Un bailarín que entre paso y paso conquistó París

Por Iñaqui Urlezaga
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22 de noviembre de 2002  

Si bien como bailarín he tenido la oportunidad de viajar por todo el mundo, desde América hasta Europa, Africa y Oriente, hubo un viaje que recuerdo especialmente y marcó para siempre mi carrera.

Empecé a bailar desde muy chico en La Plata, con Lilian Giovine, maestra que me inició y me formó como bailarín. A los 9 años ingresé por concurso en el Instituto del Teatro Colón, y allí realicé toda mi carrera, ocho años de estudio, más dos de perfeccionamiento. De aquella etapa tengo recuerdos muy lindos, especialmente de las primeras veces que nos convocaron para participar en las funciones del Ballet.

De chico, vivía en mi casa de una manera totalmente tradicional, llevaba una vida normal, y cuando llegaba al Colón empezaba con otra vida. Y mientras en mi casa me trataban como a un chico, ahí me se sentía como un artista. Esa era la hermosa dualidad que vivía con el teatro.

A partir de los 16 empezaron los viajes. Primero me fui seis meses becado al School of American Ballet, en Estados Unidos. Ese fue el primer contacto que tuve en un internado -a diferencia del Colón, que vivís con tus padres-, con estudiantes de otras formaciones, provenientes de otras escuelas, con idiosincrasias muy distintas, y te gustara más o menos era un aprendizaje.

Cuando uno hizo toda la escuela dentro del Colón, profesores y directores del teatro, todos se conocen, y en los últimos años ya se vislumbran las personas que tienen más condiciones para quedar adentro. Sobre todo los hombres, que son mucho más buscados. Entonces, cuando le ven a uno condiciones, lo agarran contra una pared para que no se vaya. La ventaja es que entrás con un derecho de piso bastante hecho, y a los pocos meses de bailar ya estás haciendo el papel de las primeras figuras.

Cruzando el Atlántico

Así llegó 1992, y la escuela me mandó a participar a un concurso internacional de danza que se realiza cada dos años en París. Yo todavía estaba en la escuela, me prepararon y me mandaron a Francia con Lilian, mi profesora. En total estuvimos un mes, y fue muy anecdótico, por tratarse de una de las competencias más grandes del mundo. Por entonces, había concursado solamente en la Argentina, y no estaba acostumbrado a tener contacto con gente de afuera: rusos, americanos, orientales, algo totalmente cosmopolita. Y como no había salido mucho del Colón, me sentía un poco alejado, aislado, que valía menos que los demás. No me sentía en igualdad de condiciones.

Igual fui y competí. No tenía idea de nada, no hablaba francés, así que cuando pasé la primera ronda ni siquiera me había enterado. Dieron los resultados y como no me nombraron, dije ya está, y me fui. Lo que menos sabía era que nombraban por número.

Ese viaje a París fue importantísimo para mí por varias razones. La primera: gané el concurso el 10 de diciembre, el mismo día que cumplí 17 años.

La segunda es que conocí a Pierre Lacotte, un gran bailarín de la Opera de París, repositor y director de obras que él mismo ha montado en diferentes compañías del mundo.

Reencuentro

Cuando terminó el concurso, Lacotte se acercó a felicitarme, me dijo que él era un maestro de la Opera de París y me invitó a radicarme en Francia. Yo le agradecí enormemente, pero no me quedé.

Después volví a Buenos Aires, terminé la escuela y, al poco tiempo, ingresé al Ballet.

A los seis meses, Lacotte vino a la Argentina para producir una obra. Yo estaba recién integrado al cuerpo de baile y apenas llegó, lo primero que dijo fue: "Quiero a Iñaqui". Finalmente bailé el rol protagónico, y a partir de ahí empecé a viajar y a trabajar con él por todo el mundo, hasta finalmente desembarcar en Inglaterra.

El autor es el primer bailarín del Royal Ballet de Londres.

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