La psicología del apagón en los tiempos de WhatsApp

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Las redes sociales han cambiado todo. Hasta la forma en que atravesamos los cortes de luz
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18 de febrero de 2017  

Ya saben cómo se siente, sobre todo cuando llega de noche y en verano. El corte de luz no avisa. Pero, al mismo tiempo, si hace calor, si hay viento, si llueve mucho y caen rayos, en fin, en cualquier condición climática que no sea la del paraíso terrenal, uno presiente que la luz se puede ir. De modo que sí, maldecimos cuando se corta, pero también hay algo de alivio; ya no hay que estar temiendo que ocurra.

Unos segundos después, empieza la segunda etapa, signada por un interrogante punzante e insistente. ¿Será un corte grande? ¿Tardará mucho en volver? Por ahí vuelve enseguida. Recuerdo que cuando era chico circulaban una serie de teorías al respecto, todas ellas basadas en el modo en el que se había ido la electricidad. Si se había cortado de golpe, si había ido bajando de a poco, si las luces habían parpadeado un poco o mucho o más rápido de lo normal.

Era de rigor el irse a la terraza o salir al balcón para intentar ponderar la magnitud del apagón. Un ejercicio ocioso, porque si era grande, uno imaginaba que iba a tardar mucho más en volver; y si era sólo nuestra cuadra, uno imaginaba que la compañía nos daría menos prioridad que a otros barrios afectados. Ninguna de estas teorías era válida, por otro lado.

De a poco, tras estas verificaciones, luego de encender un par de velas, después de haber reclamado en el contestador automático de la compañía de electricidad, uno entraba en la tercera etapa. La de la espera. Que es, por cierto, la peor. Para los impacientes, como es mi caso, se convierte en un verdadero infierno. Hablo, claro está, de cortes de duración razonable. Se sabe que no pocos compatriotas han padecido apagones que duraron semanas. Eso, como he dicho en otra ocasión, pasa de incómodo a peligroso. Mi peor experiencia duró 29 horas; escapa a mi imaginación pasar dos semanas sin luz.

Pero, fuera de esos cortes demenciales, unos 15 minutos después de que se va la luz, cuando ya sabemos que no es algo menor, cuando nos notificamos de que no va a ser una noche con buena música, una pasta preparada con cariño y acompañada por un buen vino y una mejor charla, en ese punto empezamos a esperar que la electricidad regrese. Cada cual tiene sus estrategias para atravesar ese plazo, cuya primera arista es, claro, que no sabemos cuánto durará. Sería bien diferente si, por ejemplo, supiéramos que va a ser una hora. O dos. O siete. Porque la pasta y la música podrían postergarse una horita. Pero no siete.

En sus primeros minutos, esta fase se caracteriza por el dar vueltas, porque la cabeza intenta algo que, en rigor, es inviable. Esto es, trazar un plan que funcione sin luz, pero aguardando que la luz vuelva de una vez. Así, encendés más velas, ponés ordenadas sobre la mesada la cebollas, los tomates, la albahaca, los ajos y hasta hacés dominó con los ravioles.

Otrora, esta fase iba lentamente sumergiéndonos en una bronca resignada, en la que nos planteábamos comer algo ligero e irnos a dormir, con la esperanza de amanecer iluminados, por así decir. Pero en noches como la del miércoles último, cuando el sauce del jardín se movía menos que una foto y con una térmica venusina, tirarse en la cama no habría resuelto nada. Más bien al revés.

Cumplido el plazo, cuando los hados deciden que la electricidad puede regresar, sentimos euforia, pero también un recelo hiriente. ¿Acaso no se volverá a cortar? En esta tercera etapa estamos como al principio, pero un poco peor, entre otras cosas porque olemos a repelente de mosquitos, estamos empapados y se nos ha ido el hambre. Transcurren de este modo otros 15 minutos; sólo entonces nos atrevemos a apagar las velas y, dependiendo de la hora, regresar a la pasta o comer algo ligero e irnos a dormir.

No estamos solos

Pero, como adelanté, las redes sociales han cambiado esta dinámica. El miércoles último estaba en el diario cuando, por el WhatsApp del barrio, me enteré de que se había ido la luz. Nada nuevo, aunque este año hubo muchos menos cortes que el verano pasado. Pero noté una diferencia interesante. No había estado esperando un corte (porque todavía estaba acá, en el diario) y desde mi punto de vista el dato resultaba bastante abstracto (porque seguía con luz, música, agua, aire acondicionado, etcétera).

Dadas las imprevistas interconexiones de las redes sociales, muy pronto supimos que era un corte grande (sin que nadie saliera al balcón) y, por medio de la app de la compañía eléctrica, hicimos el reclamo y supimos que habían mandado una cuadrilla. Cosa que uno, que se ha ido haciendo escéptico a fuerza de decepciones, tendería a poner en duda. Pero no, vecinos que los vieron trabajando mandaron mensajes con la ubicación exacta de la cuadrilla, modelo del vehículo, chapa patente, número de operarios y tiempo en el lugar. Creo que no exagero si digo que, hasta ahora, aquello de “una cuadrilla está trabajando” era tomado más bien como un mito urbano.

Unas dos horas después, cuando se hizo la hora del regreso, la luz todavía no había vuelto. Sabía esto por WhatsApp, desde luego. Ahora, ¿volver o quedarme? Descubrí así un nuevo fenómeno asociado a los apagones: la especulación. Como a esas horas tengo más o menos 45 minutos de viaje y como la luz se había ido aproximadamente a las 16,30, tomando en consideración la duración promedio de los cortes en la zona (unas 2 horas), supuse que la electricidad estaría de vuelta para cuando llegara a casa.

Por supuesto, no fue así. Aterricé alrededor de las 19, y como todo seguía a oscuras concluí que no era un corte normal. Cosa que poco después confirmaron, obviamente, en el grupo de WhatsApp. Era de media tensión, dijeron. Pensarán que debería haberme quedado en el diario hasta que mis vecinos anunciaran –como ocurriría tres horas y media después, en una algarabía comprensible que, ciertamente, compartí– el regreso de la luz. Sí, pero eso sólo tenía sentido ahora, porque conocía la hora a la que había vuelto la electricidad. ¿Habría sido lo mismo si el corte hubiera durado toda la noche? Pongámoslo así: aposté y perdí. Es decir, el apagón como un nuevo juego de azar. Increíble.

Pero donde más influyen las redes sociales es en lo que llamaría la “soledad del apagón”, en sobrellevar la fase más dura, la de la espera. Uno puede padecer el calor y la oscuridad en compañía de su familia, pero resulta mucho más entretenido cuando un barrio entero está bromeando, tejiendo teorías, aportando ideas (algunas de lo más útiles) y actualizando datos respecto de la incómoda situación. Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Bueno, es mentira.

Además, y de nuevo a causa de las ingobernables estribaciones de las redes sociales, uno se siente menos sometido a los hados eléctricos. Rápidamente se sabe la ubicación exacta de la cuadrilla, si se cayó un eucalipto y arrasó con el cableado, si la luz ya regresó en alguna zona aledaña (la envidia es venenosa en tales casos, pero la noticia inspira esperanza), y así. Es, tal vez, lo mejor de contar con WhatsApp o Facebook cuando se va la electricidad. No es raro. Como ocurre en otros ámbitos, y si me permiten el juego de palabras, las redes sociales han venido a transparentar un poco los apagones. Al menos, mientras dure la batería del celular.

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