Inmigrantes digitales: una ONG que ayuda por partida doble

Inmigrantes Digitales ya brindó conocimientos básicos sobre tecnología a los más de 2000 participantes de sus talleres. En la foto, Agustín Aleo con sus alumnos
Inmigrantes Digitales ya brindó conocimientos básicos sobre tecnología a los más de 2000 participantes de sus talleres. En la foto, Agustín Aleo con sus alumnos
Cintia Perazo
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8 de junio de 2019  • 00:45

Verónica Capurro tenía una exitosa profesión, trabajando en el área de capacitación y desarrollo de talentos, dentro de una multinacional. Cuando pensaba que nada podría ir mejor se enteró de su segundo embarazo. Seis meses más tarde nació Bruno -hoy de 13 años-, y a partir de ese momento su vida dio un giro de 180 grados. El niño nació con autismo y síndrome de Down. No sólo la vida laboral de Capurro cambió por completo, sino también sus intereses y prioridades. "A partir de Bruno comencé a trabajar en organizaciones sociales, en temas de discapacidad. Lo primero que observé fue que las posibilidades laborales para estas personas eran muy escasas. Así fue que empecé a buscar alternativas para poder ayudar, desde mi especialización", recuerda.

Agustín Aleo (22 años), en cambio, tuvo dificultades desde su nacimiento. Sufre acondroplasia, una displasia ósea ocasionada por un trastorno genético y la principal causa de enanismo. "Más allá de los problemas de salud que acarrea, esta enfermedad ocasiona otros inconvenientes más simples, como viajar solo en transporte público o conseguir un trabajo, dos objetivos que parecían incansables para mí", resume Aleo.

Carina Llorenty, hoy de 42 añoscontrajo poliomielitis a los dos. "Sólo tengo problemas en una pierna, lo que me obligan a caminar con cierta dificultad", señala. Pero este problema de salud marcó su personalidad y sus ganas de superarse y de ayudar a otros. "Soy boliviana y llegué a este país en 2009. Me costó mucho conseguir trabajo acá, a pesar de haber estudiado Trabajo Social y de haber llegado con gran experiencia en mi especialización. En Bolivia fui directora del área de Educación y Formación en una importante fundación. Fue tan complicado comenzar a trabajar, que empecé a sentir mucha inseguridad, miedos y hasta llegué a pensar que yo era el problema", dice, aún con cierta angustia.

Estas tres historias un día se cruzaron, y a partir de ese momento no sólo se ayudaron mutuamente, sino que ayudaron a otros, al formar parte de Inmigrantes Digitales. "Esta ONG surgió como una idea de Beatriz Pellizzari, que hoy integra el consejo asesor. Beatriz me comentó que quería realizar un proyecto donde las personas con discapacidad sean instructores de personas que necesitan aprender a utilizar tecnología. Empezamos pensando en mayores de 45 años, porque cuando ellos nacieron la tecnología no estaba instalada. Pero después nos dimos cuenta de que, si bien los jóvenes manejan los dispositivos fácilmente, también son inmigrantes digitales, porque el uso que hacen de los equipos es instrumental, no lo utilizan para trabajar o estudiar", observa Capurro, que hoy es directora ejecutiva de Inmigrantes Digitales.

Según las estadísticas que manejan en esta ONG, una de cada tres personas no tiene acceso a Internet, y el 40% de los que acceden no sabe utilizar las herramientas digitales básicas. "Al ver ese otro problema decidimos que las personas discapacitadas sean las que enseñen a los que llamamos inmigrantes digitales. Me acuerdo que uno de los participantes de nuestro taller era Aarón, de 69 años, que había trabajado muchos años en comercio exterior. Vino sin muchas esperanzas de encontrar trabajo, por su edad. Mientras estábamos en el taller subió su perfil a LinkedIn y a las tres semanas consiguió empleo. El mercado necesitaba alguien con su experiencia, simplemente no se encontraban", señala Capurro.

Además, desde esta organización social ayudan a los emprendedores que nunca habían utilizado un dispositivo tecnológico. "Vienen personas que venden ropa, por ejemplo, y que necesitan montar su negocio online, pero no saben utilizar tecnología", continúa Capurro.

También trabajan con jóvenes en situación de vulnerabilidad social. "Solemos preguntarles cómo buscaban trabajo y ellos nos dicen que van hasta la esquina o a la vuelta de donde viven, para ver si hay algún pedido o cartel donde soliciten empleados. Cuando les decimos que pueden buscar con sus celulares o dispositivos digitales se asombran y se llenan de optimismo al darse cuenta de que pueden llegar más lejos y a muchas personas", relata Capurro.

Formando formadores

Los profesores de esta ONG reciben 300 horas de formación técnica, y aprenden 15 herramientas digitales. Los docentes tienen, fundamentalmente, dos tipos de discapacidad: motriz o visceral. "Tienen dificultad motriz en alguna parte de su cuerpo y los que tienen problemas viscerales son, por lo general, personas que tienen órganos comprometidos. No pueden tener dificultades cognitivas ni conductuales, al menos no por el momento, porque no tenemos posibilidad de contar con un tutor. Y, por otro lado, nuestros profesores deben tener autonomía, no sólo para trasladarse sino para interactuar con el equipo en forma online", explica.

La ONG tiene dos años de vida. "En ese tiempo tuvimos 2000 participantes, 40 instructores y 100 talleres. Los talleres son de cuatro horas y muy prácticos, porque el objetivo es que los alumnos se apropien del uso, y que sea cercano a la necesidad que tienen. Queremos que se lleven justo lo que vienen a buscar", resume la directora.

Esta ONG, que no recibe subsidios, por ahora ofrece talleres a gobiernos y a empresas. Ganaron el premio IncuBA Social 2017 del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, gracias al cual consiguieron una oficina y recursos para realizar un plan de formación de 30 instructores.

"Ahora queremos convertirnos en unidad formadora para trabajadores sociales. Nos están llamando de colegios para formar a los jóvenes, pero no logramos tener continuidad. Necesitamos que nos financien para poder convertirnos en una unidad formadora y lograr esa continuidad laboral que tanto necesitamos", dice la directora.

Para Agustín esta oportunidad significó mucho más que un trabajo. "Había participado de búsquedas laborales pero siempre quedaban en llamarme, y no lo hacían. Eso me causaba una gran frustración. Cuando me avisaron que comenzaba a trabajar en Inmigrantes Digitales, la vida me cambió por completo. Me animé a viajar con mis compañeros y comencé a estudiar Relaciones Públicas. Por eso digo que Inmigrantes Digitales me abrió muchas puertas, desde la independencia hasta la confianza para hablar en público".

Mientras Agustín habla, Carina Llorenty asiente con la cabeza. Parece emocionada al verse reflejada con sus palabras y su historia. "A veces la inseguridad nos juega malas pasadas, y aunque tengamos conocimientos, nos limitamos", afirma.

Cuando se le pregunta por sus sueños, Carina dice que tiene muchos, pero entre los inmediatos quiere terminar su licenciatura en gestión y administración de políticas sociales. "Estudiar me ayuda a no quedarme en el tiempo, porque trabajar en esto requiere de una actualización constante. Mi otro sueño es ver crecer a Inmigrantes Digitales. Quiero que llegue a toda la Nación. Quisiera tener aulas móviles para que podamos llegar a los lugares que hoy no podemos", finaliza, emocionada.

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