Tafí del Valle

(0)
16 de noviembre de 2009  • 00:00

En pleno invierno, Tafí del Valle resplandece con tonos de ocre y amarillo.  La figura de los álamos y los sauces que se recortan contra el azul de un cielo distinto, lo vuelven encantador. Se respira un aire limpio, que rejuvenece. El sol es benigno y nada hace suponer el frío que se impone cuando cae la tarde entre los cerros.  Los lugareños caminan lento y dan su bienvenida con la mano en alto.



Hace honor a su nombre original en cacan,
Taktiliakta, que significa lugar de entrada espléndida. Sus más antiguos habitantes, los tafíes, lo llamaron de ese modo, 2500 años atrás. Así nos lo cuenta Mercedes Chenaut, dueña del casco de estancia Los Cuartos.



Tafí es tierra de leyendas y aventura. Acá llegaban las más tradicionales familias a pasar largas temporadas en verano; trepaban a caballo entre la espesura de la yunga, sólo protegidas por enormes carpas que armaban a la vera del camino para pasar la noche. Hoy, el asfalto está impecable y permite llegar en vehículo en pocas horas. Esta mejora fue inaugurado en el verano de 1942  por el entonces gobernador radical de Tucumán, Miguel Critto, con una misa a la usanza de la época, una ceremonia indígena y unas palabras en quechua que dejaron perplejos a los integrantes de lo más selecto de la sociedad.



Nunca haga este camino de noche; al margen de la fatigante sucesión de curvas (de día son más llevaderas), lo cierto es que se perdería esa exuberancia de vegetación selvática que cubre los cerros y los cambios que el paisaje acusa conforme se trepa, hasta llegar a la aridez del valle.



Nuestra primera parada es en Las Tacanas, antiguo casco de estancia del 1700, cuya construcción original, que todavía se conserva, perteneció a los jesuitas y mucho más tarde a los Esteves Zabalía. Es sobrio, elegante pero sobre todo acogedor. Marcela Peña, su dueña y anfitriona, nos cuenta que todavía hoy se respeta la antigua receta de la Orden con la que se fabrican los quesos en Tafí

Es fácil sentirse bien en este valle; la calidez de su gente y su cultura son sorprendentes, como las tantas historias que escuchamos maravilladas.



Esa misma noche, a horas de nuestra llegada, comemos en La Guadalupe, una nueva hostería que se inauguró hace pocos meses y ya hizo furor en el verano. Con la suave voz de Caetano Veloso de fondo y una variedad de platos que combinan lo regional con la cocina bien latinoamericana, alguna salsa con aguardiente y muchas especies. "Es que Tafí te encanta, te embruja", dice su dueño Eduardo Verón, quien pintó la mayoría de los cuadros expuestos y las flores características del valle, como las calas o los narcisos, que se ven en las paredes de los cuartos y le dan ese clima tan especial a La Guadalupe, además de su vista privilegiada a los cerros desde todos los ventanales del restaurante. Durante la charla, un amigo de la casa, Jerónimo Critto, nos propone una cabalgata para el día siguiente al Cerro Mala Mala, en l as Cumbres Calchaquíes.



Cerros al paso



La aventura comienza alrededor de las 10:30 de la mañana. La cita, en El Puesto de Jerónimo, que recuerda a las antiguas postas, es el punto de reunión para salir a andar a caballo, pero también para tomar un vino tinto y sin filtrar de Cafayate, comer una rica picadita o probar la comida, siempre innovadora y casera que prepara su mujer, Valeria. El puesto está formado por tres ranchitos bien típicos, construidos con piedra y techo de paja. Sus paredes son de color sangre y toro, un oscuro rosado que antiguamente se lograba con la mezcla de cal y sangre vacuna. En uno de ellos, Valeria tiene su vieja cocina a leña que guarda el secreto del sabor de la humita, los tamales y las mejores empanadas de carne de Tafí. En otro, se guardan las monturas y las alforjas para las cabalgatas.



Apta para todos, las hay para los que nunca en su vida montaron a caballo, y para más entrenados, proclives incluso a dormir en algún puesto o estancia rústica en los cerros y volver cinco días más tarde.  



Jerónimo amaina cualquier miedo y contesta todas nuestras inquietudes. Los animales conocen al dedillo el trayecto y sobre ellos partimos. Unos escasos minutos y ya estamos ascendiendo el cerro. Alguien señala un cóndor que planea en vuelo majestuoso. La villa se ve pequeña y a lo lejos. La hermosura de cerros y  quebradas es casi imposible de contar. Y de golpe, a unos 45 minutos de cabalgata,  se abre el paisaje en una gran mesada de un amarillo intenso donde pastan las ovejas, de cara al Cerro Mala Mala. Todos nos sentimos un poco más cerca del cielo. Es el mirador de los pastores. Jerónimo, Marcela y Guillermo galopan. Estamos a 2.500 metros sobre el nivel del mar. Aquí pueden verse los asentamientos indígenas tafíes en forma de enormes corrales de piedra que ellos utilizaban para separar los animales.



En breve, almorzaremos asado. La carne asada a leña está atravesada por pequeños palos de tola ?un arbusto que crece en el cerro? y le da ese sabor único. Valeria extiende el mantel. No hay ningún detalle librado al azar: vino, agua, coca-cola bien fría, pan casero, queso y ensaladas. Estamos felices. Jerónimo me señala el Cerro Pabellón, donde recientemente se descubrió un nido de cóndores.

Cuando iniciamos el descenso, con esa cadencia tan propia del norte, el sol brilla en todo su esplendor. Los caballos apuran el tranco, están deseosos de llegar.  Nos reímos, disfrutamos. Buenos Aires es apenas una urbe gigantesca en la lejanía. La magia de Tafí nos ha envuelto, sin darnos cuenta.    



Aprendemos cosas nuevas casi permanentemente y es divertido dejarse acunar por las historias, como la del Capitán Muñoz que se atrincheró en el cerro que hoy lleva su nombre, con un séquito de mujeres, amantes e indígenas, para vivir sus amores a pesar de las advertencias de la corona española. O la de la bravura de los Quilmes, finalmente arrancados de su tierra después de más de 100 años de resistencia al español y  trasladados a través de la Quebrada del Portugués, uno de los paisajes más bellos de Tafí, hacia distintos puntos del territorio. Los últimos murieron en las afueras de Buenos Aires, en el lugar que los inmortaliza con su nombre.



Trekking y camión



Se hace de noche y de día nuevamente, como si el tiempo transcurriera en forma circular. El sol comparte el cielo con la luna tucumana, todavía visible. El desayuno está servido desde temprano por Pablo, el chef de La Guadalupe. Absolutamente recomendable es ese café con leche con torta de manzana caliente. 



Daniel Carrazano, nuestro guía y conocedor de estas tierras como pocos, nos espera junto a tres turistas alemanas y un holandés para ir al Cerro Muñoz a hacer trekking. El ascenso comienza a unos 2.400 metros y la meta es llegar a la Cascada de Los Alisos a unos 3.000. Por suerte, el cuerpo se acostumbra rápido a la falta de aire por la altura.



Bosques de alisos, una de las pocas especies autóctonas del valle que crece en los cerros, hacen del Muñoz un paraíso para recorrerlo. No vale improvisar con los zapatos porque las cortaderas o paja brava, como las llaman los lugareños, hacen resbalar hasta al más experto. Mientras caminamos, Daniel nos señala los puestos de los tafinistos ?pequeñas casas de adobe, caña y paja? de quienes prefieren estar lejos de la villa y vivir en medio del silencio. 



De manera abrupta baja la temperatura y el agua aparece como un milagro. Cae sobre un paredón de 4 metros, a 90 grados. Son aguas de deshielo que bajan desde las altas cumbres del Cordón Aconquija, a más de 4.400 metros.



Algunos se deciden por el rappel. Las formas de las queñoas impresionan, con sus troncos retorcidos; son árboles propios de estos parajes y salen perpendiculares a las laderas. La sensación de deslizarse contra la piedra, entre el cielo y los cerros despierta emociones varias: risas y algún grito. Quienes sufren de vértigo, por favor abstenerse. Lleno mi vaso con agua de la cascada, es riquísima y fresca, ideal. Unos sandwichitos de queso y jamón serrano que improvisa Daniel nos dan fuerza para iniciar el regreso.



A la mañana siguiente decidimos pasear, también con Daniel, en Unimog, un enorme camión amarillo, que llega a todas partes y se desliza por encima de las piedras atravesando ríos. Paralelo al río Tafí, nuestro guía nos lleva por el antiguo camino que unía Tafí del Valle con El Mollar, un pequeño pueblo que hoy disfrutan los jóvenes de la zona. El primer tramo, sólo los lunes y a caballo, es transitado por los lugareños para ir en procesión hasta el cementerio. Pasamos por el Cerro Pelao, el más antiguo del valle, donde hay un yacimiento de cuarzo en estado natural que puede visitarse, y  también la casa de Doña Hortensia, una auténtica tafinista de 85 años que vive allí con su nieta. Pareciera ser cierta la versión de que por sus laderas corre una energía especial: la paz es absoluta. Seguimos nuestro rumbo hasta la Loma de la Redonda, desde la cual la vista es magnífica. Todo el valle se extiende a nuestros pies hasta el dique La Angostura, un espejo de agua que ocupa un predio de 800 hectáreas. Sólo se escucha el sonido del viento y una única nube negra asoma entre los cerros. No sabemos que sucederá mañana con el tiempo, durante el invierno puede nevar en Tafí. Volvemos a la villa, desesperadas por tomar algo caliente.



En la Galería Popey, justo frente a Las Tacanas, nos esperan Sergio Ehlert y Mercedes Esteves con unos buenos mates. Sergio tiene la sensibilidad de un artista y una claridad para hablar que sólo poseen quienes conocen bien su materia.  Dirige una cooperativa de tejedoras que rescata el tejido étnico de Tafí y trabaja con 4 tipos de telares distintos: el sistema de cintura, transportable y característico de las civilizaciones nómades preincaicas, y los posteriores de piso y peines de pedales, propios del período inca y la colonización. Así como al pasar, nos comenta un dato interesantísimo: los habitantes originarios del valle se comunicaban a partir de su indumentaria.



En su local Arte Alternativo encontramos ruanas, ponchos, alfombras, mantas y chales con diseños únicos y sus colores logrados a base de pigmentos naturales. También dulces caseros y uno en especial de berenjena. Para comprarse todo.

Mercedes es la dueña de una chocolatería, La capillita. "El chocolate activa las endorfinas, levanta el ánimo, endulza el alma, es mágico", asegura con una sonrisa contagiosa. Probamos sus naranjitas y pomelos al chocolate, también sus alfajores y de paso nos llevamos unos cuantos. Bien vale la pena romper cualquier dieta. Y así lo hacemos, sin dudarlo.



La luz va desapareciendo de a poco. Ya atardeció.  Caminamos un rato por la peatonal de Tafí a la luz de los faroles. Por primera vez, el paisaje es quieto. No conversamos. Los chicos juegan en la plaza o andan en bicicleta. Así elegimos despedirnos de Tafí del Valle, con unas enormes ganas de volver y volver a perdernos en su inagotable riqueza.





La Capilla de La Banda




Es una parada obligada a sólo 10 minutos del centro de la villa. Hoy funciona como el Museo Histórico Jesuítico de La Banda. Durante el siglo XVIII, la Compañía de Jesús construyó allí una vivienda, la capilla y un molino. Poco se habla del tema, sin embargo muchos lugareños sostienen que detrás del antiquísimo altar de la capilla existe un túnel, ideado y utilizado por los jesuitas para escaparse durante su expulsión y que fue rellenado con piedras y cemento durante la última dictadura militar. Visitas de 10 a 16.  





Por María Cibeira

Fotos: Denise Giovaneli





Publicado en Revista LUGARES 102. Agosto 2004.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.