La Web no tiene la culpa

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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16 de marzo de 2019  • 00:00

Como saben, el martes se cumplieron 30 años desde que el británico Tim Berners-Lee propuso la idea de la Web. La plataforma más conspicua de la Red tiene varias fechas de nacimiento, como es bastante común en estas tecnologías. En agosto de 1991, Berners-Lee puso en línea la primera página Web de la historia. Un pequeño paso para él, un salto enorme para la humanidad. En abril de 1993, el Consejo Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN, por sus siglas en francés), donde trabajaba Berners-Lee, anunció formalmente que la Web pasaba al dominio público. Ese mismo año nacía el primer navegador gráfico, Mosaic, tatarabuelo de Firefox, Chrome y todos los demás.

Así que celebra, la Web, al menos cuatro cumpleaños. En 1989 fue propuesta. En 1990 Berners-Lee logró ponerla en marcha, con la ayuda del belga Robert Cailliau. En 1991 aparece la primera página en línea. En 1993 el CERN la dona a la humanidad.

En una carta que, al menos a mi juicio, es conmovedora, Berners-Lee dijo el martes que necesitamos un nuevo contrato Web, uno que proteja a los usuarios y defienda a este encumbrado servicio de Internet. Se refiere a las noticias falsas, el acoso, la polarización de la opinión pública, el cibercrimen, la piratería, los ataques patrocinados por los Estados, y, de forma algo ambigua, a la explotación de los datos privados de las personas. Ese nuevo contrato tiene una serie de principios, que pueden leerse aquí (en inglés)

Obstáculo que me sorprendió: tales principios, hasta donde pude ver, están solo en inglés. La traducción puede cederse a la inteligencia artificial, con los mediocres resultados esperables.

Más allá de eso, los principios que expone Berners-Lee son no sólo loables, sino exactamente, punto por punto, todo aquello que la industria y los gobiernos están haciendo mal. Incluso señalan ahí donde los usuarios también estamos metiendo la pata. Y está bien que sea así, porque son principios. Son desiderata.

Pero, aparte de que el texto solo está en inglés (y la Web es posiblemente el fenómeno más multilingüe de la historia humana, después de Babel), el error de pretender salvar la Web mediante estos principios es que no tienen nada que ver con la Web. Tienen que ver con la naturaleza humana (cosa que Berners-Lee niega). El error es comprensible, tomando en consideración que el británico es el padre de la criatura y, tal vez, se siente en parte responsable del abuso que compañías, políticos, Estados y particulares han hecho de su invención. Pero ni es su responsabilidad ni es culpa de la Web.

Uno de los principios obliga a los gobiernos a garantizar que todos sus ciudadanos puedan conectarse a Internet. Coincido en todo, sin ninguna clase de peros. Pero son muy pocos los Estados de este planeta que son capaces de garantizarles a todos sus ciudadanos el techo, el alimento o la educación.

Otra de las obligaciones de los Estados y compañías es la de respetar la privacidad de los usuarios. Si no fuera un hombre inteligentísimo, podría tacharse a Berners-Lee de ingenuo. Pero no. Sabe bien el destrozo que está ocurriendo por parte de gobiernos y compañías al respecto. Lo que no parece saber es que esto no tiene que ver con la Web. Ni siquiera con Internet. Volveré pronto sobre este punto.

Una de las obligaciones que el creador de la Web propone para las compañías es, por ejemplo, la de crear tecnologías que promuevan lo mejor de la humanidad y desafíen lo peor que hay en ella. Dejando de lado la interminable discusión sobre quién decidiría qué es lo mejor y qué es lo peor, el hecho es que no podemos definir una tecnología en términos éticos. Las mismas técnicas que llevaron a los horrores de Hiroshima y Nagasaki son capaces de tratar el cáncer o producir energía eléctrica.

Paradojas

Estos días me llamaron de varias radios por los 30 años de la propuesta inicial de la Web, y en todos los casos aparecieron los riesgos que supone esta tecnología, y, por supuesto, la declaración de principios de Berners-Lee. El problema es que todas las tecnologías verdaderamente disruptivas conducen a una paradoja.

Por ejemplo, el libro impreso solo iba a convertirse en uno de los mayores motores (si no el mayor) del progreso humano, si y solo si no se ejercía sobre sus contenidos censura previa. Eso, como se sabe, no ocurrió de inmediato. Pero, cuando obtuvimos ese derecho, vimos también publicarse algunas de las obras más ofensivas de la historia. Desde los panfletos nazis hasta un manual para convertirse en asesino a sueldo que originó batallas legales colosales. Pero ni Darwin ni Einstein habrían podido dar vuelta dos páginas fundamentales del conocimiento de nuestra civilización, si hubiéramos caído en la tentación de intentar eliminar la paradoja de las tecnologías disruptivas. Esto es, erradicarles todo posible uso malicioso, todo posible abuso. Gutenberg no tuvo la culpa de los folletines empalagosos ni de las novelas mediocres, que son la mayoría. Google calculaba en 2010 que hay unos 130 millones de libros en el mundo. Pero la cantidad de obras literarias descollantes caben en una docena de estantes. OK, hagamos dos docenas. O tres, da igual. Frente a 130 millones, son un puñado. Solo que ese puñado define a la humanidad. Gracias a Gutenberg.

Lo mismo ocurre con Internet, que es una tecnología para conectar redes, y con la Web, que es su servicio más popular. Hay alrededor de 1600 millones de sitios, y las páginas son, literalmente, incontables. Pero cada uno de nosotros sabe que solo un pequeño porcentaje de esos sitios contribuye de una manera sustantiva a nuestro bienestar, aporta información fidedigna o de alguna otra manera resulta beneficioso o, como mínimo, interesante. Al igual que en la biblioteca universal, hay toneladas de hojarasca. Y al igual que con los grandes libros, ese pequeño porcentaje de sitios grandiosos nos define y ha mejorado el mundo. Gracias a Bob Kahn, Vinton Cerf, Berners-Lee y muchos otros.

Opacidad total

Pero con Internet hay una vuelta de tuerca más. Como se trata de tecnologías opacas, el aporte enorme que hace a mi vida Google Maps, sin cuya ayuda no podría llegar casi a ninguna parte, porque soy un despistado incorregible, va de la mano con que no tengo la menor idea de lo que Google hace con los datos privados que sustrae de mis dispositivos.

Si con el libro enfrentábamos una sola paradoja, la de que con la imprenta se podían distribuir simultáneamente Los Miserables de Víctor Hugo o un libelo xenófobo execrable, aquí nos enfrentamos a por lo menos dos paradojas. Con Internet y, entre otros, la Web, se pueden difundir contenidos admirables, pero también porquerías que dan vergüenza ajena (o que son francamente peligrosas); igual que con el libro impreso. Pero ahora, este nuevo libro, este hipertexto que llega por las arterias de la Red, requiere de una infraestructura en la que pueden implantarse espías invisibles o ejecutarse virulentos ataques de denegación de servicio (la democratización de la censura, como la llamó alguna vez, con su lucidez habitual, Brian Krebs).

Los principios de Berners-Lee son admirables, pero pretenden que las mismas compañías y Estados que han abusado de la Red y de la Web empiecen a comportarse bien. El reclamo es justo, y es tal vez también necesario, pero mucho me temo que nada por el estilo va a pasar. No solo porque no parece haber voluntad (más allá de las altisonantes campañas de marketing), sino -y sobre todo- porque de ocurrir, sería imposible verificarlo. Un solo dato, escalofriante: estas maquinarias hacen en un segundo tanto cálculo que una persona con lápiz y papel necesitaría trabajar 60.000 años para igualarlas.

¿Soluciones? Ninguna simple, ninguna inmediata. Como ocurre cada vez que aparece un conjunto de tecnologías disruptivas (la escritura, sin ir más lejos), el mundo cambia de formas impredecibles. Lo he dicho otras veces, y sinceramente no me gusta aburrir o sonar reiterativo, pero una de las razones para que la programación se vuelva una disciplina temprana en las escuelas es que los líderes del mañana crezcan con una visión mucho más adecuada del mundo que la que tienen los de hoy.

La otra idea que se me ocurre es fijar un norte. No sabemos qué va a pasar ni en qué se va a convertir nuestro mundo en los próximos cien años, debido a estas tecnologías y varias otras, como la inteligencia artificial y la ingeniería genética (más aquellas que ni siquiera comos capaces de imaginar hoy). Pero por lo menos podemos decidir una dirección. No sabemos cómo llegaremos, pero vamos hacia allá. O hacia allá. O hacia aquél otro lado. En mi opinión, ese norte es proteger a cualquier costo la libertad de expresión. Lo demás, como siempre, es cuestión de tiempo.

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