“Cuanto más conozco el mundo, más quiero mi casa”

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24 de septiembre de 2018  • 03:04

Parecerá curioso, que un sujeto que detesta los viajes como yo, haya sido convocado como columnista de una revista como LUGARES. "Para viajeras, estamos nosotras", me respondieron. "Nos interesa justamente tu visión del tema". No entiendo por qué. Yo simplemente no comparto esa avidez mundial por "conocer". No estoy en auge, pero no me parece tan descabellado. Cuando era adolescente, confundido como todos, entré un poco en la variante de salir con la mochila. Debuté en La Paz, donde me recibieron los 4.000 metros de El Alto, su aeropuerto. Antes de hacer migraciones, caí redondo, desmayado por el "soroche", la primera palabra de la cultura andina que vine a conocer. No sé cómo le dicen los quechuas y aymaras al vómito, que fue lo que siguió, pero lo cierto es que no se detuvo hasta que no bajé al llano, que juré entonces no volver a abandonar.

En esa ocasión, elegí trasladarme hasta Perú, donde todos me dijeron que no podía irme sin probar la gaseosa local, la Inka-Cola. Un brebaje cuyo color amarillo atentaba contra mis principios, a los que les importa un comino el color local. Pero bue. Probé la Inka-Cola, que parece jugo de chicle bazooka. Una porquería líquida con la que bien se puede vivir sin haber experimentado. Definitivamente yo soy de la pampa húmeda. Qué me tengo que ir a estresar en el camino a Ezeiza a ver si me ataja un piquete y no puedo tomar el avión, y si el avión se cae, y si me pierden la valija, y si el hotel que me reservó la agencia es un horror o si el que reservé por internet no existe, y si me clonaron la tarjeta por ingresar los datos en el ciberespacio. A quienes dicen que cuando más conocen al hombre, más quieren al perro, yo les empato con que cuanto más conozco el mundo, más quiero mi casa.

Si quiere dar su opinión sobre esta columna, escriba un mail a lugares@revistalugares.com.ar

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