventores tienen más facilidad para desarrollar sus proyectos, con cadenas de producción en China, herramientas de modelado 3D y tiendas on line; los límites que impone el sistema de patentes a pequeños creadores
Adam Davidson
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10 de junio de 2012  • 02:24

La Asociación de Inventores de Manhattan se reúne el segundo lunes de cada mes en la sala de conferencias de un estudio de abogados de Times Square. Fui a su reunión más reciente para explorar una idea de la que había estado oyendo hablar bastante últimamente: que estamos viviendo en una era dorada del inventor independiente. O como explicó un agente de patentes que era orador invitado esa noche, "no hay muchas probabilidades de ganar plata -1 en 100, 1 en 1000, no estoy seguro- pero sí son mayores que con la lotería".

En la habitación esa noche había 55 personas, mayores y jóvenes, en traje y en remera, todos con la esperanza de que su idea pudiera derrotar a las probabilidades. Chris Landano, un joven bombero nervudo, me habló de su TrakPak360, un cinturón para herramientas –perfecto para fotógrafos, carpinteros, "cualquiera que cargue herramientas"- equipado con un riel de plástico que permite desplazar estuches fácilmente.

Por su parte, Lorraine Muriello, una mujer de New Jersey, describió su idea brillante (pero muy fácil de copiar): Toallas Prácticas, toallas para gimnasio con compartimentos con cierre para llaves y celular. Su amiga, Cheryl Manzone, me dijo que ha registrado incontables patentes en las últimas décadas (zapatos con tacos intercambiables, un equipo compacto de pañales para viajes) y ahora está proponiendo su última innovación, los Stickpods, que son como sorbetes con patas. Son para sostener chupetines entre otras golosinas. El invento que ya está a la venta fue presentado por Gregory Quinn, inmigrante de la ex Unión Soviética. Quinn, chofer veterano ("Camiones, taxis, limosinas, lo que se le ocurra") ha comenzado a vender su almohadilla estimulante, una especie de cubierta para el asiento del auto que da masajes, el equivalente de tener las manos de 15 masajistas en su espalda al mismo tiempo. Y esta es solo una pequeña muestra de las ideas que escuché.

Estados Unidos siempre ha sido la tierra de los inventores, desde Benjamin Franklin y Henry Ford hasta Steve Jobs y el tipo que inventó el Flowbee (una herramienta que se coloca en la aspiradora y que sirve para cortar el pelo, n. del t.) Pero a los inventores amateurs de hoy se les facilitan las cosas de maneras que sus predecesores no podrían siquiera haber imaginado. En el pasado el que tenía una nueva idea debía fabricar la cosa, encontrarle un mercado e imaginarse cómo lograr su producción masiva.

Ahora la tecnología barata significa que cualquiera puede transformar rápidamente una idea en un producto físico. El SketchUp de Google hace posible incluso para la persona más desprolija crear un modelo digital en 3-D. Cualquier inventor puede contactar una fábrica china, muchas de las cuales están tan deseosas de hacer negocios en Estados Unidos que crearán un prototipo por casi nada. Sitios como Etsy.com facilitan llegar a un mercado y otros, como Quirky.com , permiten a los usuarios simplemente sugerir una idea y compartir los royalties si llega al mercado.

Este medio se aproxima a la economía ideal sobre la que escribió Adam Smith, en la que el tamaño y el poder no siempre vencen a las buenas ideas en el mercado. Es difícil encontrar datos generales, pero la mayor organización de inventores de Estados Unidos, la Asociación de Inventores Unidos, dice que su membrecía se ha triplicado, llegando a 12.000 socios, en los últimos 18 meses. Este salto sin duda se debe en parte a la desaceleración económica y el alto desempleo, pero parece probable que las nuevas herramientas promuevan un crecimiento permanente de los inventores amateur cuando la economía comience a crecer más agresivamente (sea cuando sea).

En la Argentina tiene su correlato con la Sociedad de Inventores, que también tiene una comunidad que está en permanente generación de ideas.

Esta es una buena noticia para los que no son inventores también. Muchas de las cosas que hacen que la vida sea mejor comenzaron en el cerebro de algún experimentador solitario: la máquina de vapor, los aeroplanos, los antibióticos, incluso quizás los soportes de chupetines auto-portantes. Pero luego de salir de la reunión, me sentí más convencido que nunca de que no estamos viviendo en una era dorada de la invención.

Es cierto que Internet y otras herramientas han facilitado el proceso, pero el panorama empresario no parece dominado precisamente por pequeños inventores. En realidad, la cadena de oferta de nuevas ideas tiene algunos problemas considerables que, en muchos sentidos, son más difíciles de superar que nunca. Una vez inventados y convertidos en prototipos, estos nuevos productos tienen que competir por su espacio en una cañería muy angosta. La venta minorista estadounidense está tan concentrada que tres compañías (Walmart, Kroger y Target) controlan alrededor de un quinto de todas las ventas en tiendas en los Estados Unidos, y un número diminuto de gigantes on line y de la comercialización por TV dominan las ventas en el hogar.

Otra gran barrera para los inventores independientes, paradójicamente, es el sistema creado para protegerlos. "El sistema de patentado se ha vuelto más bien costoso para el pequeño inventor" dice James Bessen, profesor de la facultad de derecho de la Boston University."Hace 100 años era muy barato conseguir una patente. No se necesitaba un abogado para conseguirla. El sistema está funcionando de un modo muy diferente que hace años y eso favorece a las grandes corporaciones ".

En estos días, el costo promedio de una patente en Estados Unidos es de alrededor de 10.000 dólares, barato para una corporación pero una cifra considerable para muchos inventores hogareños. E incluso cuando gastan esa suma a menudo les rechazan la patente. Incluso si se aprueba una aplicación, las compañías más grandes se han vuelto hábiles para copiar un producto e incorporarle suficientes cambios como para hacerlo legal. Como resultado de ello son muchos los que renuncian por completo al proceso. Gary Clegg inventó el Slanket antes de que el Allstar Products Group presentara su casi idéntico Snuggie (una manta con amplias mangas para introducir los brazos). Allstar superó en su capacidad de comercialización al Slanket, no patentado, y el resto es historia.

David Kappos dice que desde que se hizo cargo de la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos en 2009 ha pensado todos los días en un hombre que conoció en el norte de Vermont ("Estaba vestido con un overol y una camisa a cuadros roja y blanca") que había inventado un motor brillante de dos ciclos para un "soplador de nieve". "Si uno no protege su invento con propiedad intelectual –dice Kappos- será copiado casi inmediatamente si es bueno". De modo que Kappos ha iniciado una cantidad de iniciativas para ayudar al pequeño inventor con bajos aranceles para la presentación de patentes, ayuda legal gratuita y una oficina de patentes más servicial.

Pero probablemente no importe, dice Paul Romer, economista de NYU y quizás el mayor pensador de nuestros tiempos en materia de crecimiento económico. Cuesta alrededor de 1 millón de dólares defender un invento en un juicio por violación de patente, dice Romer. De modo que si un inventor solitario tiene una patente legítima, una compañía grande puede llevarlo a la quiebra. Romer dice que nuestro sistema de patentes es una de las barreras claves al progreso, porque la riqueza se impone, lo que pondría muy nervioso a Adam Smith en su tumba.

El problema, dice Romer, no es simplemente que al inventor amateur del motor para el soplador de nieve le saquen sus ganancias con trampas; es que gente con ideas que pueden realmente mejorar el mundo quizás las dejen de lado porque piensan que el sistema está en su contra. Si es así, ganar la lotería podría ser su mayor esperanza.

Adam Davidson is cofundador de "Planet Money" de NPR, un podcast, blog y serie de radio incluida en los programas "Morning Edition", "All Things Considered" y "This American Life". © NYT Traducción de Gabriel Zadunaisky

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