Arrail do Cabo, fiel a su estilo brasileño

Este lugar exhibe sus calles de cuento, además de una vida sosegada y alegría contagiosa, todo para disfrutar a pleno
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20 de octubre de 2000  

ARRAIAL DO CABO.- Lindando con Buzios, aparece Arraial do Cabo; un pueblo chico de calles de piedra y playas muy blancas que se asoma en las costas del océano Atlántico.

El agua es habitualmente fría porque es mar abierto, pero la transparencia de las olas de la Praia do Forno, la que se esconde detrás de un morro, en la parte alta de la ciudad, vale una escapada de un par de días.

Las calles de Arraial tienen piedra cortada a golpe de martillo en lugar de asfalto. A pesar del tiempo, las calles no tienen ni una pizca de avenidas; son sólo vías que avanzan en zigzag como si primero se hubiese levantado cada casa y luego alguien hubiera dispuesto la creación de las arterias de comunicación.

Y claro, hoy es casi un laberinto, no tanto como para perderse, pero sí como para darle ese toque de misterio que tienen los pueblos de senderos como ovillos. Amarrado a la costa y a escasos kilómetros de Buzios, Arraial do Cabo es una cuña fisgona que se le anima al Atlántico y lo descubre en pleno trance de azules, turquesa y demás variedades cromáticas.

Noches frescas

Es un lugar para el viajero que busca encontrar al Brasil auténtico, para el que adora esa pureza étnica, que casualmente se compone de un variado color de rostros.

Es también un istmo con escondida fusión continental; y ésa es la razón por la que no es extraño descubrirle aires de isla. Porque tiene las costas de arenas como polvo y muy blancas.

Las noches son frescas, hechas de faroles amarillos tiñendo el adoquín y carritos playeros que sobreviven a venta de cachorro quente a la usanza del cliente, pero con el gusto típico.

Durante el siglo XVI Américo Vespucio, el navegante florentino que le prestó su nombre al continente, fue asiduo visitante de esta esquina e incluso todavía su casa resguarda las memorias de la colonia y los cañones de la defensa. Fue transformada en museo y mantiene a salvo del tiempo algunos elementos de la época.

A lo largo del pueblo hay tres playas. Son las principales y tienen características diferentes. Están separadas por un morro, como la mayoría de las playas del centro y sur de Brasil.

Entre morro y morro

El agua es fría en la Grande, la que aparece en la entrada urbana, y es fría porque el mar es absolutamente abierto y las mareas vienen y van sin posibilidades de tomar temperatura con el sol de los mediodías.

Eso sí sucede en la Playa dos Anjos (de los Angeles); en uno de los costados va haciendo fila una veintena de botes pescadores.

Son barcazas rojas, azules y amarillas, gastadas, descascaradas por el roce de las cadenas y el peso de las anclas, llevan nombres femeninos labrados en la proa que rememoran al amor tatuado, en madera, en memorias o en el antebrazo con tinta de calamar y una aguja gruesa como para coser cuero.

Las barracas, esa mezcla autóctona de bar playero y pub nocturno, son una constante, pero aquí ganan altura por el avance de la marea y entonces son como terrazas, mitad sobre pilotes, mitad encastradas en la piedra de los acantilados.

La del Forno es también la playa que ocupa el fondo de una bahía chica, la que se esconde de los visitantes y la que conserva el agua más limpia. Las olas están contenidas por las características geográficas de ensenada, pero igual aparecen como para acariciar muslos.

Para muchos, Arraial es uno de los paseos obligados si se hace base en Buzios, pero desafiando ese interés instaurado como efímero y momentáneo, el pueblo llama a una estada completa.

Datos útiles

Cómo llegar: el pasaje aéreo ida y vuelta hasta Río de Janeiro cuesta 400 dólares con tasas e impuestos incluidos.

  • Hay ómnibus que salen cada media hora desde la estación central de Río de Janeiro hacia Cabo Frío. El pasaje cuesta unos 8 dólares. Desde ahí hay que tomar un ómnibus local hacia Arraial do Cabo.
  • Alojamiento: una habitación en cualquiera de las posadas del centro de la ciudad cuestan entre 15 y 30 dólares la noche. Es interesante preguntar en la Oficina de Turismo que está a un costado de la plaza principal y tiene buenos mapas y una guía de alojamientos baratos.

    Comidas: hay buenas porciones de pescado fresco en los restaurantes de la avenida Rua Dom Pedro. Una comida para dos cuesta 12 dólares.

    Más información: en la Oficina de Turismo de Brasil, Cerrito 1350, de lunes a viernes, de 9.30 a 12 y de 15.30 a 17.30, o por el 4815-8737 al 40.

    Las patas de los cangrejos son un manjar

    Sobre las mesas de las barracas orilleras en Arraial do Cabo hay siempre una especie de congregación festiva que, al ritmo de cierta maderita o toc-toc abre cangrejos en batucada.

    La carne blanca de este crustáceo es uno de los principales manjares de la región, el único inconveniente es que hay que armarse de paciencia para ir rescatando el diminuto trozo comestible de cada pieza.

    Generalmente se los cocina en grandes sartenes con una salsa de tomate, algo de cebolla, pimentón y otras especias. Las patas son las que guardan la parte más apetitosa.

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