La próxima metamorfosis de Linux

Para llegar al gran público, como se lo propone, necesita un cambio profundo
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23 de octubre de 2000  

En cierta forma, la historia de Internet y la del sistema operativo Linux son gemelas. Ambos crecieron y se fortalecieron gracias al esfuerzo de un sinnúmero de programadores independientes que nunca cobraron un centavo por su trabajo. Y ambos se basan en una serie de reglas inventadas por uno o dos visionarios: en el caso de Linux, la Licencia Pública General (GPL, en la jerga), de Richard Stallman; en el caso de Internet, el paquete de protocolos TCP/IP, de Vinton Cerf y Robert E. Kahn.

Durante un tiempo bastante largo, Internet estuvo disponible para un grupo reducido de académicos y expertos. Esto cambió cuando se permitió la comercialización de accesos a la Red (1990) y el resto, hasta hoy, es historia conocida.

El cambio de piel de Internet no fue, sin embargo, un proceso fácil y todavía hoy los avisos de portales Web apelan al argumento de la facilitación. Si vio el corto televisivo de Yupi.com y creyó que la muchacha exagera al llorar a gritos porque no entiende la Red y golpea con furia e impotencia su monitor, espere; es muy probable que la mayoría esté más cerca de esa situación que de la del veterano que maneja sockets, ftps y telnets sin hesitar.

Internet tuvo, por fortuna, el equivalente a una killer application (se llama así al programa que catapulta una tecnología; en el caso de las PC fue la hoja de cálculo). Esta killer application fue la Web. Gracias al británico Tim Berners-Lee, hoy es posible recorrer los contenidos de millones de computadoras en el mundo utilizando una interfaz gráfica muy amigable. Como si esto fuera poco, el primer programa para Internet, el correo electrónico, se ha transformado hoy en una de los pilares de la civilización industrializada, como el teléfono o la radiofonía.

Y siguen los éxitos

Windows 2000 es una demostración casi teoremática de que la competencia bien entendida produce beneficios sustanciales para los consumidores.

Antes de que Linux tuviera alguna participación en el mercado, Microsoft gobernaba sin rivales. Pero en 1998 y 1999 los números empezaron a cambiar, y una cantidad considerable de compañías habían optado por Linux o FreeBSD para algunas de sus operaciones. ¿El argumento era acaso su costo cero? No. El argumento era la legendaria solidez de Unix.

La reacción de Microsoft no se hizo esperar. Para Windows 2000, la más reciente encarnación de la familia NT, la corporación invirtió unos 200 millones de dólares exclusivamente en mejorar (adivine) la estabilidad.

Los resultados son excelentes. Y por primera vez desde que derrocara a Lotus y WordPerfect, Microsoft se veía obligado a competir. Forzada por las imprevistas pero brillantes carreras de los Unix gratuitos, Microsoft absorbió esos 200 millones de dólares y los consumidores hoy no sólo ya no están limitados a una opción única, sino que tienen varias y todas ellas son mejores que aquella de antaño. El precio sigue siendo el mismo. Quod erat demonstrandum .

Aunque Microsoft no admitiría este escenario, no me parece casual que el mejor producto de la compañía haya surgido justo cuando le aparece un competidor y, por añadidura, se le sigue un juicio por monopolio.

A hacer los deberes

Pero ahora la pelota está en el campo de Linux y, así como Microsoft busca saldar sus asignaturas pendientes, Linux deberá saldar las suyas, si no quiere estancarse.

Si la inestabilidad fue siempre el talón de Aquiles de Windows, el de Linux es su complejidad. Esta es la cuenta por pagar. En su estado actual, el sistema compite con Windows NT y otros de ese calibre, pero si la industria pretende ofrecerlo al público común y a las oficinas hogareñas, entonces Linux tiene por delante un desafío inmenso.

Hoy el sistema es simplemente imposible para el usuario sin experiencia. Aunque consiga instalarlo y logre finalmente llegar hasta un escritorio semejante al de Windows, lo cual es excepcional, de todas formas tendrá que estudiar mucho antes de comprender lo que ocurre detrás de las ventanas, evitándose así errores que podrían ser catastróficos para sus datos. Como mínimo, tendrá que entender que no debe usar su computadora como superusuario ( root , en la jerga).

En rigor, creo que Linux deberá pasar por una metamorfosis mucho mayor que la de la interfaz gráfica propuesta por Eazel ( www.eazel.com ) y el Proyecto Gnome ( www.gnome.org ). Si quiere competir con Windows en el hogar y la pequeña oficina, los programadores deberían plantearse seriamente la existencia de una versión simplificada de Linux.

Esto, naturalmente, pone sobre la mesa una cuestión filosófica mucho más profunda y tal vez enciende una crisis de personalidad en la comunidad GNU. Los programadores más conspicuos de Linux se horrizarían ante la idea de simplificar el sistema, no importa cuál sea la meta.

Además, una gran parte de los obstáculos que ofrece Linux para el usuario común se origina en uno de los aspectos más positivos de su concepto: no está centralizado. No hay una autoridad ni un jefe de desarrollo. Avanza como la hierba, es inteligencia colectiva. Pero esto tiene un costo: hay que estar muy atento para no saltearse algo importante. Para los que aman la informática, esto es magnífico. Para el que simplemente necesita sentarse y trabajar con su computadora, es decir, la mayoría de los usuarios, es un caos.

Si las compañías que ahora apoyan a Linux realmente -como aseguran- quieren llevar el sistema al usuario no técnico, deberían por lo menos fundar el equivalente a la Internet Engineering Task Force . La modularidad característica de Unix permitiría que coexistieran pacíficamente las versiones domesticadas y las indómitas sin mayor embrollo.

Pero el momento es ahora, porque en el hogar y en la pequeña oficina Linux hoy competiría con Windows 98 y Millenium (poseen el mismo kernel), a los que les lleva una ventaja enorme en estabilidad y solidez. Más adelante, cuando Microsoft unifique el kernel a NT, la ventana de oportunidad de Linux será mucho más estrecha.

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