Cuento mi viaje: Marruecos, medinas y couscous

Gustavo Reali y su esposa viajaron a España para encontrarse con su hija y emprendieron juntos un tour profundo por Marruecos, desde Marrakech hasta el desierto Erg Chebbi, pasando por Fez y Tánger, con final en la ciudad española de Granada.
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28 de septiembre de 2016  • 00:00

Llegamos a Marrakech desde las Islas Canarias. Nos esperaba en el aeropuerto el chofer del riad. Los riads son posadas que conservan la estructura original de las casas marroquíes, con un patio central en el que nunca falta una fuente de agua. Con apenas un día, el plan era conocer la plaza Jemaa el Fna. Allí se encuentran encantadores de serpientes, vendedores y artistas callejeros? es una interminable romería. Hay restaurantes formales y puestos callejeros donde los cocineros compiten por los clientes a viva voz. Pueden escucharse frases como "¡Aquí hacemos el mejor tajine! Coma aquí, dos años sin diarreas nos avalan" o "No coma al lado, todos se enferman". Uno de esos argumentos nos convenció para sentamos a cenar tajine de pollo con couscous y verduras, choricitos asados y dátiles. Después tomamos un café en la terraza del Café de la France, con una vista imperdible de la plaza. Por las callecitas de la medina, dimos con un vendedor de turrones. Este hombre negro, alto y de elegantes facciones, vestido con el típico kaftán (túnica marroquí), dividió en pequeñas porciones una barra de miel, almendras y pistachos, que guardamos para lo que seguía: el desierto.

La Gran Duna Roja de Erg Chebbi

Partimos en una 4x4 hasta Ouarzazate. El cruce del macizo del Atlas transcurre por una impresionante ruta que sube, atravesando bosques de cedros. Hassan, el guía, nos llevó a conocer una cooperativa de productoras ?mayormente mujeres viudas? de aceite de argán, usado en la cosmética y la alimentación. Pasando el abra, comienza el descenso a la región semidesértica de Souss-Massa-Drâa. La visita al K´zar Ait ben Haddou es un viaje al pasado. Este alcázar, utilizado en películas por su formidable estructura de adobe, fue refugio de judíos, cristianos y musulmanes, que comerciaban con las caravanas que se acercaban a Marrakech provenientes del África profunda. Al día siguiente conocimos la Garganta del Todra, un cañón parecido al de Talampaya, con un río permanente de agua fría. Camino a Merzouga, paramos en Tinejdad y en la cantera de Erfoud para comprar fósiles (es mejor comprarles a los pulidores, ya que en la ruta ofrecen fósiles falsificados). Después fuimos en busca de los camellos para emprender un viaje de tres horas al campamento bereber formado por haimas en la Gran Duna del desierto de Erg Chebbi. Compartimos tajines y couscous con otros turistas y disfrutamos de música típica en la cálida noche. Dormir en el desierto es una experiencia única: el silencio absoluto, el cielo estrellado y la fina arena caliente entre los dedos de los pies. Aprendí de los bereberes que los tajines ?platos hondos con tapa cónica usados para cocinar?, son mejor de aluminio, y no los de cerámica que se rajan con el fuego. También nos enseñaron un instrumento de navegación para orientarse de noche, llamado cruz del desierto o cruz bereber.

Mercado de Rissani y recital en Khamlia

Antes del amanecer nos despertaron para ir a ver la salida del sol desde lo alto de la duna. Los guías fueron a buscar los camellos que se habían dispersado por el desierto. Pasamos por el mercado de Rissani, donde se comercian herrajes, ganado, cueros, dátiles y telas. Compramos una madfouna, un pan muy sabroso relleno de carne de sabor agridulce que me hizo recordar las empanadas con pasas de uvas y mucho comino. Nos llevamos especias, tajines de aluminio, cruces del desierto y manos de Fátima, que sirven de amuletos. Tras una siesta y un chapuzón en la pileta, fuimos en 4x4 hasta Khamlia, llamado "el pueblo de los negros" porque fue formado por africanos que trabajaban los cultivos de los árabes y bereberes. En forma de pago, les cedieron tierras y sus descendientes dieron origen a la música gnawa. Los locales nos ofrecieron un minirecital de este ritmo, que hoy se escucha en todo el Magreb.

La gran medina de Fez

La ruta sube hasta los altos valles del Atlas, hay vacas en vez de dromedarios y perros de pastoreo. Abundan las pasturas, el aire es frío y en invierno nieva tanto que la ruta suele cerrarse. En el parque del cedro centenario Gouraud le dimos de comer albaricoques a los monos macacos y en Ifrane probamos el chocolate caliente del Café La Paix. Llegamos a Fez al anochecer y nos hospedamos cerca de la puerta azul o Bab Boujloud. Fez era una de las capitales imperiales y se nota en su arquitectura. Los detallados mocárabes, los azulejos y yesería denotan la labor de miles de artesanos contratados por quienes honraban a Dios por medio de la armonía de las formas. El guía Said El Idrissi nos acompañó por el laberinto de la medina. Recorrimos tumbas, mezquitas, la primera universidad del mundo, los zocos.. Almorzamos en el Café Berrada, un restaurante familiar cuyo dueño es un personaje y la comida, 100% marroquí. Visitamos la ciudad nueva con bulevares arbolados, residencias imponentes, supermercados y restaurantes. El contraste con la medina antigua es notable; es una ciudad moderna y pujante. Volvimos a la medina sólos... ¡y nos perdimos! Aparecimos en un pequeño negocio y me tentó un libro de cocina marroquí. Me animé a ofertar por un tercio del valor que me dieron. Para mi sorpresa, Niu, el dueño, no sólo me lo vendió sino que nos acompañó a comprar babush (los zapatitos puntiagudos, dignos de Las mil y una noches) en un improvisado tour por la medina y nos invitó a tomar harira, una sopa espesa y picante, con la que se rompe el ayuno durante el Ramadán. Lleva lentejas, carne, tomate y especias, se acompaña con dátiles y chebakia, unas galletitas dulces.

Tánger, Algeciras y Granada

Cinco horas de tren separan a Fez de Tánger, atravesando campos de cebada, trigo y olivares que explican porqué Roma pobló esta zona. Arribamos al Hotel Continental, una reliquia construida sobre la muralla defensiva de Tánger. Al lado está la medina, más pequeña que la de Fez y Marrakech y más agresiva con los turistas. Como ya veníamos con training en negociación, no la pasamos tan mal. Aunque es más directo cruzar de Tánger a Tarifa (España) con un ferry de pasajeros, decidí viajar hacia Algeciras en un ferry carguero porque deseaba ver el peñón de Gibraltar. El cruce del estrecho fue magnífico; el día era tan diáfano que me permitió ver las columnas de Hércules como las había imaginado en mis lecturas infantiles. En el puerto de Algeciras, el espectáculo son las gigantescas grúas que cargan contenedores entre los barcos. Una vez sellados los pasaportes, un taxi manejado por una andaluza nos llevó a almorzar. Qué placer es comer en Andalucía, ni hablar del salmorejo, el jamón, las olivas.. Pusimos rumbo a Granada. La mágica Alhambra nos maravilló. Del enorme complejo, los Palacios Nazaríes son lo más deslumbrante. Me sorprendió el alegre bullicio de la ciudad; no imagino a un granadino con depresión. Recorrimos varios bares, en cada uno se festejaba algo. Nos cruzamos con varios gitanillos beodos que nos invitaron a fiestas; dos señoras con chispa nos acompañaron hasta el mirador de San Nicolás, en el barrio gitano de Albayzín. Terminamos en la imponente catedral donde descansan los Reyes Católicos. Andalucía nos atrapó con su magia. Para contactarse con el autor de la nota: Gustavo Reali - realig@yahoo.com.

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Nota publicada en revista Lugares n° 235, noviembre de 2015.

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