La vuelta a Puelo

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17 de noviembre de 2009  • 00:00

Unos 15 km al sur de El Bolsón, derecho por la RP 16 se llega a Lago Puelo, primera localidad al sur del paralelo 42 y puerta de entrada al Parque Nacional homónimo. Los visitantes que recorren la Comarca Andina suelen soslayar estos parajes, a los que se acercan nada más para conocer el lago o, a lo sumo, pasar una tarde en la playa del desembarcadero.



Pero Lago Puelo (enclavado en un valle cordillerano que se ubica a sólo 170 metros sobre el nivel del mar) tiene atractivos suficientes como para justificar la visita. Por empezar, el microclima, que lo distingue del resto de los Parques Nacionales del corredor de los lagos. Aquí es posible encontrar especies típicas de la selva valdiviana chilena como el tique, el avellano, el ulmo o el lingue, que crecen palmo a palmo junto a los cipreses, coihues y arrayanes.



Los cambios en la vegetación se acentúan a medida que se viaja al oeste, en dirección al denominado Paso Puelo, el límite geográfico con Chile y la separación entre los lagos Puelo y el Puelo Inferior. Fue a través del mencionado paso que a principios del siglo pasado llegaron los primeros arrieros, provenientes del país vecino, para asentarse en la región.



Si bien Lago Puelo ha crecido dentro de la órbita de El Bolsón, y por mucho tiempo funcionó como un barrio más de esta localidad, poco a poco va delineando su identidad al desarrollarse con una oferta turística propia. El espíritu pionero de aquellos primeros pobladores y el posterior utopismo hippie de los años 70, aún se respira en esta pequeña población de cinco mil almas.



Hacia el Puelo Inferior




Según se cuenta, una de las acepciones de Puelo en lengua mapuche es fin del camino, y algo de verdad hay en esto, ya que aquí viene a morir la RP 16. Llegamos así, una mañana al embarcadero del Parque Nacional Lago Puelo, para cruzar en semirrígido hacia el Puelo Inferior del lado chileno. Teníamos mucho interés en llegar hasta donde sabíamos que se estaba desarrollando un importante emprendimiento eco turístico, y no nos lo queríamos perder.



Embarcamos, dejamos atrás la desembocadura del río Azul, que a su paso tiñe de turquesa las aguas del lago, y continuamos hasta la bahía, punto en el que se emplaza el puesto de gendarmería. Realizamos migraciones y seguimos hasta el fondo del brazo oeste, sector conocido como Los Hitos.



Allí, en el límite exacto con Chile, donde el río Puelo comienza su largo viaje hacia el Pacífico, debemos hacer un trasbordo. Si bien no son más de 300 metros los que separan al Puelo del Puelo Inferior, ambos lagos presentan un desnivel de 20 metros, por lo que es necesario atravesar una serie de rápidos. Nuestro capitán es hábil con el timón y los sorteamos sin mayores inconvenientes.



El Puelo Inferior se encuentra encajonado entre dos cordones montañosos conocidos como Aguja Norte y Aguja Sur, sobre cuyas laderas se despliega, como un  denso manto verde, la selva valdiviana.



Llegamos 20 minutos después al muelle de carabineros pero, para nuestra sorpresa, el retén se encuentra unos 500 metros más arriba, literalmente perdido en medio del bosque. No nos queda otra que sortear esa distancia y ya con el papeleo en regla nos trasladamos, por agua, hasta ese destino.

Ubicado en una propiedad de 353 hectáreas de bosque nativo, el mentado complejo ocupa el lugar que supo ser el lodge de pesca La Cabaña ( LUGARES N° 106), a cuya estructura original se añadieron una serie de cabañas.



Todo este paraje es sencillamente fascinante; pero así como estuvimos dispuestos a recomendarle a los lectores de LUGARES un dato de oro para conocer esa zona del Puelo, tenemos que descartarlo: al cierre de esta edición nos confirman que no recibirán huéspedes. Fin de un camino largo y sinuoso y a otra cosa.



De vuelta al pago



Con el nuevo día, desandamos el camino a la Argentina. Poco más de dos horas después llegamos nuevamente al embarcadero de Lago Puelo. Allí nos reunimos con Lucas Gandulfo, de la hostería Frontera, ubicada en el paraje Las Golondrinas sobre las faldas del Piltriquitrón.



Esta hostería inaugurada en 2005 es, sin dudas, una de las mejores opciones de alojamiento en Lago Puelo; está emplazada en una propiedad de cuatro hectáreas de bosque nativo y cuenta con cuatro pequeñas habitaciones, muy cálidas, en las que reina el confort. Para los que buscan una mayor privacidad hay dos cabañas  separadas, cada una con capacidad para cinco personas.



Los padres de Lucas son Esteban Gandulfo y Elvira, quienes de cierta manera reflejan el espíritu de Las Golondrinas: son oriundos de Buenos Aires, como casi todos los de la zona, que cambiaron el ritmo de la ciudad por un estilo de vida más relajado y en contacto con la naturaleza.



Según nos cuenta Esteban, Frontera se inspira en los bed & breakfast que él mismo conoció en un viaje por Irlanda. Mientras se deleitaba probando los diferentes full Irish breakfast, pensó que "si alguna vez llego a poner un b&b, tengo que ofrecer algo como esto". Y de hecho cumplió, ya que los desayunos en este tres estrellas son uno de sus fuertes. Sobre todo la panificación, que elabora Esteban en persona todas las mañanas. 



Las Golondrinas



Desde hace diez años esta zona vive un verdadero boom inmobiliario; los antiguos campos se fraccionan en lotes y el paraje va adquiriendo la fisonomía de una villa turística.



Por empezar, nos encontramos con media docena de establecimientos agroturísticos, y decidimos visitar un par de ellos. Abalauquen, a sólo dos cuadras de Frontera, es una chacra de dos hectáreas dedicada al cultivo de fruta fina y a la elaboración artesanal de dulces. Propiedad de la familia Harmath, ofrecen la posibilidad de visitas guiadas por los sembradíos de frambuesas, moras, boysemberries, frutillas y grosellas. También cuentan con cabañas que alquilan y una pequeña tienda donde se pueden adquirir sus productos. 



En Santa Rita rige la ley de la producción orgánica a ultranza, ya que aquí se cultivan más de 150 especies de hierbas aromáticas y medicinales, con las que elaboran aceites esenciales y otros productos terapéuticos. Ana y Mario Oyharçabal son los dueños de esta propiedad de 13 hectáreas que no sólo ofrece la posibilidad de recorridas, almuerzos, servicio de té y hospedaje, sino que también cuenta con un pequeño centro de salud donde Mario, cirujano de profesión, prescribe diferentes tratamientos naturales de aromaterapia y nutracéutica (terapia nutricional). 



Mientras Ana nos conduce por sus almácigos repletos de flores, nos ilustra sobre lo que significa llevar adelante un establecimiento orgánico. "Ser orgánico es un fundamentalismo, no se puede serlo a medias". Por ejemplo, aquí sólo se emplean ovejas para cortar el pasto y abonar de la tierra; se practica la silvicultura (cultivo de pinos) y la permacultura (sistema en el que las plantas funcionan en un ecosistema propio; se produce humus a partir de la acción de las lombrices; se usan abejas y diferentes plantas como cortinas antibacterianas para mantener los insectos a raya y así evitar los pesticidas? en fin, todo bien natural.



En Las Golondrinas hay un vitralista francés, y a su atelier vamos. El hombre se llama Fabrice Nicolin, quien nos recibe con toda cordialidad y nos explica que, entre otras técnicas, aún trabaja la original del vitraux, ensamblando las piezas de vidrio con plomo, tal como se hacía en el siglo XII. Si bien produce más para un mercado extranjero, hay trabajos suyos que pueden apreciarse en algunas iglesias de las ciudades costeras de Chubut.  



De camino a la hostería, aprovechando que es domingo, echamos una rápida recorrida por la Feria Regional de Golondrinas, que tiene la peculiaridad de desarrollarse dentro del bosque.



Villa Lago Puelo



Parecería no ser más que un satélite en la órbita de El Bolsón, del que lo separan sólo 15 km, pero la realidad es que este pueblo de aproximadamente cinco mil almas, posee un gran potencial turístico.



Nuestra primera parada en la villa es la Chacra Amapola, dedicada a la fabricación de quesos artesanales. Alicia Roldán, maestra quesera, emplea métodos tradicionales para recrear toda una gama de estilos que van desde las pastas hiladas (mozzarella, burrata, calcio?) a las cocidas (gruyère), pasando por las de corteza enmohecida (camembert) y las duras prensadas (pepato: es decir, con granos de pimienta), más el clásico de la zona, tipo Chubut.



Una espléndida tabla de degustación precede la recorrida por los establos donde moran las vacas lecheras, mientras Alicia nos habla de las sutilezas de la leche y la importancia de la sal, del equilibrio de ésta con aquéllas según el modelo de queso que se quiera obtener. De más está decir que todo parecido con los productos industriales es pura coincidencia nada más que en lo formal.



Para almorzar elegimos Sabores de la Patagonia. Atendido por sus dueños, Ariel Botbol y Rocío González Broin, el restaurante se especializa en cocina gourmet regional. Seguimos la sugerencia de Rocío y pedimos el lomo de ciervo con arándanos en reducción de malbec y trilogía de puré, una delicia.

Siguiendo con la recorrida, nos hacemos un tiempo para visitar el parque temático Pillán-Lemu, ubicado en el área conocida como el jardín botánico. Se trata de un paseo por el bosque entre esculturas de tamaño real de duendes, hadas y animales de la zona. Es un tanto kitsch, pero es una opción válida para visitar con chicos.



A metros de la entrada al parque está la casa de té Von Frustenberg. Sus dueños, Marcelo y Susanne, nos reciben con toda su simpatía; mientras saboreamos los waffles que le dieron fama a este lugar, Marcelo nos cuenta que después de vivir 15 años en Colonia, Alemania, decidieron venirse para instalarse en la villa. Casualidad u obra del destino, quién sabe, el asunto es que encontraron esta casa de estilo alpino similar ?comenta Susanne? a las que hay en Colonia. 



Con el atardecer regresamos a la hostería, con una parada en Vikinga, la cervecería artesanal. La fábrica es muy pequeña y todavía carece de un lugar apropiado para la degustación, pero esta circunstancia queda compensada por el conocimiento que su propietario, Gerardo Flaming, tiene sobre esta antigua bebida y las características de cada tipo. La dorada, hecha con mezcla de maltas rubias y tostadas, es a mi juicio, la más aconsejable.



Por la Comarca Andina




En el aeroclub de El Bolsón nos aguarda el piloto Fernando Ottone para sobrevolar la zona aledaña al lago Puelo, en un Cessna 182. Nos acomodamos como podemos en la pequeña cabina, el avión toma carrera para despegar y en segundos estamos arriba para apreciar, como desde ningún otro punto, la geografía de la región. En un circuito que no tiene desperdicio, sobrevolamos el río Quemquentreu y la Loma del Medio, cruzamos el paralelo 42, seguimos el cauce del río Azul hasta su desagüe en el Puelo, pasamos Los Hitos, distinguimos el cerro Cuevas, el cordón del Currumahuida, la desembocadura del río Epuyen, las poblaciones de El Hoyo y Las Golondrinas, el cerro Pilitriquitrón? Fernando nos comenta que en días muy claros y sin viento, cuando la avioneta puede volar a mayor altitud, es posible ver el océano Pacífico hacia el oeste, y hacia el norte, el cerro Tronador.



En la localidad de El Hoyo y a sólo diez minutos de El Bolsón, sobre la RN 40 (ex 258), está Pirque, el restaurante de Gustavo López Echavarrdi y Gabriela Smit. Sus propuestas son originales y bien presentadas. Una rareza: perca patagónica al pomelo. Se trata de un pez endémico de las aguas del sur, y no obstante ser una especie protegida, el que aquí ofrecen viene de los pagos de la localidad de Sarmiento, donde sí se captura la perca con fines comerciales.

El recorrido nos lleva hacia el oeste de El Hoyo, a Patagonian Wines, la bodega más austral de Sudamérica, al menos hasta el presente. El  empresario brasileño Bernardo Carlos Weinert, propietario de la mendocina Cavas de Weinert, es el artífice de este nuevo emprendimiento, inaugurado oficialmente a principios de este año.



Con el ingeniero agrónomo Darío González Maldonado, iniciamos una recorrida por los viñedos (en total 23 hectáreas) y la bodega. Nos comenta que Weinert tuvo la idea de plantar vid en la Patagonia mientras pescaba en Oregon; pensó que si allí había truchas y se daba un excelente Pinot noir, lo mismo podría ocurrir en el sur. En 1989 trajo las primeras vides que distribuyó entre algunos pobladores del lugar y luego de comprobar que las plantas crecían bien, en 1997 compró este faldeo donde hoy se emplaza Patagonian Wines. Las variedades que hay son las tintas Merlot y Pinot noir y las blancas Chardonnay, Gewürztraminer y Riesling. La bodega tiene una capacidad de 100 mil litros y se proyecta ampliarla a 170 mil.



Resulta extraña la visión de las hileras de viñedos en espalderas conviviendo con los cipreses y coihues. Al final del recorrido, Darío nos invita a degustar unas copas en el wine bar de  la bodega, mientras afuera el sol del atardecer enciende de oro valle y viñedos.



Hacia el Turbio



El programa culmina con una navegación por el río que atraviesa el Parque Nacional Lago Puelo. En el embarcadero donde empezó todo este recorrido, nos unimos a una partida de guardaparques que se dirige a esa zona para realizar un relevo.  Abordamos una lancha de Parques Nacionales y navegamos rumbo al sector sur del lago.



Son apenas las ocho de la mañana y el sol todavía está bajo; sólo hacia el fondo del espejo lacustre los primeros rayos ya se proyectan sobre las cumbres rocosas del cerro Tres Picos. A medida que avanzamos, Augusto Sánchez, Intendente de Guardaparques del Puelo, nos cuenta que en el valle del río Turbio hay unas 11 familias que viven prácticamente aisladas del mundo; su única vía de comunicación son el lago y una senda para caballos.



Pasan unos 40 minutos cuando llegamos por fin al fondo del brazo sur del lago. Tenemos poco tiempo (apenas dos horas), así que con Daniel, el fotógrafo, decidimos emprender una breve caminata por nuestra cuenta. Seguimos una huella que corre por un lecho de canto rodado hasta llegar al arroyo Derrumbe. Desde allí, lo bordeamos hasta su confluencia con el río Turbio.



El intenso color de sus aguas, tributadas por un glaciar ubicado 15 kilómetros más arriba, nos deja con la boca abierta. Desde donde estamos, se puede apreciar, a lo lejos, el cerro Plataforma, que aparenta tener forma de meseta, pero en realidad se trata de un plegamiento del antiguo lecho marino. Por esa razón, allí abundan los fósiles y es muy visitado por geólogos de todo el mundo.



Ya de regreso en la playa para emprender la vuelta definitiva, somos testigos de un hecho histórico en la zona: la llegada del primer tractor. Un grupo de prefectos, guardaparques y pobladores aguarda impaciente la balsa que habrá de llegar con el preciado vehículo a cuestas.





Relato de Martín Eugenio Astigueta

Fotos de Daniel Bragini





Publicado en Revista LUGARES 140. Diciembre 2007.

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