Naturaleza viva del Iberá

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12 de noviembre de 2009  • 00:00

En Iberá el agua tiene una sensualidad verde y espesa que se extiende a través del gran humedal argentino, una larga sucesión de esteros, lagunas, bañados y embalsados.



Aquí uno podría pensar que los alarmantes anuncios de la UNESCO por la escasez que afecta al planeta son una exageración. Sin embargo, ocurre ?me ocurrió? todo lo contrario. En este lugar la conciencia ecológica se despierta, quizá por instinto de supervivencia, quizá por el deseo egoísta de preservar para siempre tanta belleza.



De cazadores a ecologistas



Puerta de entrada a los Esteros del Iberá, Carlos Pellegrini fue en sus inicios un pueblo de cazadores; eran criollos de sangre guaraní que vivían de los animales autóctonos, valiosos por su piel.



En 1983, cuando el área se convirtió en Reserva Natural Provincial, muchos se trasformaron en guarda fauna. Algunos, como Domingo Cabrera, aún trabajan en el Centro de Interpretación. "Yo no odiaba a los animales pero tenía doce hijos que alimentar", señala con la lógica contundente de la supervivencia. Ahora, está feliz con un sueldo mensual y su tarea de cuidador.



Carlos Pellegrini está ubicado a orillas de la laguna Iberá y desde allí se accede a los esteros; en el resto de la reserva se complica, ya sea porque los ingresos están dentro de propiedades privadas o bien porque no existe centro de servicios para el turista.



Gracias a la implementación de un proceso de conservación y control, que lleva varios años, en la laguna Iberá se ve una cantidad y variedad de animales como en pocas otras áreas de la Reserva, donde el proceso de preservación lleva menos tiempo o se ha puesto en marcha con pocas exigencias.



Vida animal



Llegamos a Carlos Pellegrini un mediodía de junio y nos alojamos en La Posada de Laguna, una de las primeras en abrir sus puertas en el lugar, hace diez años. Elsa Güiraldes, dueña y anfitriona, recibe al recién llegado y organiza la estadía con un variado menú de actividades. La posada tiene seis confortables cuartos, número que asegura un clima de intimidad. Desde la galería que da al gran jardín se puede ver el muelle rodeado de palmeras Caranday; más allá, la laguna se pierde en el horizonte correntino.



Después de almorzar salimos en lancha con Máximo Ojeda, nuestro guía, para realizar el primer recorrido. Navegamos a motor y después a fuerza de botador, que permite acercarse en silencio a la costa. Avanzamos entre los embalsados (ver recuadro) que a veces forman verdaderas costas flotantes y se confunden con la tierra firme.



Con su pinta de animal prehistórico, los yacarés aparecen por decenas apiñados sobre la orilla, bajo el sol de la tarde. Las enormes fauces dejan entrever unos afilados dientes que le dan un aspecto de chico malo. Los animales de gran porte indican que la prohibición de cazarlos ha dado sus frutos: estos reptiles son de crecimiento lento y tardan años en alcanzar los dos metros de longitud de la edad adulta.

Aquí y allí, están los carpinchos, unos roedores regordetes que pasan el día husmeando y comiendo hierbas. Cuanto más lo miro, más me parece un hámster que creció demasiado. Ojo, dicho con todo cariño?



Un poco más adelante vemos unos ciervos de los pantanos, el más grande en su especie de toda Sudamérica. Se trata de una madre con su cría joven. Para no espantarlos, los observamos con binoculares y a cierta distancia porque son muy asustadizos.



Si hay algo que comprendí durante este viaje, es la pasión de los observadores de pájaros. Antes me parecían unos desvelados que viajaban por el mundo con el objetivo de marcar una especie más en su guía de ornitología: una cruz y misión cumplida. Mis disculpas.

En Iberá los pájaros se ven a montones; se los digo yo que viví tres años en Costa Rica, paraíso de birdwatchers. Quizá porque verlos es fácil y no requiere de horarios especiales, ni preámbulos, ni prácticas exóticas, el lugar entusiasma a los aficionados y seduce a los profesionales de todas partes.



Garzas (brujas, moras y chiflón), cigüeñas americanas, ibis, ipacaás, patos de todo tipo y color, carpinteros, los Martín pescador, monjitas, lavanderas, benteveos... la lista es interminable. Incluso, con paciencia y dedicación, puede verse el tordo amarillo, el yetapá de collar, la monjita dominicana y el cardenal amarillo, difíciles de encontrar en otros sitios.



Para tener un panorama diferente de los esteros, vale la pena navegar el rió Miriñay. Su costa poblada de palmeras, lapachos e ibirás pitá, nos muestran un postal de la selva paranaense. Otra alternativa, es hacerse una escapada hasta el río Corriente, desagüe de la laguna del Iberá que recorre una geografía serena de pastizales hasta llegar al Paraná.



Junto al Centro de Interpretación, el sendero de los monos propone una caminata agradable ?siempre y cuando lleve repelente? y permite ver de cerca una familia de monos carayá.



La laguna y más allá



Los esteros también se pueden recorrer a caballo. José Martín organiza salidas por los palmerales y bañados de los alrededores y matiza las cabalgatas con relatos que pintan los entretelones de la vida en el campo.



De paso por el cementerio, José nos cuenta que el enfrentamiento que divide a los correntinos se traduce también en el color de las tumbas: celeste para los liberales y rojo para el autonomistas; también está el blanco que define el sentir peronista y el verde que identifica a los radicales.



Por la noche el cielo superpoblado de estrellas y la luna en cuarto creciente nos invitan a una nueva navegación. Decenas de ojos colorados aparecen en la oscuridad cuando iluminamos el agua con un reflector; son los yacarés listos para salir de caza. Un par de garzas brujas se pelean en la costa de enfrente; a lo lejos un chajá grita destemplado, en señal de protesta.



A la mañana siguiente nos mudamos a la posada Aguapé, de María Paz Galmarini. Helena y Rafael Muzio, los anfitriones, nos esperan y organizan para nosotras un paseo en canoa para ver las boas curiyú. Partimos a todo remo guiados por Sebastián González que está empeñado en encontrar algún ejemplar asoleándose en la costa. No tenemos suerte y como este ofidio muda de piel en esta en época, nos conformamos con un retazo de su piel abandonado en la orilla.



De regreso nos esperan con unos ñoquis soufflé, riquísimos, y un final dulce de menta y chocolate en forma de tarta: muy apropiado para recuperar energías y seguir adelante.



Hacemos un poco de fiaca junto a la piscina que da a la laguna y aprovechamos para recorrer la posada, que fue diseñada en dos módulos y cuenta con trece cuartos. Hace poco inauguraron un amplio living que oficia de play room, ideal para las familias con niños.



A media tarde partimos con Rafael hacia los Esteros del Aguará. Una vez allí dejamos la camioneta y seguimos a pie. Una manada de caballos salvajes pasta alrededor del bañado; un poco más lejos, los malezales avanzan entre las palmeras Caranday que intentan sobrevivir a las sucesivas inundaciones. Otras no lo lograron; sus troncos erguidos, secos y cenicientos se recortan contra el cielo del atardecer.



Rincón del Socorro



El casco de 1896 aparece en medio de un parque rodeado por ñandubays, timbós y lapachos. La estancia ocupa 12 mil hectáreas es una de las tantas propiedades de Douglas y Kris Tompkins y forma parte de un ambicioso proyecto conservacionista (ver recuadro). El Socorro, además, está abierta al turismo y queda a 30 km de Carlos Pellegrini.



Ni bien entramos en la casa principal se percibe una atmósfera de discreta elegancia: el living con piso de baldosas en damero y los comodísimo sillones tapizados en tonos naturales y tierras. Hay libros de arte, de cine, de ecología a disposición del huésped. Sobre las paredes cuelgan enormes fotografías en sepia, enmarcadas en pinotea, muestran los animales de la región. Una vez aquí, es imposible imaginar que sus antiguos dueños (los Blaquier) usaban el lugar como granero.



Una galería vidriada funciona como jardín de invierno para continuar la costumbre del relax; más allá, piscina y después el campo.



Afuera, los ñandúes se pasean orondos como si nada y se ven carpinchos que llegan desde un tajamar vecino. Aquí ya no hay perros ni ganado, eso es historia antigua.



Las seis habitaciones de la casa principal fueron acondicionadas con idéntico buen gusto, lo mismo que las tres cabañas dispuestas en el parque.



Valeria y Leslie Cook son los encargados de recibir a los viajeros que eligen vivir los esteros desde un ambiente más exclusivo, con atmósfera de estancia.



Por la mañana Leslie organiza una larga caminata. Empezamos por un sendero abierto en la selva detrás de las huellas de carpinchos y guazunchos (corzuelas); también se nota el paso de los chanchos salvajes, una especie exótica que alguna vez habitó un campo vecino y ahora crece a su aire. Entre las copas de los árboles se adivinan los monos carayás. Al final se abre la gran sabana correntina que nos lleva hasta el estero.



En una lomada nos detenemos junto a una gran palmera seca para ver el nido abandonado de una cigüeña jabirú ?la de mayor porte del mundo? y ahora ocupado por un grupo de cotorras que lo convirtieron en un verdadero conventillo. Desde allí, binoculares en mano, contamos 15 ciervos que pastan en el borde del bañado.



El almuerzo nos sorprende con la mesa preparada por Ramona Godoy, que elabora sus recetas con productos de la huerta orgánica y un criterio muy particular que la lleva a mixturar conceptos de la cocina gourmet con espíritu correntino.



Por la tarde vamos a visitar a doña Tolencha Quintana que vive a varios kilómetros de la estancia, en el paraje Ubaí. Piso de tierra, paredes de adobe y paja, así es su ranchito.



Entre mate y mate nos cuenta el secreto para conseguir que las zanahorias crezcan y después nos muestra con orgullo la huerta, el gallinero y el corral con el rebaño ovejas.



Por la noche salimos con la ilusión de encontrar un aguará guazú, una mezcla de lobo y zorro. Verlo ha sido la suerte de unos pocos y hoy no es nuestro caso. Entonces, nos alegramos cuando aparecen unos carpinchos trasnochados, varios zorritos y las vizcachas que, aquí, llevan una vincha blanca sobre la cara.



San Alonso




Para llegar, la única alternativa es volar en avioneta sobre la inmensidad verde y acuática de los esteros. Desde el aire vemos como la tierra desaparece y reaparece cientos de cientos de veces en el agua. Los ciervos corren diminutos allá abajo y cuando estamos por aterrizar, una jabirú levanta vuelo.



Ubicada a orillas de la laguna Paraná, San Alonso es la otra estancia de los Tompkins y desde lo alto se asemeja a un gigante islote de 56 mil hectáreas. Está completamente aislada y esto le confiere un atractivo especial.



La propiedad fue un gran emprendimiento ganadero; así lo cuenta Omar Rojas que llegó hace 22 años y trabajó como capataz. Ahora, con su mujer Antonia y su sobrino Olegario, reciben a los turistas y se ocupan de las pocas vacas que el nuevo patrón les permite mantener en el campo.



En los viejos tiempos, sacar el ganado fuera de la estancia era una odisea. Dos veces al año marchaban con 500 a 800 vacas a puro nado por un canal de los esteros y tardaban dos jornadas en llegar a destino.



La casa tiene un aspecto isleño y está rodeada por añosos árboles que crean un entorno fresco. Los cuartos están ambientados con calidez y el buen gusto que caracteriza a los emprendimientos Tompkins.



Tenemos la laguna para nosotros solos y salimos a navegarla en compañía de Omar. En algunos sectores hay tantos aguapés que parece un verdadero jardín flotante. Antes que oscurezca intentamos llegar hasta el río Carambola y regresamos para ver el atardecer desde el muelle.



El cielo se vuelve rosado y al final se enciende de un rojo tan intenso que tiñe las aguas. De repente, cientos de patos biguás aparecen desde el fondo de la laguna y vuelan en círculo sobre nuestras cabezas una y otra vez como si fuera parte de un antiguo ritual.



El aire se impregna de una extraña energía. Unos minutos más tarde descienden por grupos sobre el montecito de árboles y desaparecen entre las copas. Anochece.



Geografía pura



La Reserva Provincial del Iberá tiene unos 13 mil km2 y ocupa el 14% del territorio de Corrientes. Es una red de humedales independiente que se formó sobre antiguos cauces abandonados del río Paraná. La integran lagunas, esteros, embalsados y bañados y hasta donde se sabe, toda el agua proviene de las lluvias.



Para entender sus diferentes formaciones, aquí va un mini glosario:




Embalsados. Se originan en los camalotales, un entretejido vegetal acuático, sobre el cual se deposita la tierra que arrastra el viento y el agua. Los embalsados flotan y se desplazan de manera imperceptible por la laguna. A veces pueden confundirse con tierra firme y es peligroso caminar sobre ellos por su escasa estabilidad.



Esteros. Son un gran depósito de agua estancada de uno a tres metros de profundidad cubierta por plantas acuáticas; en Iberá ocupa grandes extensiones.



Bañados. Es la acumulación temporaria de agua sobre los terrenos más bajos. Cuando este fenómeno se da sobre tierras casi planas, el drenaje se dificulta y da origen al malezal que se ve como montículos de tierra sobre el campo.



Un parque para el futuro




El proyecto Iberá es el nuevo desafío de The Conservation Land Trust, la asociación fundada por Douglas Tompkins en 1992 con el objetivo de adquirir áreas de alto valor ecológico para convertirlas en parques naturales. Pumalín en Chile y Monte León en nuestro país, son algunos ejemplos.



En Iberá, la tarea de Tompkins se inició en 1998 con la compra de tierras para promover la conservación de los ecosistemas de los esteros y establecer una reserva estricta; ésta será donada al gobierno nacional o provincial.



Sofía Heinonen, integrante del grupo de biólogos que trabaja en este proyecto con sede en Rincón del Socorro, cuenta que el proceso llevará unos 20 años. Durante ese tiempo se implementarán varios programas para actuar sobre el medio natural pero también sobre el factor humano.



En este sentido la idea del TCLT es colaborar con el gobierno de Corrientes en la construcción de puestos de guarda parques, senderos para turistas y capacitación del personal en sitios estratégicos de la reserva. Otras iniciativas están dirigidas al trabajo con la comunidad, especialmente la local, para crear conciencia de la conservación y buscar un mecanismo de acercamiento con el gobierno, de cara a la futura transferencia de tierras.



En otro plano se trabaja en la restauración de los ambientes propiedad del TCLT, para revertir los efectos negativos de la actividad ganadera, agrícola y forestal.



En este sentido, el sistema de cultivo del arroz en tierras de la reserva es hoy uno de los puntos más complicados, porque el cultivo resulta sumamente contaminante para el área. 



La recuperación de especies extinguidas en la zona es otra de las grandes metas. Actualmente están focalizados en la reintroducción del oso hormiguero y ya tienen todo listo para traer a estos animalitos de regreso a los esteros. Sólo están a la espera del visto bueno del gobierno correntino.





Por Gabriela Pomponio

Fotos de Mariana Eliano





Publicado en Revista LUGARES 124. Agsoto 2006.

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