Ni ángeles ni bestias, solamente robots

Ariel Torres
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29 de mayo de 2009  

Estos días he estado pensando mucho en la inteligencia artificial. No porque sí. Por un lado, releí la novela 2001: una odisea espacial , de Arthur Clarke. Hace poco hablé de la película de Kubrick. El libro es lo mismo y no lo es. Se trata de uno de esos casos raros en los que ambos me fascinan, pero por motivos diferentes. El otro, tal vez, es Blade Runner , de Ridley Scott, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? , de Philip K. Dick.

Después de 2001 , retomé la saga de Duna escrita por Brian Herbert (hijo del gran Frank) y Kevin Anderson. Para no extraviarme por completo -la adultez es esa etapa en la que uno tiene cada vez menos tiempo para leer- opté por seguir la precuela en orden cronológico. Arranqué entonces con La Jihad Butleriana .

Para quienes no han leído Duna , la frase suena a mamarracho. Brevemente: la Jihad Butleriana es la revuelta contra las máquinas pensantes (computadoras y robots) que tienen esclavizada a la raza humana y que concluye con la erradicación de toda la informática en el universo imaginado por Herbert. Ocurre 10.000 años antes de los eventos relatados en Duna y, por lo tanto, no se dan allí mayores detalles. Es una de las cosas geniales de Herbert: resulta verosímil porque no explica todo, no dice todo, no muestra todo. Y porque a uno lo deja con ganas de volver a visitarlo, cosa que Brian y Kevin han sabido aprovechar bien.

La Jihad Butleriana , primera novela de la serie de precuelas de Duna , arranca, pues, con una humanidad desplegada por muchos planetas, pero oprimida por una supermente informática, llamada Omnius (ameritaba un nombre menos obvio) y con numerosos robots inteligentes y autárquicos. Algunos son tan independientes que se preguntan sobre la naturaleza humana. Especialmente inquisitivo es, en este sentido, uno llamado Erasmo.

Malo, malo, malo

Así que entre HAL 9000 y los robots represores de Duna , no pude menos que volver a plantearme este conflicto que, bajo diferentes luces, aparece una y otra vez en la literatura de ciencia ficción. Desde Terminator hasta Yo, Robot y The Matrix .

Algo parece obvio. Las computadoras y las máquinas nos vienen como anillo al dedo para crear un enemigo no sólo malo, sino también ajeno. Tan amoral es la maquinaria que el Terminator villano regresará en segunda parte como salvador.

El más logrado sigue siendo, en mi opinión, HAL.

Primero, porque está más cerca de lo que hoy tenemos en nuestras casas. En la novela, Clarke dice que empezó a funcionar el 12 de enero de 1997; en la película, Kubrick, menos habituado al resbaladizo calendario de la especulación científica y técnica, lleva esa fecha a 1992.

Segundo, HAL es más un antihéroe que un villano. Aunque en la película no queda claro, la novela es explícita al respecto: la pobre computadora empieza a desarrollar síntomas neuróticos porque se ve obligada a mentir. Bowman, víctima y victimario de la malograda máquina, terminará por perdonar las acciones homicidas de HAL.

En todos los demás casos, las computadoras y los robots se nos vuelven en contra con algunas excusas bastante disparatadas. Tanto como la literatura proyecta nuestros dramas cotidianos sobre cuanto extraterrestre ataca la Tierra, lo mismo hace sobre las máquinas pensantes . En febrero toqué este asunto tangencialmente, al mencionar que los malos de dos de mis películas favoritas eran en realidad software, programas: HAL 9000 y el agente Smith, de The Matrix .

Olvidé en ese momento mencionar Star Trek , que es contemporánea de 2001 . En la serie original, la computadora de a bordo no juega un papel protagónico. Pero más tarde, en los sucesivos renacimientos de la serie, aparecerá Data, un robot bienintencionado, casi la antítesis del Ash de Alien , y un personaje tan querible como revelador. Porque, ¿qué nos diferenciaría de las máquinas, si éstas alcanzaran la conciencia?

Tal es, en el fondo, la obsesión que ocupa la mente del robot Erasmo en La Jihad Butleriana . En el caso de Data, la diferencia es mínima. Es el empleado del mes todo el tiempo..., hasta que le instalan un chip emocional. Ahí empieza a cometer errores. Errare humanum est , sí, pero, ¿por qué?

Data es el heredero del Señor Spock que, como buen vulcano, interpreta la realidad en términos lógicos y muchas veces se sorprende porque los humanos llegan más rápido a conclusiones más acertadas, pero por medios completamente irracionales. También Spock perderá la impasible calma vulcánica cuando las emociones entren en juego, como en la ocasión en que debe volver a su mundo para desposar a su prometida; ese capítulo, titulado Amok Time , fue escrito nada menos que por Theodore Sturgeon, uno de los grandes de la ciencia ficción.

Siento, luego existo

Así que las emociones, que el robot Erasmo intenta desesperadamente comprender, hacen más que la conciencia por definirnos como humanos. Terminator carece de ellas, aunque al final de la segunda película admite que ha empezado a entenderlas; esto, antes de inmolarse. Los robots suelen pagar caro la experiencia emocional; Data es un caso de manual. HAL se muestra emotivo poco antes de ser desconectado, no sin motivos. El Arquitecto de The Matrix encuentra que los patrones del amor y los de la locura son muy semejantes. No entiende nada, en suma. Típico de las computadoras. Son rápidas y eficientes, pero incapaces de hacer buenos chistes, cometer una estupidez por amor, enamorarse de la persona equivocada o enamorarse en general, tener chispazos geniales, ser impredecibles -esto perturba mucho a Erasmo- o simplemente mentir. Uno de los personajes de La Jihad Butleriana se siente incómodo en un momento porque uno de los robots con los que trabaja a diario ha aprendido de él la capacidad de mentir.

No obstante estas graves limitaciones, HAL y cualquiera de los robots célebres pasarían con éxito el test de Turing, el criterio que venimos usando para determinar si una máquina es inteligente. Adelantados a su tiempo, como suele ser, los escritores y directores de cine han visto algo más. Ninguna cosa es inteligente si no siente emociones.

Ese perro, sin tener conciencia de sí ni del tiempo, sin poder hablar y sin estar en condiciones de realizar las abstracciones de un chico de 7 años, es más inteligente que todas las computadoras del mundo (incluidas las de la ficción) cuando descubre que estamos tristes y pone entonces su cabeza sobre nuestro regazo para mirarnos con esa mirada que sólo los perros pueden poner. O que se queda silenciosamente a nuestro lado los cinco días que pasamos en cama con gripe. Un sermón inspirado es una tontería cuando uno necesita tan sólo un abrazo.

Por cierto, hoy es más o menos sabido que no se puede juzgar la inteligencia de un ser humano por medio de un test. O una batería de tests. Es un todo que incluye factores que no se pueden medir: las emociones, la intuición, la personalidad. El alma, en suma.

En la hoguera

Excelente. Pero ese no es el punto, ni mucho menos. El punto es que un programa de computadora puede en realidad resolver problemas matemáticos y lógicos con mayor rapidez y eficacia que nosotros. Esa es su naturaleza, no dudamos de que las máquinas calculan mejor y más rápido.

Inversamente, tenemos el prejuicio de que las computadoras y los robots no podrían jamás sentir con legitimidad. Como Data, necesitarían un chip. Al igual que Spock, no comprenden la locura que el verdadero Erasmo elogió (no exactamente, a decir verdad).

Me temo que las cosas no son tan sencillas. Creo que es la emoción lo que nos hace inteligentes. Razonar es tan fácil que hasta una computadora de bolsillo puede hacerlo. Ese no es el desafío. El desafío es pensar de la forma correcta incluso cuando estás furioso, en el trance de un duelo o, como los buenos capitanes, en medio de la tormenta. No hay drama humano ni en la instintiva fidelidad del can ni en la indiferente y abstracta conciencia de HAL.

La naturaleza humana es una hoguera que se ha encendido porque combina estas dualidades únicas, la conciencia inteligente y el instinto animal, el razonamiento abstracto y las emociones más entrañables, el lenguaje, la matemática y la lógica, pero también el inefable amor o la no menos inefable fe.

Hace mucho lo dijo San Agustín, y Descartes coincidió luego: somos mitad ángeles y mitad bestias.

Los robots, ni lo uno ni lo otro.

PosData

Sigo pensando y descubro que esto no concluye el debate. Acaso, lo entabla. Porque no hay en rigor ningún obstáculo para que un organismo cibernético alcance la inteligencia, pero también las emociones y la conciencia. Otros autores, más profundos, como Stanislav Lem, han visitado esta cuestión.

El asunto no tiene nada que ver con los chips o la biología basada en el carbono.

Tiene que ver con los misterios últimos de la vida. Nosotros nacemos. Las computadoras y los robots son fabricados. Nosotros morimos e iniciamos nuestro retorno a la divinidad. Las máquinas se descomponen y van al desarmadero. Nosotros tenemos un destino. Los dispositivos, botones. Nosotros estamos vivos, ellos están funcionando.

Las emociones quizá son una compleja y muy depurada estrategia para enfrentar el inescrutable enigma de nuestra propia naturaleza. Para hacer lo mismo, un robot sólo tendría que ponderar el plano de sus circuitos o evaluar el código fuente de su programación.

No es lo mismo.

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