Tecnología fascinante, pero con desafíos

Maximiliano Firtman
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23 de noviembre de 2013  

Escribo esta columna en un vuelo intercontinental y no puedo dejar de pensar cómo será este viaje en unos años con dispositivos como los Oculus Rift, que tuve la oportunidad de probar. Podría estar visitando el mundo de la película Avatar , o una versión histórica vívida de la ciudad que voy a visitar.

Con los Oculus Rift probé un juego donde debía liquidar unos gusanos mutantes con la mirada, otro de terror donde me perseguían seres del más allá y una simulación realista de una montaña rusa. Tengamos en cuenta que es como estar ahí, escuchamos el fantasma en nuestra nuca y si damos vuelta la cabeza lo vemos; miramos para bajo en la montaña rusa y vemos 200 metros de altura; los sentidos se confunden y nuestro cerebro siente vértigo real.

El engaño al cerebro no viene gratis. Si la física del juego o simulación no se condice con lo que nuestro cerebro espera del mundo real, podemos empezar a sentir mareos y dolores de cabeza. El dispositivo tiene todavía algunos desafíos: no es inalámbrico; no vemos nuestro propio cuerpo dentro del mundo virtual y estamos muy tentados a movernos físicamente en el mundo real, mientras tironeamos del cable que nos conecta a ese mundo. Todos desafíos que van a poder superarse a futuro. Como amante de la ciencia ficción no pude más que disfrutar viendo tan real y tangible el nuevo mundo de la realidad virtual. Imagino también que como toda nueva tecnología nos abrirá nuevas preguntas, dilemas y trastornos. Lo que sí sé es que el cinturón de seguridad de mi asiento tendrá nueva función: mantendrá quieto mi cuerpo en el mundo real mientras volamos en la imaginación de un mundo virtual.

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