Tierra de lagos

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22 de noviembre de 2009  • 00:00

El pehuén, el roble pellín y el raulí son sus árboles sagrados. No hay cables de luz, antenas telefónicas ni internet, y nadie tiene la menor intención de que los haya alguna vez. Las comunidades mapuches residen aquí mucho antes de que se creara el Parque Nacional Lanín, en 1937, y años atrás sellaron un acuerdo de co-manejo con la Administración, datos todos que recopilamos en un alto que hicimos en la casilla de informes de Parques Nacionales.



Después hay que guardar los folletos y dedicarse a apreciar esa explosión de colores y texturas en los dominios del volcán Lanín, gigante de 3.776 metros con su casquete siempre nevado. Así que el lector deberá hacer un esfuerzo cognitivo para imaginar una dosis extra de belleza para cada lugar que se mencione en esta nota. Cualquier partecita podría encuadrarse en el lienzo de un pintor. Pero no. Todo está puesto tal como la naturaleza o alguna fuerza superior lo dispusieron.



Huechulafquen



Al Huechu se lo descubre a poco de ingresar al parque, donde se enlaza con la boca del río Chimehuín, cuya fama todavía atrae a pescadores que sueñan con capturar, como antaño, portentosas truchas. Al bordearlo se lo ve sólo de a ratos, entre las ramas. Enfrente, la cara sur del Lanín convoca todos los sentidos. Las orquídeas, mutisias y aljabas, con sus flores rojas y moradas colgantes, colorean el aire.



Nos instalamos en la hostería Huechulafquen, y no fue una elección casual; después de tres décadas de existencia y de permanecer cerrada un tiempo, la hostería reabrió hace cuatro años, renovada y sin resignar el encanto de la sencillez, que aquí es ley. La arquitectura ?un living con generosos ventanales, restaurante y ocho habitaciones? está al servicio del entorno. Afuera, el jardín de araucarias se extiende hasta la orilla del lago, y Beatriz Gómez, su actual propietaria, se aplica a mantener; así la encontramos, metiendo mano entre lavandas y rosales.



Ella y su hermana Cristina manejan la hostería (ambas administran además el Hostal del Lago, en San Martín), cuya compra surgió a partir de un paseo por la zona. Tuvo un pálpito y no lo dudó. "Este lago me enamoró", asegura. Basta mirar alrededor para comprender su arrebato.



La exploración del resto del parque nos llevó a Puerto Canoa. Desde aquí parte regularmente el catamarán José Julián, una aproximación válida a los atractivos del lugar. También hay un bar que sirve platos sencillos casi sobre el lago. El camino arrima a La Unión, una angostura de aguas calmas donde se conectan los lagos Huechulafquen y Paimún.



Sin inocencia, un capellán de gendarmería eligió ese rincón para construir una capilla; sobre un fondo de cumbres nevadas y araucarias milenarias se recortan sus dos torres: de una cuelga una campana de bronce y la otra remata en la típica cúpula rusa con forma de cebolla. El templo tiene una sólida puerta de madera maciza, bancos circulares, el altar de una sola pieza de ciprés y vitraux con escenas inspiradas en El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien.



En el vecino puesto de los gendarmes, se encuentra el único teléfono público en varios kilómetros a la redonda. 



Sobre la costa funciona un camping administrado por una de las comunidades mapuches. Para cruzar hacia el otro lado del lago, hay que tocar una campana y viene una balsa. Después, el mejor programa es sentarse en la orilla y no hacer nada, simplemente porque el paisaje es digno de la más pura contemplación. De vuelta en la hostería, la gratificación nos llegó de la cocina con platos fieles a los productos patagónicos y con un inesperado giro gourmet. A las 11 se apagó el generador eléctrico y el silencio se apoderó de la noche.



A la mañana siguiente, soleada y sin viento, el guía Sebastián Sorondo, de Urayco, nos propuso salir a remar en canoa canadiense por el Huechu, el más extenso de los lagos del parque. La peor parte fue cargar la embarcación hasta la orilla pedregosa, pero esa molestia fue recompensada por los buenos momentos que le siguieron. La remada comenzó a ritmo lento, en sintonía con la temporalidad del paisaje y el estado inusual del lago: planchado como un espejo.



El cono perfecto del Lanín se reflejaba invertido en sus aguas en una composición simétrica fascinante. Seguimos esa imagen celestial desde una playita, mientras un grupo de patos y chimangos revoloteaba a nuestro alrededor. De paso, nos entretuvimos con esas cosas que uno hace cuando no hay más que naturaleza: torneos de sapito, clavados al agua y carreras de largos. En definitiva, juegos de niños. 



Paimún



Primero llama la atención la sucesión de lupinos, notros, amapolas, lavandas, hortensias, rosales y bastones de la reina, siempre frecuentados por algún colibrí. Parecería que con esto se acaba la función, sin embargo los estímulos se multiplican. Un pasto prolijísimo, las araucarias, la omnipresencia del Lanín, un muelle y el lago. El Paimún.



Favio y María Esther Dusini eligieron este enclave soñado para construir su hostería de estilo alpino en la década del 60. Varias generaciones han pasado por aquí desde entonces. Hoy, quienes están al frente son Adriana Pelletieri, sobrina de los Dusini, y su marido, Marcelo Banchio. El mismo espíritu es el mismo: que todos se sientan como en casa. Lo comprobamos al llegar, cuando fuimos invitados a sumarnos a la mesa de los anfitriones junto con un grupo de pescadores. A la una y media la cocinera tocó la campana. Un timing perfecto.



Luego, mientras la mayoría se dedicó a dormir la siesta, nosotros fuimos a conocer un cementerio mapuche, al otro lado del lago. El hijo menor del matrimonio, Agus, ofició de guía. Dejamos la lancha y subimos la ladera de una montaña hasta descubrir las tumbas cubiertas de flores de plástico, precedidas por una enorme cruz de madera. En silencio, recorrimos ese lugar sagrado.



Minutos después estábamos de nuevo en la lancha, esta vez con una banda de pescadores, rumbo al Epulafquen. La poca profundidad del lago, en cierto punto, nos obligó a apagar el motor y dejar que el oleaje nos deslizara. Debajo se podía ver cómo las truchas pasaban a toda velocidad. Lo que siguió fue una clínica acelerada de pesca. Volvimos casi de noche y enfilamos para el comedor.



Otra vez la campana convocó a la mesa. Mientras desgranábamos anécdotas de la travesía, devoramos los ñoquis con salsa de puerros. Incluso quedó lugar para los postres, un repertorio de arrollado de dulce de leche, flan casero, tortas y ensalada de frutas. Todo a escala del Paimún, es decir, súper abundante. 



Marcelo nos despertó temprano al día siguiente para salir de recorrida. Dejamos la camioneta en el camping Piedra Mala y caminamos por una leve pendiente entre bosques de coihues, hasta llegar a la cascada El Saltillo. Allí, debajo de la cortina de agua de siete metros, el hombre nos contó que hace algunos años ascendió el Lanín con un amigo. Hicieron cumbre y bajaron en el mismo día porque él tenía una meta más importante aún, llegar a la hostería antes de las 21:30 para comer.



A la tarde recorrimos en lancha el lago Paimún en compañía de Ernesto, colaborador de los Banchio y guía de pesca. Sin perder de vista el volcán, navegamos sus aguas calmas, resguardadas de los vientos por montañas y bosques espesos. Ernesto nos arrimó unas cañas para practicar trolling, una iniciación a la pesca. En realidad, troleando se captura por arrastre pero el método es prácticamente infalible y lo pudimos comprobar. En apenas una hora experimentamos la adrenalina de la caña arqueada, el tire y afloje, y el momento casi romántico de la devolución de dos truchas. El bautismo pesquero se celebró a la noche con un brindis y hasta un premio por parte de los anfitriones: un pin y un llavero en forma de trucha.  



Un spa en la montaña



El camino de ida es imperdible. Desde Puerto Canoa, la lancha se interna en el Epulafquen, bordeado de playas de arenas negras, de origen volcánico. En cierto momento, la vegetación sobre la costa da paso a una lengua de lava solidificada de más de siete kilómetros que desemboca en el lago. Se trata del Escorial, testimonio de una colosal erupción del volcán Achen Niyeu, ocurrida hace unos 400 años. Sobre esta superficie se produjo un curioso proceso de colonización vegetal: pequeños arbolitos de no más de un metro de alto, sobre todo coihues y cipreses, que forman una especie de jardín de bonsái.



Nos detuvimos en Puerto Encuentro, el acceso al spa termal de montaña Lahuen Co. Gustavo Kopyto, uno de sus mentores, nos mostró las instalaciones, muy confortables y de espíritu zen, y nos dio detalles de los programas, que combinan las termas con clases de yoga, chi kung, trekking y tratamientos corporales.



De los vestuarios salimos con bata y pantuflas, y nos internamos en el circuito de baños termales. Saltamos de piscina en piscina testeando las bondades de las aguas que emergen de un pozo a 62°. Llegó, como prólogo del almuerzo, un vino rosado y tostaditas con salmón ahumado. Al restaurante pasamos sin sacarnos la bata, como el resto de los visitantes, y nos abocamos al menú de tres pasos.



A la tarde, yo elegí entregarme a una sesión de masajes en un gazebo inmerso en medio del bosque. El japonés Minoru diseñó un programa relajante de shiatsu, masaje tailandés y reflexología y a sus manos me entregué para que me retorciera y estirara, presionara meridianos y dejara mi cuerpo todo blandito.



Mientras, Maxi (el fotógrafo) se instaló en una de las reposeras frente a la piscina termal de cara al bosque, junto al arrullo de una cascadita. El cierre llegó con un delicioso té en el deck, más tortas, pan casero, dulces y scones.



Aquí es ideal pasar el día. La variante de quedarse a dormir se podrá aplicar a partir de diciembre, cuando se concrete la apertura de un flamante lodge de doce habitaciones.



El lujo de San Martín



Sin tocar el casco urbano, anclamos en el Loi Suites Chapelco, el hotel que le agregó la estrella que le faltaba a la ciudad. El edificio se levanta en un escenario inmejorable: frente a la cancha de golf diseñada por Jack Nicklaus y enmarcado por el cordón del Chapelco, dentro del Chapelco Golf & Resort, complejo de 226 hectáreas que incluye loteo y un club house con restaurante. A esta ubicación de privilegio ?equidistante de la ciudad y el aeropuerto? se suma todo el confort y buen servicio que se espera de un establecimiento de tales características.



Hubo trago de bienvenida que el barman nos acercó mientras hacíamos el check in y cuando nos instalamos, cada cual en su cuarto, comprobamos con felicidad que estos ámbitos fueron diseñados con generosidad espacial, incluidos los baños, en los que no falta ni el hidromasaje. El verde intenso de los fairways penetra a través de las ventanas.



Después de pasar un rato en la terraza con una función privada de piano y disfrutar de la brisa patagónica, llegamos a la dulce conclusión de que el mejor programa era no movernos del hotel. Así que fuimos a conocer el spa, área sagrada para sacarle provecho en todas sus expresiones; unos largos reparadores en su piscina climatizada o la inmersión en el jacuzzi ozonizado son el broche de una jornada de trekking o puro esquí.



Firmes en nuestro plan burgués, nos alejamos unos metros del resort sólo para conocer El Casco Viejo Patagonia Lodge. A la vera del río Quilquihue se encuentra este refugio íntimo y exclusivo, construido como una réplica del antiguo casco de la Estancia Chapelco Chico, de la pionera familia Taylor.



Dolores Caillon y Adrián Basso, sus anfitriones, nos mostraron la casa, llena de fotos y reliquias de los Taylor. Después pasamos al comedor para cumplir con la ceremonia del té a la vieja usanza inglesa, deliciosas tortas mediante, scones y dulces caseros. Si el plan es instalarse aquí, hay tres impecables habitaciones más una cocina bien campera con el valor que agregan las manos expertas de Adrián, que también es chef. Y están las posibilidades que ofrece el entorno, como clases de pesca con mosca en una laguna artificial de truchas, las cabalgatas, más el aprovechamiento de la cercana cancha de golf. 



Salimos del resort recién a la noche. En busca de novedades gastronómicas, recalamos en la versión gourmet de la céntrica parrilla Ku de los Andes, un clásico de clásicos. La nueva versión está sobre la ruta 234, en una preciosa casa que data de 1900, con pisos y paredes de madera de raulí y empapelados originales. Su dueño, Juan Boschi, que dejó la producción televisiva para radicarse en San Martín de los Andes, nos contó que la propuesta consiste en ofrecer los cortes tradicionales de las carnes con algún toque diferenciador. El plato insignia es el matambre con crema de champignon y queso fundido; otros recomendados son el ciervo agridulce con frutos patagónicos y el bife de búfalo a la crema de tres pimientas.



Por las afueras



Queríamos actividad al aire libre y nos pusimos en manos de la empresa de turismo NetSur, con amplia trayectoria en la zona. Cuando nos propusieron hacer canopy, contestamos a dúo que sí. Abandonamos la ciudad en dirección al Barrio Covisal por un camino ascendente hasta la base operativa de Miramás, un cálido refugio de madera con gran vista del valle, que además funciona como bar.



Los guías nos ayudaron a ponernos los equipos (arneses, casco y guantes) y, después de rigurosa prueba de seguridad en un cable de poca altura para ir ganando confianza, estuvimos listos para experimentar emoción de verdad.



Un camión de ejército, tipo Unimog, nos condujo hasta la primera plataforma. Tomamos coraje y nos lanzamos de a uno por el cable de acero con gritos tarzanescos, dejando que la fuerza de gravedad hiciera lo suyo. Superada esa instancia, resultó casi natural volar entre las copas de las lengas. En total son siete cables que suman 1.500 metros y velocidades que cada cual maneja con facilidad. Un trekking corto nos llevó a las últimos dos tramos, los más largos y espectaculares del circuito, al filo de la montaña. A esa altura ya nos habíamos olvidado que pendíamos de un cable y nos dedicamos a disfrutar de la vista del valle, el lago Lácar y, más allá, el volcán Lanín.



Regresamos al centro sólo para volver a salir, pero en otro sentido. Tomamos la ruta 234 en dirección al lago Lolog, con destino al nuevo barrio cerrado Raitrai. Detrás de un encantador bosque de cipreses y radales se descubre la hostería Siete Flores. Bárbara Coto y Maxi Biolcati, los dueños, salieron a recibirnos. Flamantes padres primerizos (su hija había nacido días atrás), van por su tercera temporada al frente de este proyecto, concebido como hostería para los huéspedes del barrio y ahora abierta al público general. 



Construida íntegramente en madera, sus ambientes conjugan la calidez patagónica y algunos giros vanguardistas, como barriles de chapa pintados de rojo convertidos en mesas. Hay cómodos sillones para apoltronarse, música relajante y un hogar siempre encendido que llama a no moverse de allí durante un buen rato. Las habitaciones son siete y llevan nombres de flores típicas de la zona. La vista desde el deck, que se estira hacia el valle y el cordón del cerro Chapelco, sin obstáculos, es simplemente soberbia.



La presencia del chef Joaquín Díaz Oliva es otra de sus piezas clave. Después de viajar por el mundo, este profesional de la cocina se sumó al proyecto patagónico de su amigo Maxi. Hay que probar la exquisita variedad de panes que amasa para el desayuno, dejarse agasajar por sus tragos y picadas al atardecer y, en una palabra, entregarse.



Rafting binacional



El destino elegido requirió alejarse 45 km de San Martín y llegar al paso internacional para hacer los trámites de migraciones. La gente de NetSur se encargó de la logística. Allí, en la naciente del río Hua Hum, hubo que enfundarse en el traje de neoprene, chaleco y casco para seguir las instrucciones del guía Javier Jonisz. Ya en el gomón y a pura remada, nos enteraríamos del resto: que este río situado entre un rosario de lagos es parte del mismo espejo de agua que el Lácar, que va hacia Chile y desemboca en el Pacífico con otro nombre.



El guía a la cabecera monitoreaba las condiciones de la corriente y daba las señales al equipo que enfrentaba los rápidos. Derecha, izquierda, adelante, atrás, algún que otro remojón, y el grito de ¡alto! Estos rápidos son de grado 2, de baja dificultad. Pero si se quiere vértigo, se pueden practicar saltos ornamentales desde uno de los puentes que lo atraviesan. Ahí sí que pasamos. Lo nuestro fue disfrutar del entorno: laderas bien cerca, aguas turquesas y las manifestaciones de la selva valdiviana que se multiplican durante el recorrido, sobre todo cuando se incursiona en el tramo chileno. Al bosque nativo se suman helechos gigantes, hojas de nalca y lianas y, más adelante, fuentes de aguas termales y cascaditas. El descenso de ocho kilómetros nos dejó del otro lado de la frontera, en el paraje de Pirihueico, donde desembarcamos.



De regreso a la ciudad y antes de partir, se impusieron algunos ineludibles: la caminata por la costa del Lácar, una vuelta en el double decker rojo, una parada golosa en Mamusia y otra en  La oveja negra, para revolver canastos de tejidos y llevarse una artesanía de souvenir. Y, de tanto curiosear entre las callecitas del centro, caímos en la trampa.



Así llama la boloñesa Paola Divari a su tuco casero, un imán para cualquiera que se acerque a la casa donde funciona Mónica Due. Sin estridencias, el éxito de este reducto se debe a la pura pasta italiana y a la simpatía de Paola y Mario, su marido, quienes hace cuatro años dejaron su primer restaurante, Mónica (el nombre de su hija), en Costa Rica, para trocar playas caribeñas por lagos patagónicos. A ella la conocimos recién salida de la cocina, con las manos enharinadas y al grito de "no hay más tortelloni".



Abrimos la carta y la duda nos dejó paralizados entre los fettuccine, la lasagna y los ravioles de espinaca. Paola nos facilitó la tarea cuando se acercó indicando la regla de oro de la casa: "acá se come lo que digo yo, o afuera". Y, por supuesto, nos sometimos a sus designios. Si pasa por aquí, no se olvide del tiramisú a los postres. A menos que Paola opine distinto.





Por Cintia Colangelo

Fotos de Maxi Failla





Publicado en Revista LUGARES 162. Octubre 2009.

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