Esos días en los que podés ver el futuro

Ariel Torres
(0)
31 de diciembre de 2009  

Tengo un problema. Bueno, varios. Pero uno en particular atañe a esta columna. Debe ser porque escribo ciencia-ficción. O tal vez se trate simplemente de una neurona rebelde. O de mi (pésima) costumbre de coleccionar dispositivos antiguos. La cuestión es que cada tanto percibo las tecnologías que estoy usando hoy como si fueran algo obsoleto. Son de lo más nuevo, pero sin poder evitarlo las veo viejas.

Entiéndase bien, por favor. No es que imagino cómo mejorarlas. Ojalá fuera así. ¡Me haría rico en unas pocas semanas! No. Es otra cosa. Más sutil y, lamentablemente, imposible de monetizar. Supongamos que estoy publicando un mensaje en Twitter (esto se llama tuitear ) desde mi iPhone tirado en el sofá. De súbito, veo toda la escena como si fuera el aviso en una revista de electrónica de 1960. ¿Acaso no presentaban por entonces unos combinados gigantescos como si fueran insuperables? ¿No exhibían al ejecutivo top con un modernísimo teléfono de baquelita (y fumando, de paso)? ¿No abusaron de la palabra definitivo en los avisos de discos de 40 megabytes y chips a 200 megahertz?

Video

No es que el resto del tiempo ignore que toda tecnología está destinada a volverse obsoleta, y que ese proceso es en la actualidad más rápido que hace 50 años, y que se está acelerando. La dificultad se me presenta cuando por momentos dejo de percibir lo moderno como moderno y lo veo como si ya fuera antiguo. Es de lo más extravagante, pero me ocurre, dura unos 5 minutos y, aparte de las bromas fáciles sobre la medicación que me estarían suministrando, la verdad es que me ayuda a mantener cierta distancia y no deificar cuanto chiche novedoso cae en mis manos.

Con demasiada frecuencia, sin embargo, me hace sentir un poco ridículo. Imagino lo que se van a reír dentro de cinco décadas de los equipos a los que hoy dedicamos una página, de los videojuegos que nos deslumbran o de las proyecciones y pronósticos que, no sin vértigo, lo confieso, nos atrevemos a profesar en público.

Por eso voy a recibir este 2010, durante el que cumpliré 50 años, no con una mirada sobre lo que pasó (tenemos una excelente nota de Ricardo Sametband al respecto en esta edición, además) ni con los consabidos pronósticos para los próximos 365 días, sino con una mirada al futuro lejano. Son algunas ideas que, cada tanto, me vienen a la cabeza, sin buscarlas; visiones, más bien, muy embrionarias, casi translúcidas, opuestas a los rotundos avisos de esas antiguas revistas, tímidas alucinaciones sobre el mañana. Las hay totalmente delirantes (calculo que son esas las que tienen más chances de volverse realidad), mientras que otras son simples extrapolaciones de lo que tenemos hoy.

Incorpóreas

Por ejemplo, estaba con la notebook en mi patio un domingo hace un par de meses, cuando la primavera alcanzaba su mejor momento; caía la noche, esa hora de transición que dura sólo lo que tardamos en distinguirla, y de pronto vi que las pantallas un día estarán en el aire. ¿En el aire? Así es. No tengo ni la menor idea cómo, pero llegará el momento en que algunos dispositivos se desencarnarán. Me vi en ese mismo patio manipulando objetos 3D proyectados delante de mí. Si bien en mi escenario usaba las manos de una forma muy natural, no sería improbable que esta manipulación sea mental, algo con lo que ya se está experimentando exitosamente para tocar el piano, tipear y controlar videojuegos.

Quizá proyectadas por dispositivos ubicuos, como lo son hoy las lamparitas eléctricas, las pantallas aparecerán allí donde estemos cuando nos hagan falta. No habrá nada más delgado que eso. Serán incorpóreas.

Va de suyo que influyó en esta visión todo lo que he visto este año sobre realidad aumentada, en especial el dispositivo SixthSense del laboratorio de medios del MIT ( www.ted.com/index.php/talks/pattie_maes_demos_the_sixth_sense.html ).

El ojo interior

Otro ejemplo. Algún fin de semana en una estancia. Estaba sacando fotos con el smartphone y enviándolas a Twitter. Como siempre, perdía docenas de buenas tomas. Quizá si tuviera una cámara motorizada como las que usan los fotógrafos acá en el diario... O bien -y ahí apareció de nuevo el escritor de ciencia ficción- si contara con una cámara de fotos integrada a mi cerebro. ¿Por qué no? Podría sacarle fotos a todo, sin perder nada. Es más: sorteados los obstáculos del almacenamiento, con millones de veces más poder de cómputo que hoy en la milésima parte del volumen y con un consumo ínfimo, ¿por qué no simplemente registrarlo todo y luego elegir? Ya hay tecnologías que graban constantemente. En mi imaginación me veía liberado de esa frustrante experiencia de sacar el teléfono, desbloquearlo, arrancar la cámara y disparar justo cuando el sujeto se mueve, cambia la luz u ocurre alguna otra desgracia que arruina la toma.

La virtualita

Si vamos a poder filmar con dispositivos integrados a nuestro cerebro, ¿por qué no editarlos también directamente en la conciencia, en una pantalla virtual que convocaríamos a voluntad? Lo que me lleva al invento que aparece en uno de mis últimos cuentos: la virtualita , un display integrado a la mente. Si ya estamos hablando de interfaces humano-máquina, de control mental y de añadir tecnologías a nuestro organismo, ¿por qué no llevar la interfaz de usuario dentro de nuestra propia conciencia? El paradigma hasta ahora ha sido que la computadora esté afuera. Algún día eso nos parecerá tan tirado de los pelos como los autos sin cinturón de seguridad o los teléfonos con cables.

En la ficción cada personaje posee su virtualita, está conectado en red con los demás y su cerebro se encuentra mejorado con microprocesadores miles de millones de veces más poderosos que los actuales y del tamaño de un grano de arroz en los que pueden delegar una cantidad de trabajos mentales. (Me apunta Ricardo Sametband que una idea semejante aparece también en la novela Accelerando , de Charles Stross.)

Fauna (y flora) robótica

Es decir, no veo Terminators ni amenazas así. Pero no me cabe duda de que los robots están cerca. Tengo mis serias dudas, sin embargo, de que el androide asimoviano tenga futuro, excepto para ciertas tareas muy específicas. De hecho, ya hay robots entre nosotros. Si les sumamos nanotecnología y muchísima más capacidad de cómputo, el paño para cortar se amplía fantásticamente. Medir un metro ochenta, pesar 90 kilos y tener sólo dos brazos, dos piernas y un par de ojos no parecen grandes ventajas a la hora de encarar tareas tan diferentes como limpiar una arteria o cosechar algodón. Nuestros robots no tendrán estas limitaciones, se adaptarán a su función. Por eso veo en el futuro un profuso y variado árbol filogenético de robots.

Caso de éxito de mi descontrolada imaginación: una vez, en un shopping, vi una cantidad de esas plantas de plástico a las que -sin ofender- se les nota lo artificial a veinte cuadras. Instantáneamente, se me ocurrió que un día existirán robots-plantas. Será casi imposible establecer la diferencia con las reales y, como las de plástico, vendrán muy bien para ambientes hostiles donde no hay luz ni cuidados suficientes. Tal vez cumplan funciones alternativas, como la de pasar música, o propias de los vegetales de verdad, como purificar el aire. No es improbable que se las venda en forma de semillas, que se desarrollarán como las plantas reales, aunque por procesos muy diferentes.

Es muy posible que la temprana influencia del genial Stanislav Lem haya conjurado esta visión de un futuro con numerosas formas de vida artificial en lugar de los más literales humanoides.

Saltos cuánticos

Supongo que más tarde o más temprano aprenderemos a manipular la gravedad y conseguiremos la teletransportación. El viaje en el tiempo aparece en algunas de mis ficciones, pero con resultados catastróficos, una suerte de hubris futurista y su no menos avanzada Némesis. Aunque esto, casi con entera seguridad, es sólo un prejuicio mío.

De algo estoy seguro, sin embargo: en el futuro habrá saltos cuánticos que hoy es imposible prever. He hablado de pantallas. También les llegará su hora. Las que alguna vez desterraron al antiguo papel, también deberán jubilarse. Porque, ¿quién necesita un display cuando los dispositivos pueden comunicarse directamente con nuestras áreas visuales? ¿Algo así como The Matrix ? Sí, pero sin cables.

Miraba el otro día con desazón un par de superpobladas zapatillas eléctricas en mi estudio e imaginaba un mundo en el que el sueño de Tesla fuera realidad: nunca más un cable para transportar electricidad. Ya llegará.

He hablado de seres robóticos viviendo entre nosotros, pero quién sabe lo que logrará la genética en los próximos cien o doscientos años, y lo que estaremos dispuestos a permitirle. ¿Replicantes como en Blade Runner ? Quizás cosas más monstruosas. El futuro no es por sí garantía contra la esclavitud y la injusticia. Depende de nuestras acciones y decisiones hoy lo que ocurra en el porvenir. Tal vez sea otro prejuicio, pero mientras los robots no me conmueven, los seres vivientes artificiales me ponen la piel de gallina.

Otro posible salto cuántico: arriba mencionaba computadoras integradas, la posibilidad de un display que veríamos cuando quisiéramos, todo controlado mentalmente. Esa idea sin embargo no cambia el paradigma actual de que la máquina está a nuestro servicio como recurso intelectual. Es decir, no planteé la posibilidad, por otro lado cierta, de que esa computadora interior influya sobre nosotros emocionalmente. Intel ya está experimentando con sensores de emociones ( www.intel.com/es_LA/tomorrow/#/time-machine/habitat/future/ ), aunque en este caso colocados en la ropa. Pero si imaginamos un futuro mucho más lejano, el emoticón será alguna vez el antecesor de formas mucho más ricas y complejas de transmitir nuestras emociones, y hasta de desarrollar algunas nuevas. (Hablando de ropa, así como hoy podemos programar chips, supongo que llegará el día en que los materiales sean también programables. Las posibilidades aquí son fascinantes, no sólo en cuanto a la moda y la versatilidad de la indumentaria, sino en términos de, por ejemplo, cuidado de la salud.)

En fin. Podría seguir durante cien páginas, pero hasta aquí llego con mis divagues tecnológicos. Y créame que estoy sobrio.

***

Quiero, antes de cerrar esta última columna de un año complejo y arduo, desearles a los lectores de Tecnología un 2010 rico en emociones, inspiración y felicidad. Juntos, creo, hemos hecho un extraordinario trabajo aquí, y espero de corazón que lo mejoremos aún más en el porvenir. Me siento honrado por este equipo, y no puedo sino mostrarles mi más profunda gratitud. ¡Feliz 2010!

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.